Autor: DylanDeDoe

  • (III) Todo empezó con un ratón

    (III) Todo empezó con un ratón

    Luz y tinieblas

    Si puedes soñarlo, puedes hacerlo.

            – Walt Disney

    Gracias, señor Disney; lo tendré en cuenta.

    Muy en cuenta.

    Me acompañará como un lema, allá donde vaya.

    Y si se me olvida, será accidental y circunstancial. Lo recuperaré en mi memoria, una y otra vez hasta que quede fijado en mi cerebro, en un lugar destacado de la parte delantera.

    Haré ejercicios de esos de mnemotecnia. O tiraré por la vía fácil, la de repetírmelo con insistencia y sin cesar, entrenando de ese modo y por extensión, la corteza prefrontal, para que se modifique mi conducta, y personalidad, y mi memoria de trabajo, en pro de esa… pauta.

    La tendré muy presente.

    Cuando vengan mal dadas me aferraré a ella como el niño pequeño que se enrosca a la mano de su mamá o papá cuando el mundo le resulta demasiado hostil.

    Aunque también recurriré a ella cuando las cosas vayan bien, pues a las malas me dará vigor, y a las buenas me reportará un refuerzo positivo. Al fin y al cabo, como he dicho, será un lema. Un lema de vida.  

    Es obvio que será de especial utilidad en época de vacas flacas. Cuando la vida me lleve por el cauce de su voluntad, ajena a la mía, se sobreentiende, la activaré en mi mente: será como el faro que iluminaba en la profunda, solitaria e ignota noche a barcos desamparados de cualquier siglo anterior a la invención de la brújula.  

    Y en época de vacas gordas me regodearé, pensando: <<¿Ves? Sí ya lo decía Walt Disney>>.

    También haré proselitismo.

    Lo propagaré a mi alrededor como un dogma. O como un virus. Haré bandera de ello, tanto si quieres escucharme como si no. Sin embargo, creo que me contendré; lo difundiré solo en círculos reducidos y de confianza, pues tampoco quisiera crear una hueste de creyentes, que a la postre pueden ser competencia por compartir sueños afines. Hay que ser altruista, pero no gilipollas, ¿no?

    Sobre todo será para consumo propio, como el alegato que se le da a la policía cuando te pillan con  marihuana. Tiraré de ella para, como he dicho, a) motivarme o, b) resurgir.

    Es buena frase, o lección. Sabia, estimulante, didáctica incluso, en el punto de equilibrio entre la ilusión fantasiosa y el realismo. Realista, pues viene avalada por alguien de tamaña categoría; alguien que lo logró (¡joder sí lo logró!).

    Es, además, excelente en términos de márquetin. Un análisis publicitario le daría una valoración de 9.5/10. Siguiendo los preceptos básicos de tal noble arte, es sencilla, sin alardes, directa y apela a las emociones.

    Conclusión: es infalible.

    ¿Lo es?

    ¡Claro que sí!

    El señor Disney dio en el clavo, pues ¿quien no tiene sueños? Todos tenemos (bueno, en este mundo loco quizá alguien no, pero en general sí). ¿Y quién no quisiera ver cumplidos sus sueños? Sirve de muleta motivacional como cualquiera de su especie: una cita tan válida como alguna frase estupenda sacada de algún best seller de autoayuda, o dicha por algún genio del coaching. Quizá debería estar restringido su uso en el medio escrito bajo derechos de copyright, pero no quisiera dar ideas…

    Si puedes soñarlo, puedes hacerlo. El espectro que cubre es enorme, puede que infinito, pues ¿dónde está el límite de los seres humanos acerca de lo que podemos soñar? ¿El límite de lo que podemos imaginar? ¿Lo hay?

    La parte mala de los sueños, o de la ambición humana, es que puede ser de signo malévolo. Intenciones benévolas, de carácter personal, que buscan el bienestar propio, y cuyos daños asociados, para uno mismo o para el resto, de haberlos, son mínimos, rasguños. En ese caso todo está bien, se acepta, o es comprensible, pero, por el contrario… Sin duda no puedo calibrar hasta dónde puede llegar la maldad humana, pero, en base a lo visto en los últimos veinte siglos, me atrevo a asegurar que, en efecto, no tiene límites. Cuando se trata de vileza, el ser humano supera las más ingeniosas previsiones. En cualquier caso, me estoy desviando, pues ese no es el tema; no hoy al menos.

    Si puedes soñarlo… Sin embargo, hay que ser realista, ¿no? Dentro del inmensurable mundo de los sueños, hay que conservar la cordura, seleccionando o decantándose por opciones factibles; objetivos posibles. Posibles dentro de nuestras posibilidades. A partir de ahí, que cada cual acote su terreno soñador. Todos somos lo suficientemente sensatos como para no sobrepasar la delgada raya que separa el sueño realizable del delirio. Supongo la receta consiste en rebajar un poco la ilusión, ajustándola al mundo real y a nuestra realidad. Siendo así, si tienes el tiempo suficiente, por edad, gozas de buena u óptima salud, dispones de la necesaria libertad económica y familiar, y posees unas aptitudes básicas, como paciencia, perseverancia y optimismo, escucha el legado de Disney, y llévalo contigo, usándolo como una pauta de comportamiento. O como una filosofía de vida.

    Y empléalo como un mantra.

    Yo lo haré. Me lo repetiré sin parar. Resonará en mi interior como el estribillo de una canción pegadiza. Si puedes soñarlo, puedes hacerlo. Si puedes soñarlo, puedes hacerlo. Si puedes…

    Cuando las cosas estén verdaderamente jodidas, y el estado de ánimo sea un lastre, las expectativas quiméricas y la incertidumbre electrocutándome, lo repetiré gritando en el silencio de mi interior. Nadie va a escucharme, excepto yo… Pero yo soy el único que necesito oírlo, ¿no?

    Estoy en marcha. El camino va a ser largo y tortuoso, pues, por mucho que pueda soñarlo, y por lo tanto hacerlo, nadie me va a ahorrar trabajo, sacrificio y espera. En ningún momento hemos hablado ni de facilidades ni de plazos. Y es secundario: está escrito que llegará. Llegaremos a nuestras respectivas metas. No sabemos cuándo ni en qué estado, pero sucederá. ¿No?

    ¡Sí, claro! ¡Si puedes soñarlo, puedes hacerlo! En momentos de máxima desesperación, y desamparo, me imaginaré gritándolo a un público entregado, en un auditorio abarrotado, gesticulando con vehemencia… (pero no mucho, porque no quiero alentar a las masas, por aquello de la competencia. Hay que ser altruista, pero no gilipollas), en un ejercicio de autoreafirmación. Como un político, cuando suelta sus peroratas.

    Puede que, aun y así, las cosas se compliquen sobremanera, todo empiece a ser objetivamente irrealizable, y el tiempo consumido se acumule como una montaña de cenizas. Puede, y de hecho es probable que suceda. Posible seguro. Pero será pasajero. Seguro, y si la frase que abre este texto tuviera un subtitulo, sería: <<Aunque no será fácil, ni rápido. Ten paciencia, coño>>.

    Paciencia y disciplina.

    Y optimismo.

    Llegará.

    Nunca perdamos de vista la enseñanza de Disney. Recuperémosla de entre la montaña de recuerdos, pensamientos, fracasos, decepciones, rendiciones y tiempo invertido acumulados. Seamos positivos. Si conservamos la capacidad de soñarlo, es que es realizable.

    ¿Qué? ¿Acaso es utópico? No, amigos, no lo es, y no nos llevemos a engaños: no es una suerte de fraude proveniente de algún seudogurú. No. Su viabilidad está certificada por el empirismo. El señor Disney lo logró, y de un modo de esos épicos que tanto gustan, que tanto encumbran y que tanto contagian; todo empezó con el simple esbozo de un simple ratón…

    Caminando por el fino alambre de la incertidumbre, la visión de la materialización de un objetivo ambicioso, será la vara de contrapeso que nos dará la estabilidad para no caer. Muy poético, incluso ñoño, pero no por ello incierto.

    Pero supongamos que las cosas no salen, y no salen, y no hay manera, y siguen sin salir, y la sensación de dar un paso adelante y diez atrás empieza a ser persistente, e/o hiriente. Y el tiempo, que cunado no es un aliado, es el peor enemigo que existe, se consume sin que veamos resultados. Y el futuro, a cualquier plazo, se vislumbra negro. Y sigues persistiendo, y sigues sin ver resultados. Y con todo, llegamos a la trágica situación de que perdemos la fe. En general, y en particular en el aforismo de Disney. ¡Pues que no cunda el pánico! Hay alternativas; planes be.

    El mejor es recurrir a otros casos. Ejemplos de otros seres humanos que lo han logrado. Así a botepronto: en similares condiciones de precariedad, ¿acaso no lo logró Rockefeller, o Madonna?

    Antaño era difícil encontrar casos, pues, comparándolo con la actualidad, escaseaban los protagonistas, y los que había no se prodigaban en los medios. Pero, ¿hoy en día? Los casos de éxito se cuentan por centenares, historias reales para todos los gustos, con distintas particularidades, algunas tan asombrosas que ponen de manifiesto aquella otra célebre frase: <<La realidad supera la ficción>>.

    ¡Oh, vamos! Hoy en día, ¡si estamos a un clic de hallar una cantidad ingente de ejemplos! Y ni hace falta rebuscar. Basta con encontrar uno al azar en las redes sociales, y el solícito algoritmo se encargará de avasallarte con historias parecidas. Microrrelatos audiovisuales donde las personas que aparecerán serán los propios protagonistas —nada de testimonios de terceros (tengo un amigo, que tiene un amigo, cuyo cuñado tercero, tiene un primo octavo…)—, lo cual otorga una credibilidad total a lo que vemos y oímos. Brevísimas historias (sí, porque nuestra capacidad de atención en la actualidad es muy reducida) editadas con intención, aplicando acertados planos, y muy a menudo incorporando musiquitas evocadoras. Diversidad de testimonios, personas famosas de la categoría de Disney o Madonna, pasando por individuos de fama moderada hasta llegar a perfectos desconocidos para el público en general, que no obstante han alcanzado notoriedad en sus respectivos sectores. Muchos de los que lean estas líneas sabrán de qué hablo, y habrán visto ejemplos. Historias rocambolescas de triunfo, algunas difíciles de creer, otras como consecuencia del azar, algunas comprensibles porque son el resultado del tesón, etcétera, pero todas con el denominador común de seguir la estela del señor Disney. La estela victoriosa del señor Disney.

    Múltiples formas de decir lo mismo, en múltiples escenarios, en múltiples entonaciones, y en multitud, y tú (y yo), como un bobo, embriagado, boquiabierto, con la vista clavada en la pantalla del móvil, tableta u ordenador, viendo y escuchando, una tras otra, las narraciones que va escupiendo el algoritmo. Si no es imposible, va a ser muy difícil que, tras una exposición prolongada, no recuperes (y yo) la fe. Y horas después de ver un carrusel de ejemplos, tu ánimo es otro, tu semblante es otro, y vuelves a creer. Si ellos han podido, el subtexto es: ¿por qué yo no?>

    Elipsis.

    Y si en un futuro vuelve a darse una situación de agobio parecida, no seas agorero; repite la fórmula. Y si hace falta, sube la apuesta (¡y el volumen!). Busca que los relatores de estas microhistorias sean estadounidenses, quienes son los mejores en muchas cosas, también en la de inyectarte una buena dosis de vigor. Ocultas sus explicaciones bajo el paraguas de uno de sus enunciados nacionales más célebres, debidamente encubierto, el del sueño americano (debidamente limado, pintado y barnizado por los mejores publicistas y por la mejor estrategia de márquetin de la historia), el Tío Sam te señalará como en el icónico e histórico cartel, y te convencerá de que puedes. Y los portavoces que lo cuenten no te mentirán; la verdad cruda, sin edulcorar. Dicho de distintos modos, el mensaje será inequívoco: si puedes soñarlo, puedes hacerlo… pero debes estar dispuesto a sacrificarte por completo. Yo, personalmente, percibo un trasfondo: o muere en el intento. 

    Y si aun así eres tan necio como para no confiar, o tienes el ánimo tan machacado que no te haría reaccionar ni una descarga eléctrica en los genitales, afina los criterios de búsqueda. Y confía en el algoritmo, coño, que él sabe lo que hace, y vela por ti.

    Parámetros de búsqueda:

    • Testimonios de éxito.
    • Personajes muy famosos.
    • Cualquiera que sea su color de piel menos blanco.
    • Recientes/actuales.
    • Difíciles de creer/ lo tenían todo en contra.
    • Mayores: lograron su éxito a una avanzada edad.
    • Contexto: un escenario solemne.

    Clic.

    Gala de los Óscar, por ejemplo. Discurso de agradecimiento tras recibir la codiciada estatuilla. Miembro perteneciente a alguna etnia denostada, o miembro de algún colectivo discriminado (o uno que empezó lustrando zapatos, o una que llegó a la ciudad con treinta y cinco dólares), sujetos que las pasaron canutas ya solo para sobrevivir, y por quien nadie daba un duro, ni él/ella mismo/a. Primer plano del galardonando, que alterna con primeros planos de familiares emocionados que se encuentran entre el público, en primera fila. Discurso no menos emotivo, conciso, elegante y elocuente, que parece sacado de un guion. Duración del fragmento en el punto exacto de cocción para que impacte sin hacerse pesado. ¡Si es que son unos genios!… Y ¡qué listo es el algoritmo! (Seguro que los han inventado ellos).

    Escucha con atención, y dale a reproducir de nuevo las veces que haga falta. Visto. Reproducir una vez más. Visto. Otra. Y así hasta la saciedad. Hasta que te lo sepas de memoria, los ojos te supuren y el sueño te venza. Lo que haga falta.

    ¿Lo ves? Ya causa efecto. Si te lo tienen dicho: si puedes soñarlo…

    ¿Qué? ¿Acaso tú eres más desgraciado que ellos, tu realidad más aciaga? Venga, por favor, no seas dramático. ¿No te das cuenta de que hay casos extremos? ¿Acaso estás ciego? ¡Vamos! Si en comparación, tú eres un privilegiado…, ¿no?  

    Todos empezaron, metafóricamente, con un simple ratón…

    Y si no te sientes preparado, capacitado para comerte el mundo con esto, es que no eres de los nuestros… no estás hecho para triunfar.

    Elipsis.

    Pasan los meses. Estos se acumulan y conforman años.

    ¿Y si ni con esas? Y si no hay manera, no hay avances —e incluso hay retrocesos—, ya no sabes qué puerta tocar, ni qué objeto casero golpear, ni se te ocurren más creativas formas de llamar la atención, te planteas seriamente la posibilidad de trasladarte a vivir a un cajero, porque no hay dinero, y, con todo, dudas; te cuestionas de veras tu talento; tu elección; tu estado mental… Sientes el peso del esfuerzo vacuo sobre tus espaldas, y acabas cayendo en la desesperanza… temiendo que sea irreversible. Entonces, ¿qué?

    ¿Y si, además, la medicina ya no suerte efecto, ya eres inmune a esos lemas/lecciones/mantras, pues han perdido sus efectos mágicos? ¿Puede pasar? Sí, claro. Todo puede pasar en esta vida, en este mundo. ¿Sabes cuándo tu equipo pierde, y quieres entonces quemar todos los productos de los que con su escudo dispongas, o cuando una persona de confianza o querida te falla y quieres gritar de rabia e impotencia? ¿Sí? OK. Pues esto es parecido. Dejémoslo reposar; tomemos distancia. Sofoquemos la frustración, calmemos la ira. Y clausuremos el día. Buenas noches.

    Y como dijo alguien (alguien tuvo que popularizarlo), mañana será otro día, ¿no?

    Buenos días.

    Y ya está. En efecto, mañana es otro día (eso no suele fallar), y lo vemos distinto. Venga, en marcha; ya pasó. Vamos. No seas pusilánime. No importan las cicatrices que acumules. Olvídalo y sigue. Nada está perdido.

    A veces nuestro equipo pierde, pues perder formar parte del juego, y a veces las personas nos fallan, pues forma parte de la vida, ¿no?

    La próxima vez nuestro equipo ganará, o una persona maravillosa y fiel aparecerá, ¿no?

    Y, la próxima vez, nuestros sueños finalmente se materializarán, ¿no?

    Haz una cosa. Remira vídeos cortos otra vez mientras tomas el café, y piensa en ello. Los que ya has visto o busca de nuevos. Joder, sí está plagado; siempre hay casos nuevos. Un día seremos nosotros, ¿no?

    Si puedes soñarlo, puedes hacerlo, y todo empezó con un simple ratón.

    ¿No?

    ¡¿No?!

    Picture of Dylan D. Doe

    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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    ¿Cómo puedo ayudarles?, cuéntenme (dinero no tengo).

  • (II) ¿Quién eres?

    (II) ¿Quién eres?

    Luz y tinieblas

    No les conozco señoras y señores lectores. Pero me gustaría. Recolectar historias ajenas forma parte de mi oficio, y también es inherente a mi naturaleza. Pueden llamarlo curiosidad, cotilleo o interés, y, sin tener claras las diferencias entre lo uno y lo otro, de haberlas, imagino que hay un poco de todo ello. Me gustaría saber quién está leyendo estas líneas; cómo le ha ido; cuál es su historia. Por eso les pregunto, ¿quiénes son?

    Pero, dado que no pueden responderme (o quizá no querrían hacerlo), voy a jugar a imaginármelo. 

    Déjenme pensar. En cuanto a rapidez (adaptándonos a los tiempos epilépticos que nos han tocado vivir), ¿cuál es el mejor atajo para conocerles?

    ¡Ya lo tengo!

    1

    Me pongo en la piel de un…, hum… ¿Cómo les llaman? ¿Entrevistadores? ¿Reclutadores? ¿Cazatalentos, quizá? Alguien perteneciente a la empresa, o externo a ella; eso no importa. En cualquier caso, alguien que quiere saber quiénes son. ¡Necesito referencias para contratarles!

    Permítanme definir un poco al personaje. Unas pinceladas al menos. Lo caracterizaré de mi sexo, que es el que mejor conozco. Haré que sea un tío elegante y sofisticado, trabajador e implicado. Visto camisa y corbata. Como sombra de maquillaje le colocaré un cierto hartazgo vital. Y profesional. Entonces… le adjudicaré unos cincuenta años. Se le ve un poco demacrado. Algunos kilos de más, y pelo de menos. No es un tipo que esté de vuelta de todo, pero digamos que ya empieza a girar. Y creo que basta con eso.

    Tengo al personaje y a su rol. Vayamos al escenario. Y a la acción.

    2

    Entro al desangelado despacho, hecho de paredes blancas, a juego con el suelo de baldosas y el techo de escayola. Dos ventanas en los laterales dan acceso visual a la calle. Por lo demás, la sala destaca por su sobriedad. Nada más allá de un par de macetas esquinadas, algunos cuadros de marcos horteras colgados en las paredes y una mesa rectangular de oficina. Esta resalta por su pulcritud y orden: material de oficina sobre ella, colocado con mimo.

    Me acerco hasta allí. Cuando llego, usted se levanta. Le tiendo la mano y nos la estrechamos pasando los brazos por encima de la mesa. Con firmeza, prolongándolo unos tres segundos, y mirándonos a la cara, como dictan los protocolos de salutación en estos casos. Entretanto usted dibuja una sonrisa. Yo también. Nos soltamos y nos sentamos. Usted tiene la deferencia de recuperar su asiento un segundo después que yo. Es de buena educación. Punto para usted. Parece un hombre o mujer educado/a. Viste elegante, americana y corbata o vaqueros y camiseta, y se le veo sobrio/a, tranquilo/a, confiado/a, sin mostrar el menor signo de impaciencia. Ni de nerviosismo.

    Por los conductos de ventilación sale aire caliente o frío, dependiendo de la época del año que deseemos recrear. En cualquier caso, la temperatura ambiente es agradable. La atmósfera, aunque algo frívola dadas las circunstancias, también es adecuada: un entorno entre formal y distendido.

    Reina un silencio inicial. Yo le miro… hasta que desvío la vista hacia un costado.

    Frente a mí, sobre la mesa, está su currículum, un pliegue de hojas grapadas. Dado que, deduzco —y la experiencia me avala—, su currículum seguirá la tendencia nacional de exagerar las cosas, incluyendo alguna mentirijilla piadosa, no voy a guiarme por él, por lo que lo aparto empujándolo con el dorso de la mano. Prefiero el tú a tú.

    Vuelvo a mirarle.

    Coloco las manos sobre la mesa, y las uno formando un puño. Bien, indaguemos un poco. Es una entrevista, supongamos, para un puesto de responsabilidad, muy bien remunerado, por lo que necesito recopilar mucha y muy precisa información, tanto profesional como personal. Hablaremos cara a cara, jugando con la espontaneidad. Conozcámonos más allá de unas frías páginas impresas.

    Y, dado que usted tiene el propósito de caerme en gracia, pondrá de su parte…

    Echo el cuerpo hacia adelante, como para infundir autoridad. Pero no crea efecto en usted, que se muestra firme, trasladando aplomo. Sendas sonrisas siguen decorando nuestros rostros, y por un momento tengo la recurrente sensación de que si siguiéramos mirándonos mucho rato, nos acabaríamos besando.

    En fin. Fantasías eróticas a un lado, como preludio, estiro el silencio unos segundos más, pues viene en el manual. Resulta un tanto incómodo, pero es necesario. Con ello calibro su grado de presión. Soy un reclutador avezado, con muchas horas de vuelo, y lo que ocurre en realidad, a veces, como ahora, es que creo que ya he comenzado, cuando no es así. Es un proceso que he repetido hasta la saciedad, y en ocasiones me despisto. Lo siento: estaba pensando en otras cosas, ajenas a la entrevista. El peso de la experiencia, que a veces le sume a uno en el sopor…

    —Hola —digo finalmente.

    Me he despistado, pero no lo dilato más. Ya ha quedado claro que está usted seguro/a de sí mismo (otro punto a favor), por lo que lanzo la frase iniciar de rigor, de una profundidad intelectual abrumadora:

    —Hábleme de usted.

    3

    Usted, igual que yo, igual que tantos otros de nuestra especie, posee el don de mantener una seductora sonrisa, enmarcada dentro de un gesto persuasivo, mientras habla. Yo le imito —lo he hecho un millón de veces—y, retrocediendo a un tiempo pasado, más o menos lejano, usted se arranca.

    Dado que, por lo que veo, no es novato en este tipo de minuciosas entrevistas, por lo que no hace falta que yo intervenga, y se sitúa usted en su más tierna infancia. Conoce el guion (es probable que lo traiga ensayado de casa): adiós al factor sorpresa.

    (Pero bueno; en realidad no esperaba menos de usted. De lo contrario, no hubiera pasado filtros preliminares para llegar hasta mi despacho…).

    Un recorrido biográfico, aportando datos geográficos, familiares y conductuales. No divaga, sintetiza, destaca los puntos importantes, omite los innecesarios e incluso tiene la habilidad para imprimir una entonación conveniente en cada parte. Con todo, resumen de su trayectoria vital, y pinceladas precisas de su carácter. Hace usted gala de una elocuencia envidiable.

    Excelente puesta en escena. Más puntos a su favor y menos trabajo para mí.

    Cursó los correspondientes estudios obligatorios, acudió a la universidad, obteniendo excelentes calificaciones en ambos casos, y a partir de ahí empezó a edificarse una carrera profesional que hoy le ha llevado aquí. Que hoy nos ha convocado a ambos aquí.

    Lo cierto es que tras unos pocos minutos de monólogo, me suena su historia. Me suena familiar, por lo que me relajo (ya lo estaba —la experiencia la da a uno cuajo—), me reacomodo en mi silla —que por supuesto es más cómoda que la suya—, y escucho.

    Me suena su historia, tanto por el contenido como por la puesta en escena. Me suena en tanto que la conozco. ¿Cuántos como usted han pasado antes por aquí, y cuántos más como usted vendrán

    Escucho con interés. Su exposición avanza a buen ritmo, y por el carril del orden narrativo. Empiezo a sentir una cercanía con usted. Con los matices lógicos e inevitables concernientes a vidas distintas, su relato me sigue sonando familiar.

    Percibo ambición, astucia y audacia. Está usted seguro/a de lo que quiere, hacer y decir, y se está vendiendo bien.

    4

    Pasan los minutos. Enormes diferencias, y a la vez, grandes paralelismos entre su historia y la mía. Paralelismos estructurales, de cimientos. Trayectorias, vidas tan dispares, y a la vez tan parecidas…

    Destellos de mi propia experiencia parpadean en mi mente, fogonazos audiovisuales, y se entremezclan con los de la suya. Infancia y familia, elección estudio y práctica de una profesión. Que tío, o tía, más sofisticado/a, pienso fugazmente. Y educado/a. Y valiente. Y varios adjetivos positivos más. Empiezo a sentir admiración por usted. Está virtualmente contratado/a, pero sigamos escuchando, ya por placer.

    Más allá de su nombre y apellidos, edad, procedencia, estudios, experiencia laboral y capacidad para esbozar una sonrisa artificial, ya empiezo a saber quién es usted.

    ¡Y qué fácil ha sido! Me ha bastado una pregunta encubierta: Hábleme de usted. 

    Finiquitada su exposición relativa a su formación y experiencia, plantándose en el hoy (deduzco —aunque es de primero de deducción— que busca crecer profesionalmente, y por ello está aquí; no por necesidad, o no exclusivamente por ello: quiere más y mejor —cuántos como usted, me repito internamente, no sin cierto tedio, han pasado por aquí…, y cuántos vendrán—…), marca un punto y aparte mediante un silencio, traga saliva, se aclara la garganta y sigue hablando, adentrándose en el terreno personal. Estoy interesado, casi cautivado. Le miro y escucho con atención, sin dejar de sonreír. Le veo, y a la vez veo a través de usted…    

    <<Muy bien>>, digo, al tiempo que asiento… y no estoy seguro si lo he dicho en voz alta o no…

    5

    >>La época universitaria a concluido. Han sido años amenizados con mucho alcohol y algo de sexo. Gloriosos años. Juergas a lo bestia. Pero sin olvidar mis responsabilidades. Esa fase de desmadre, que va de la mano de la juventud, se prolonga un poco más allá de la facultad. Pero nunca sin olvidar mi futuro. Un pie en el hoy; otro en el mañana. Lo tengo todo pensado, estructurado, guionizado en mi mente. Y las cosas van saliendo, no con la precisión que había proyectado, lo cual era de esperar, ni con la rapidez idílica que había previsto. De hecho, con mucha más dificultad de la que había imaginado en mis peores pronósticos, pero se cumplen. Nadie dijo que fuera a ser fácil, me digo, ya sea un día que esté borracho, uno que esté sobrio, uno que esté motivado o uno que esté desmotivado, a modo de complejo vitamínico. 

    >>A una temprana edad, anterior al cuarto de siglo, ya empiezo a hacer mis pinitos en mi sector. Sometiéndome al clásico, pero casi siempre ineludible “becariado”, y siendo paciente y disciplinado, comiendo bocadillos de mierda, he logrado subir algunos escalones. Será arduo subir las sucesivas plantas, y la planta alta se antoja muy lejana. Pero llegaré.

    Nadie dijo que fuera a ser fácil, y ese es el camino.

    >>Los años pasan, pero no en balde. Gano mi dinero, y me independizo. Que suerte tengo, me digo a veces. Otras, que bueno soy. Seis de uno, media docena del otro, probablemente, pero, en cualquier caso, en el lustro comprendido entre los veinticinco y la treintena, trabajo mis ocho horas diarias (es un decir: nueve, diez, fines de semana, en casa o en la oficina, festivos si se tercia…), dando lo mejor de mí en la empresa de turno, aka, puteado, pero ello me recompensa con la posesión de un juego de llaves que dan acceso a un pisito de alquiler, bien ubicado, el cual amueblo con discutible gusto, pero con desbordante felicidad, y, con el tiempo, mi esfuerzo se materializa en la adquisición de un coche (que por supuesto pagaré a plazos). Esos son los Grandes Logros, pero los Pequeños Logros, paradójicamente, o no, no son menores. Me compro ropa (me identifico más con la de marca, aunque me da un poco igual); invierto en lo último en tecnología; viajo (a veces y no muy lejos, porque trabajo). Y disfruto. Salgo a cenar, a tomar unas copas, de excursión con amigos. No obstante, esas cosas, esos placeres, los sociales, peligran. Lo que antes era una legión de amigos, muchos de ellos de cuestionable lazo, se va reduciendo paulatinamente con el pasar de los años. Se me antoja como una guerra, donde el pelotón de turno va perdiendo efectivos a medida que avanzan por el campo de batalla: soldados que van cayendo abatidos por respectivas balas.

    A mi alrededor la gente desaparece. Por distintos motivos, destacando el emparejamiento, seguido de la mudanza por motivos laborales. Bronce para los que desaparecen por…, por… avatares de la vida, algo inexplicables. (Esos que en su día te saludaban abrazándote, y más tarde te saludarán con un golpe de barbilla, ello si no pueden evitar ignorarte al cruzarse contigo…).

    Cada vez cuesta más ver a viejos conocidos, pero mal menor, pues la savia de la amistad se regenera, apareciendo nuevos…, nuevos… ¿amigos? Principalmente del trabajo, puede que del gimnasio, o emergentes de la clase de teatro a la que acudo los lunes, miércoles y jueves por la tarde después del trabajo.

    Y así pasa el tiempo. Los días, las semanas, los meses, los años, y, en última instancia, la vida…

    6

    >>¡Guau!, ¡guau! Paren máquinas un segundo. Según revela el calendario (¡no me lo puedo creer!), el año que transita la humanidad corresponde a treinta años después de mi nacimiento. Me detengo un instante a reflexionar en torno a ello, fijando la vista en el cartón numérico —cortesía navideña de mi banco—, clavado en la pared de la cocina. 

    Agarrando por el asa la taza de café humeante, y observando entre ensimismado y adormilado, ojos entelados, el encabezado del calendario, llego a una conclusión que sería la envidia de los pensadores más reputados de la historia: ¡Qué rápido ha pasado el tiempo!

    Pero —me digo, al tiempo que doy un sorbo maquinal a mi café, con el cual me espabilo— estoy bien. Sí. Estoy bien tengo trabajo un buen estoy progresando buen trabajo e irá a mejor tengo mi e irá a pisito mejor soy joven todo va… Tengo que ir a trabajar…

    >>Me he mudado un par de veces, y cambiado de empleo otro par. Siempre para mejor, sin duda. Siempre para sumar. Y siempre por propia elección, lo cual, de facto, supone que sostengo las riendas de mi existencia. 

    Con todo, se están cumpliendo mis objetivos, tanto vitales como laborales. Aunque con lentitud. O por lo menos con una lentitud que no sintoniza con mis ansias de progreso. No obstante… estoy bien. ¿Cuántos como yo van rezagados en esta carrera de fondo? En realidad, por comparativa, puedo alardear.

    Soy, podría ser, ¿un ejemplo de éxito? Sí, sí, sí. La reafirmación es importante. También el positivismo (soy bueno en lo que hago, y me sigue una horda de personas que no están a mi altura). Y aquello que llaman resiliencia. ¿Dónde leí todo eso? ¿Y cuándo? No lo sé, pero tengo que ir a trabajar…

    7

    >>Me falta algo, me digo, con reiterativa insistencia… ya sea observando al calendario, conduciendo, paseando, comiendo, trabajando, con la mejilla hundida en la almohada instantes antes de entregarme al sueño. Es una pregunta recurrente que últimamente es obsesiva. Por suerte tengo la respuesta. Es doble. Una, en genérico: me falta <<más>>. Más dinero, más prestigio… <<más coche; más casa…>>. Más ambición. Y en concreto, dos: metafóricamente, ser uno de los soldados que perece en el campo de batalla…

    Miro a mi alrededor, en la inmensidad de mi localidad. ¿Dónde está la gente? ¿Dónde cojones está todo el mundo? Por ahí, deambulando arriba y abajo. Mira. Si van en procesión hacia sus respectivos destinos. Conozco a muchos, de vista o por haber intercambiado algunas palabras en alguna ocasión. No obstante, ¿dónde está la gente?

    ¿Tantas bajas ha sufrido mi batallón?

    8

    >>Mis salidas nocturnas se han reducido drásticamente. A veces me apetece, pero es un deseo fugaz, pues, por norma general termino la semana demasiado machacado como para salir. Debería rebañar una energía de la que no dispongo, y a ello hay que sumarle que escasean los aliados nocturnos. Aunque siguen existiendo, resistiendo, algunos valientes. En mi entorno son una especie en peligro de extinción (en detrimento de las parejas, una especie en expansión). Hoy es sábado, día sacrosanto para las salidas nocturnas, pero no he hallado disponible ninguno de esa exótica especie. Dado que, por algún motivo que no alcanzo a comprender del todo, tengo muchas ganas de salir (quizá por déficit acumulado por los años), me aventuro a hacer algo hasta la fecha nunca realizado.  

    Es un bar de copas céntrico, mítico, de los de toda la vida. Puede que lleve ahí desde el Big Ban. Lo he frecuentado tantas veces que creo que podría recorrer todos sus rincones con los ojos cerrados sin impactar con nada. Lo he visitado tantas veces, ya fuera en la época universitaria como después, que los porteros me saludan con familiaridad. Una familiaridad que nunca me ha gustado, pero a la que correspondo con la misma sonrisa sardónica que la que esbozan ellos. Panda de capullos. Seguro que piensan que soy un fracasado. Si no fuera porque sus bíceps miden lo que mi muslo, les arrearía dos hostias.

    Entro. Este lugar me ha visto crecer… y lleva camino de verme envejecer. Siento una punzada de depresión al cruzar el umbral, que se acrecienta mientras cruzo el corto pasillo que enlaza con la sala, donde la semipenumbra me absorbe, y un tsunami de música y destellos lumínicos danzantes me marean.

    El local en sí me gusta, pues mezcla una estética de otra época con moderneces de hoy. Tanto el suelo como las paredes son de madera, y combina tramos de madera vieja y raída con otros de madera nueva y barnizada. Del techo cuelgan bolas de esas de discoteca que proyectan luces de infinitos colores y en infinitas direcciones, y a la vez una lámpara central de araña sacada de un cuento de terror del siglo XVIII. Sus paredes brillan como si sudaran, lo cual es un efecto óptico producido por algún tipo de misteriosa pintura (o quizá una alucinación). Ya sucedía antaño, por lo que tal observación me retrotrae a mi pasado.

    Cuando dejo el vaso de tubo de cubata —vodka con naranja, conservando una vieja costumbre de mi época universitaria— sobre la tapa de la cisterna del retrete, y mientras orino, descargando el alcohol acumulado en mi vejiga (beber ya no es casi inocuo como cuando tenía veinte; ¡qué va!), cometo el error de girar el cuello. Me topo con un espejo, y la imagen que me devuelve el cristal, la de un treintañero sudoroso orinando, me resitúa en el presente, y la punzada de depresión se duplica, o tal vez triplica. ¿Se cuadriplica? Qué coño hago ahí, me llego a plantear.

    Vuelvo a la sala principal. Este local me gusta por más motivos. Es amplio, ponen la música a un volumen moderado, para favorecer las conversaciones, y la luz a aceptable intensidad, para favorecer la visibilidad. En coalición, favorecen la interacción entre las personas. La barra está al fondo, un tanto hundida en una especie de hoyo, y es recia y de madera desgastada. Regreso allí, donde hace unos minutos he conseguido mi vodka con naranja (de mala calidad ambos líquidos).

    He dudado y cerca he estado de abandonar, pero he terminado acudiendo solo a este bar, y es la primera vez que lo hago. También espero, con toda mi alma, que sea la última. Me siento patético. Me he vestido elegante, rozando la formalidad propia de un congreso, con una camisa de lino de cuello Mao, y me he arremangado las mangas hasta por debajo de los codos. Me he rociado con perfume caro, y fijado el pelo con gomina. Ahora, como siguiendo la estela de esa pretendida formalidad, me coloco de costado, apoyando un codo en la barra. Con la otra mano sostengo el vaso de cubata. Procuro imprimirle a mi expresión un gesto de solemnidad, de seguridad, de arrogancia. Estoy casi seguro que parezco una mezcla de gerente de una multinacional y un gilipollas.

    Hago un barrido visual. Otro. Trávelin de izquierda a derecha y viceversa. Lo que más me gusta del sitio es que, sorprendentemente, los responsables del local respetan el límite de aforo, impidiendo que los clientes nos hallemos apretujados como un banco de peces atrapados en una red de arrastre. Es de agradecer, la verdad, pues ello favorece la contemplación. ¿O quizá debería decir el análisis del lugar en busca de presas?

    Ella está increíble, con un holgado vestido rojo de estilo primaveral, y el pelo recogido en una combinación marañosa de trencitas y coletas. Mi depresión, o conato de ella, se desvanece cuando aparece en mi radar.

    Está, y es, guapísima, y la conozco. Si la escena fuera al revés, pienso, no sé por qué —como si estuviera escribiendo lo sucedido para un público lector imaginario—, el planteamiento y el nudo seguirán otros derroteros, pero el desenlace sería el mismo: conocerse, con pretensión de <<algo más>>. Al fin y al cabo, todos, tanto los que hoy coincidimos en este local, como el grueso de la población mundial, buscamos lo mismo. ¿No?

    Tenemos edades aproximadas, año arriba, año abajo, y, si no ha cambiado, se dedica a algo similar a lo mío, que, no obstante, no es mi sector. Genial, porque así cuando nos casemos no compartiremos también el oficio, lo cual, sin saber bien el porqué, me resulta contraproducente. Sí, sí; he dicho <<casar>>. Casar, ceremonia eclesiástica mediante, o solo convivir, como hacen los modernos. Me gustaría, y, además, me dirijo lenta pero inexorablemente a ¡los cuarenta! Sí, vale, de acuerdo, aún queda mucho… ¡pero el tiempo pasa volado!) Ella está también soltera, ¿no? Sí. De lo contrario, ¿qué hace en un lugar como este? Doy otra vuelta visual de reconocimiento, detectando hombres y mujeres, sobre todo ellos, ávidos de conversación, barra flirteo, y recuerdo una de las premisas fundamentales de este mundo y esta vida: la competitividad.

    Y eso es lo que más me gusta de este bar: es un lugar concebido para el “ligoteo”. La industria del emparejamiento humano conoce muchas fórmulas, y es de agradecer, por parte de los que conservamos tendencias clásicas del noble arte del cortejo, que sigan existiendo sitios así: un Tinder presencial.

    No olvido la premisa, y todas mis alarmas se encienden. Debo darme prisa.

    Sin soltar el cubata, ni sin despegar el codo de la barra, logrando milagrosamente que las mangas no se me bajen hasta las muñecas, aprovechando que se desplaza grácilmente hacia aquí, la sigo con la mirada. (¿Sería más correcto decir <<la marco con la mirada?>>. Joder si la conozco. Es de por aquí, y siempre lo ha sido: una vieja conocida de la ciudad. Y en ocasiones hemos hablado. ¿La podría, menospreciando el término, considerar pues una amiga? ¿Por lo menos incluirla en el grupo de los conocidos? Supongamos que sí, o juguemos a que sí, pues ello simplificará el proceso.

    Los astros se han alineado, propiciando que ella se acerque a la barra. Que se acerque a la barra ¡el día que yo estoy en la barra! Los astros se han alineado, tanto, en una perfecta sintonía, que provocan que ella se acerca al sector específico de la barra donde estamos yo y mi cubata. No es casualidad, me digo, en un arrebato de vanidad. No, no es casualidad, me reafirmo, al comprobar como el resto de la barra esta invadida por demás clientes, lo cual destruye mi soberbia. Pero no importa: el caso es que se coloca junto a mí, rozándome. Se inclina hacia adelante, poniéndose ligeramente de puntillas, hundiendo la barriga en el borde de la barra, y llama al camarero haciendo histriónicos aspavientos. Busca llamar mi atención, me digo, recuperando mi engreimiento y observándola de soslayo. Es de veras guapa y sexy, y esta noche está deslumbrante. En mi mente toda la película ya se ha rodado, editado y estrenado. En paralelo recopilo toda la información que de ella me conste en mis archivos cerebrales. No atino a reunir demasiada. ¿Estoy nervioso? Si no lo estoy, es un estado muy parecido al nerviosismo. Cosas como que me suden las manos, o que finalmente me resbale el codo, resultan sintomáticas (y ridículas, porque al perder el punto de apoyo del codo, casi pierdo el equilibrio).

    Los astros se han alineado, pero no van a estar ahí toda la puñetera noche. Tendrán que ir a atender a otros… usuarios. Pienso rápido y atropelladamente.

    <<Te he estado observando…>>. No, no. Demasiado hollywoodiense, y cursi. Me autocensuro, eliminando esa opción.  

    <<¿Qué hace una chica como tú, en un lugar como este?>>.

    Ella parpadea, embelesada, como si fuera el primer hombre que ve en su vida.

    Y por corte, ya se están casando.

    Deberían multarme solo por haber considerado esta posibilidad.

    <<¿Tienes un cigarrillo?>>. Vamos, por favor… ¡Si ni siquiera fumo! (Además, ¿esa fórmula no caducó en mil novecientos ochenta?).

    <<¿Estudias o trabajas?>>. Definitivamente estoy nervioso…

    <<Puedo…, hum…, invitarte…>>.

    Ella, con envidiable rapidez, ha consumado su objetivo de conseguir una bebida, por lo que se echa hacia atrás, irguiéndose, y da un trago a la cerveza que acaba de conseguir… en el preciso instante en que yo hago lo mismo… hecho lo cual, sincronizamos un movimiento corporal: yo girando el cuello; ella el cuerpo. Y entonces se produce la magia. La magia de las casualidades… o tal vez de las causalidades (no sé si existe diferencia).

    —¡Hola! —exclama ella efusiva al verme.

    —¡Hola! —intento copiar su efusividad.

    (Supongo que si fuera al revés, me digo, aún pendiente de una hipotética audiencia lectora, el nudo y el desenlace serían distintos, pero la premisa… Chico conoce a chica. Chica conoce a chico. Chico conoce a chico. Chica conoce a chica. Humano conoce a simio… Da lo mismo).

    Nos ponemos a charlar. Al principio en formato superficial, con clásicos como qué tal, y cuánto tiempo, qué sorpresa, cómo tú por aquí, y mentirijillas indoloras basadas en códigos sociales: me alegro de verte; estás igual.

    Superadas las formalidades sociales, las protocolarias preguntas estúpidas e intrascendentes de rigor, lejos de separarnos, y seguir cada uno su camino, permanecemos en el sitio. Resulta sintomático…

    Roto el hielo, charlamos de otras cosas. Primero de pie, apoyando nuestras cinturas en el borde de la barra. Consumimos nuestras respectivas bebidas iniciales, y pedimos una segunda ronda (se encarga ella, pues ha quedado demostrado que es más hábil pidiendo).

    Terminadas nuestras segundas bebidas, y con una conversación ya madurada, que ha entrado descaradamente en el terreno del flirteo, optamos, de mutuo acuerdo, por trasladarnos a otro lugar. Acuciados por la necesidad de encontrar un espacio más cómodo, dado que la velada tiene pinta de prolongarse, y secundados por los ya varios empujones que hemos recibido por parte de otros clientes (yo sospecho que la mayoría intencionados, cuyo subtexto es: dejad hueco en la barra para los que queremos pedir), no lo retrasamos más.

    Salimos, y vamos hasta un local cercano, donde también se puede hablar, y ver, y tontear… Y donde además nos podemos sentar en sendas sillas. Suena música suave, y el ambiente de este nuevo local es mucho más relajado. Que hayamos escogido este lugar también resulta sintomático.

    Hay química, es innegable, y el coqueteo avanza por el buen camino. Química y atracción, que confluye en una cita improvisada.

    Nos dan la una, y las dos y las tres, como cantaba Sabina, lo cual significa que la velada va direccionada al éxito.

    Lo es, y culmina con un beso. Un beso que certifica el éxito del inesperado encuentro. Beso que muta a morreo con lengua.

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    >>Los besos, de la categoría que sean, se suceden… precedidos por las correspondientes citas. Las citas se suceden… precedidas por las largas charlas por WhatsApp. Las largas charlas de WhatsApp se suceden… precedidas por el ardiente deseo mutuo de seguir en contacto…

    Citas, besos, caricias, arrumacos, relaciones sexuales que se suceden, y que conducen a lo inevitable: la certificación de la relación. Le ponemos nombre sin mencionarlo: Relación Sentimental de tipo Romántico, y, dadas nuestras creencias en ese aspecto, le añadimos un subtitulo, también tácito: En Régimen Monogámico. Somos pareja, es lo que verbalizamos, y el contador se pone en marcha.

    Las normas (lo que sería el contenido de tanto tácito contrato) vienen dadas, pues están preestablecidas en el modelo base de ese tipo de relaciones. Son como los términos y condiciones de uso de una red social.

    Ambos estamos de acuerdo con ese modelo, el cual acataremos en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza, hasta… hasta quién sabe.

    Con todo, nos vamos integrando uno en la vida del otro, uniéndonos como el mar con el cielo para conformar una capa uniforme de azul, o como el agua con la tierra para conformar el fango, entrelazando nuestras existencias hasta formar una madeja de manías, rutinas, aficiones, rasgos de carácter, expectativas, metas que deben convivir. Una madeja de complejo funcionamiento, pero de aparente simplicidad. 

    Estamos conformes con las circunstancias, pues es lo que queríamos. Además, no pensamos demasiado en ello, al menos al principio, pues estamos demasiado ocupados entregándonos a los placeres carnales, al romanticismo, al ocio… y trabajando.  

    Por supuesto comentamos lo sucedido. Ya sea en la cama, después del coito, o en torno a la mesa, desayunando, almorzando o cenando. Entre risitas cómplices y bajo premisas estereotipadas, mencionamos lo sorprendente que es la vida, quién nos lo iba a decir, con el tiempo que hacía que nos conocíamos, y blablá. Lo típico. También caemos en el terreno de la cursilería (no hay vergüenza por ello, pues al fin y al cabo, al menos al principio, vagamos ambos por una galaxia romántica en la que todo es dulce, azucarado y bueno), soltando perlas como: <<Es el destino>> o, <<nunca me había pasado algo así (en su versión profunda, nunca había sentido algo así>>. Seguramente es cierto, pienso de mí mismo tras decirlo, y pienso que seguramente ella piensa lo mismo de ella. Tampoco hay tiempo como para profundizar, pues tenemos muchas cosas que hacer; estamos muy ocupados. Además, sumidos en una especie de embrujo, tampoco tenemos capacidad para considerarlo con la objetividad debida, pues estamos como hechizados, carentes de claridad mental. Lo que en la sociedad y en el diccionario se conoce como enamorados.

    Sí; lo estamos. Y tal estado nos lleva a quemar etapas. Llega el día, no mucho después, apenas unos meses tras el fortuito encuentro en el bar aquella noche, en el que fusionamos también nuestros espacios personales. Abandonamos nuestros respectivos domicilios, y adquirimos uno conjunto. De alquiler, pues nuestra rústica económica, sin ser mala, es insuficiente para abarcar empresas mayores. No obstante, nuestro objetivo a medio plazo, o largo, es la adquisición. La compra. La posesión. Sonreímos emocionados al plantearlo, y casi entramos en éxtasis al imaginarlo. A veces tenemos que terminar en la cama, manteniendo relaciones sexuales con tal de apagar ese fervoroso y ambicioso deseo.

    A ratos tengo la sensación de que todo va muy aprisa; otras que lleva la velocidad adecuada. No tengo la capacidad para calibrar si los tempos son los correctos o no, y tampoco importa, pues esa no es una norma: las cosas suceden cuando suceden, y ya está. Por mí, bien, y me aventuro a creer que por ella también bien. A veces lo hablamos, y llegamos a la misma rotunda conclusión: mientras las cosas se den, y avancemos, está bien.

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    >>Miro el calendario; sus sucesivas páginas. O me observo en el espejo del baño; en sucesivas ocasiones. Tal vez recorro con la vista el salón de nuestra vivienda. Puede que contemple absorto a la calle a través de la ventana de mi oficina. Al techo de nuestra habitación antes de dormirme, oculto detrás de la oscuridad. Al plato de comida que tengo enfrente, y que constituye alguno de los tres menús del día. Da igual donde mire, y cuando lo haga, que lo que otrora era una preocupación que me carcomía, ahora, hoy, no es nada. He superado sobradamente la barrera de los treinta, y todo lo que emana de mi departamento emocional es positivo. Me siento realizado, completo y con energía. No detecto drama en relación con el endémico mal humano vinculado a la realización personal en la dirección apropiada… Vamos, que tanto yo como mi pareja nos sentimos triunfadores en esta competición de fondo que significa el avance social.

    Los años han ido pasando, pero no han pasado en balde…

    Con mi pareja, con quien ya llevamos el tiempo suficiente como para que a nivel social y familiar nos tomen en serio (ojo, y no es baladí, incluso a nivel administrativo-fiscal), compartimos todo. O casi todo. Y lo que no compartimos, a nivel de aficiones, o de planes, o lo que sea, nos lo comunicamos. Es decir, que ponemos en común toda nuestra actualidad, ya sea la que nos involucra solo a nosotros dos, o a aquellas actividades que involucren a terceros. Es decir, que sabemos todo el uno del otro: somos como dos puñeteros libros abiertos. No hay, pues, secretos, ni dudas, ni problemas.
    (Claro que hay secretos, dudas y problemas, pero quedan en el ámbito privado y, ¡bah!, pasa en las mejores familias).

    Somos uno. Lo unimos todo: los cepillos de dientes en el mismo bote en la repisa del baño; la ropa en la lavadora; nuestros objetos personales en lugares comunes; evidentemente compartimos lecho… e incluso fusionamos nuestras cuentas bancarias, ergo, nuestro dinero, en un fondo común, etcétera. Y, a pesar de que tenemos nuestra autonomía, y como apuntaba, hacemos planes por separado, ello es ocasional, pues solemos estar y movernos juntos. Y disfrutamos de nuestro tiempo en pareja. Mucho. Salidas para cenar; a dar un paseo; un día de playa o montaña; una jornada malgastando las horas, tirados en el sofá viendo una maratón de episodios de nuestra serie favorita… Y a veces acudimos a eventos sociales. Reuniones de amigos (o lo que sean): una cena en casa de alguno de ellos —como ejemplo más típico—, ya sea porque se celebra algo o por el mero placer de encontrarnos. Solemos acudir a esos encuentros muy bien vestidos, con ínfulas, como si fuéramos la pareja de moda de la alta sociedad (cuando en realidad no somos más que dos pelagatos —pelagatos de la jet set, eso sí—). Por cierto, y que esto no salga de aquí: somos de la opinión que la virtud está en aparentar, no en tener. Aunque, por otro lado, nos fijamos: todos en nuestro entorno siguen este modelo, por lo que no nos sentimos unos excéntricos, ni hemos inventado nada. Es evidente, no obstante, que fuera de esa ficción, conocemos nuestra realidad financiera, y sabemos a qué clase social pertenecemos. A la media, pero está implícito que ambos estamos cómodos fingiendo que estamos algún escalón por encima (la credibilidad estriba en la capacidad para aparentar). Lo mencionamos, pero no ahondamos; también se sobreentiende que nos sentimos cómodos con ese teatrillo (aunque detrás haya unas deudas con el banco de proporciones bíblicas). Además, ¡vamos!; ¿quién no lo hace? ¿A quién no le gusta sentirse que está un poquito por encima de la realidad, y del prójimo? Un poco de honestidad. Viene en la normativa social y, ¿qué tiene de malo?   

    Da igual. Ese tipo de encuentros con otros de nuestra especie dan igual. Son un relleno para completar nuestra existencia. Lo importante somos nosotros, y en la autenticidad de lo que hacemos. Nuestro plan estrella es de una originalidad extraordinaria: los viajes. Los hay de dos tipos. Los Básicos, que suceden en coche, tienen una durabilidad de un fin de semana —un puente de tres o cuatro días a lo sumo—, y se desarrollan en las proximidades geográficas de nuestro hogar. Y los Prémium, que implican comprar billetes de avión, un ahorro previo, una paciencia de santo para que llegue nuestra época de vacaciones, una estrategia y negociación individual con nuestras respectivas empresas que nos permitan, a la postre, hacer coincidir nuestros períodos vacacionales, y una buena organización en cuanto a plan de viaje: presupuesto, ruta, visitas, —a) obligadas, b) recomendadas y c) prescindibles—, y alojamientos. Con todo, un lío de tres pares de genitales, pero que a la postre merece la pena. Merece la pena incluso la parcial ruina en la que nos sume. Ruina que de hecho no se genera, sino que se amplía.

    La cuota de países que hemos visitado ya empieza a ser digna. Lugares “originales” como Tailandia, Indonesia, Malasia y Estados Unidos, y otros comunes, sin ironía, tales como Italia, Grecia y Turquía. Y en conjunto hemos sacado una cantidad ingente de fotos (que suelen perecer olvidades en la memoria interna de nuestros smartphones de última generación) que serían la envidia de cualquier influencer de viajes.

    Con todo, exprimimos nuestro tiempo libre juntos. Tiempo de calidad. Lo gozamos como niños. Yo lo hago, pues tengo la certeza de que no durará. Lo sé. Y sé que ella lo sabe. Está escrito en algún lugar, que no durará. Sí, claro que lo está: viene anotado en el mismo contrato legal de términos y condiciones. Forma parte del guion…

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    Los años han pasado, pasan, siguen y seguirán pasando… pero no en balde…

    Todo tiene un sentido, y todo se rige por unas pautas de actuación… supeditadas a un guion.

    >>Ya he perdido la cuenta del tiempo que llevamos juntos, pero para nuestra dicha nos lo recuerda nuestro aliado de papel de la cocina. Consultando sus páginas recordamos la fecha de caducidad de los huevos, la próxima visita al dentista, la cita para pasar la ITV, y descubrimos como se acerca otro de nuestros aniversarios. Equis años desde aquella memorable noche en el bar de copas. A veces paso por delante, y sigue abierto: hay cosas que nunca cambian.

    Nosotros no somos un ejemplo de ello, pues hemos cambiado. En lo físico, en lo intelectual e incluso en lo espiritual. Y nuestro vínculo también ha cambiado. Todo cambia, muta, se transforma.

    Este año, igual que el anterior, nos pondremos nuestras mejores galas y saldremos a cenar. Y poco más. Estamos reventados, y ya no somos unos críos. Tal vez, pienso, cuando tengamos tiempo deberíamos hacer un viaje. (Tiempo… y dinero, que, por hache o por be, siempre tiende a la escasez). Hace ya bastante del último. Uno de los Prémium, me refiero. Los Básicos aún se estilan… más o menos. La balanza se decanta en favor de los planes caseros, o de los económicos, tendencia que viene implantándose paulatinamente desde hace años.

    Podríamos considerar el relativo abandono del ocio como la parte mala… pero lo compensa la parte buena. Hemos estado al pie del cañón siempre, desviviéndonos para poseer lo que ahora poseemos, que no es poco, y de buena calidad. Posesiones materiales (que tan amablemente nos financia el banco), y no carecemos de nada. O de casi nada.

    Nos hemos abierto camino profesionalmente, unas veces con perseverante elegancia; otras a codazos o a tortazos; en ocasiones mediante el diálogo; otras mediante el juego sucio. A veces, en definitiva, a las buenas, y otras a las malas. Son lícitas ambas. Hasta que inventen un mundo perfecto, lo son, y ni nos arrepentimos ni avergonzamos de nuestras artes.

    Progresamos en nuestros respectivos sectores. Tenemos buenos puestos, la antigüedad nos avala, mayores responsabilidades, pero también mayor prestigio. Lo comido por lo servido, que dicen. Supongo. No lo sé, pero no importa. Nuestro sacrificio es un medio para un fin. Finalidad que se consuma cada treinta o treinta y uno de mes. Cuando en esas fechas consulta los movimientos de mi cuenta bancaria me cuesta reprimir una sonrisa triunfante al ver reflejado en dígitos el fruto de nuestro esfuerzo. Me consta que ella sonríe siente los mismo al consultar su extracto bancario. Si no fuera porque al cabo de pocas horas el sistema bancario automatizado sorbe impunemente buena parte de nuestros ingresos, a cuenta de deudas (joder, lo que hay que sudar para financiar al banco…), y que los días, especialmente los laborales, nos pasan a velocidad de crucero, nuestra vida sería un éxito rotundo.

    Quizá deberíamos celebrarlo programando un viaje, me insisto, en la intimidad de mis valoraciones. Uno de los guapos. Aunque, ¿celebrar qué, exactamente? ¿Y con qué?, si cuando entro a mi sucursal a pedir limosna, saltan las alarmas. No me extrañaría que un día pasen el cerrojo cuando me vean llegar.

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    >>Es increíble cómo pasa el tiempo. Da la impresión de que las hojas del calendario se marchen solas, cuando les place —se despegan y se largan volando—, y que los cuatro dígitos que indican el año se actualizan solos, como en una película de ciencia ficción. Por supuesto estoy exagerando, pero de veras pasa volando. Es… increíble… que ya hayamos sobrepasado el ecuador de nuestra tercera década de vida. ¿Es en serio?, me pregunto a veces en esa misma intimidad en la que a menudo me sumo, lo cual sucede normalmente por la noche, antes de apagar la lucecita de la lámpara de mi lado. Las maratonianas sesiones de sexo fueron decreciendo, y hoy significan algo así como un lujo. Un lujo posible, cabe añadir. Un polvo equivale a localizar un ejemplar de una especie animal amenazada. Cuando se da esa opción más vale no vacilar, porque quién sabe cuándo se dará la próxima (y qué validez tiene esta). Pero como en general no se da, puedo dedicar ese tiempo, antaño destinado al amor carnal, a pensar. A reflexionar. A la introspección… Aunque suelen ser reuniones conmigo mismo, breves, pues el cansancio me vence, y me duermo pronto.

    Tanto mejor, porque pensar en muy cansado.

    Nuestra fluida comunicación, que otrora era excelente, también se ha resentido. De igual modo, nuestro maravilloso tiempo de calidad se ha reducido. A veces completamos una jornada con un buenos días y un posterior buenas noches, frases que coinciden con los dos únicos momentos del día en que nos vemos. El clec que generan los interruptores de las lámparas de mesa que cada uno tiene en su lado al ser apagadas, significan la conclusión del día.

    Para nuestra satisfacción, esa secuencia de escuetas palabras más el apagado de las lámparas, y ya, no es lo habitual. Aunque tampoco es raro que se dé. Excluyendo los fines de semana, los días laborales solemos intercambiar más palabras. Aunque tampoco muchas más, pues pasamos la mayor parte del día separados.

    Lo que antes eran buenas palabras, buenos diálogos, buenos pactos, ahora son regulares. Escucha, paciencia, tolerancia, transigencia… cosas así siguen vigentes, pero…, cómo podría describirlo. Se ha reducido su uso y su eficacia. Menos escucha, menos paciencia, menos tolerancia, menos transigencia, y de peor calidad.

    Nuestras diferencias, que siempre las ha habido, ahora salen a relucir con mayor frecuencia e intensidad; están más marcadas. Y en ocasiones nos conducen a discusiones. A veces son discusiones acaloradas. Por ejemplo, en cierta ocasión, hace poco, nos enzarzamos en una pelea que me llevo a temer por la continuidad de nuestra idílica relación. Pasé miedo, y lo confieso. Creo que ella lo pasó también. Gritamos y nos insultamos. Pero supimos reconducirlo. La clásica reconciliación que se produce sobre un colchón. El colchón es nuevo, por cierto. De viscoelástica; lo último de lo último en cuanto a confort. Vale lo equivalente a un viaje clase Básico…

    Así estamos, así seguimos, nadie dijo que fuera a ser fácil, y dentro de lo que cabe, va bien. El tiempo pasa, sigue pasando, ajeno a nuestros problemas, o vicisitudes, y nosotros seguimos enfrascados en nuestra rutina, que no es sencilla ni relajada. Pero sí fructífera.

    La palabra que mejor se ajusta a lo que estoy pretendiendo describir, creo que sería <<transformación>>. Hemos pasado de una saludable y pacífica relación amorosa monógama llana, a una relación amorosa monógama turbulenta, con altibajos. Alternamos fases de ardor pasional con otras de distanciamiento casi total, pasando por fases que incorporan un poco de ambos mundos. Nos peleamos y nos reconciliamos. Pelea y tregua. Y así.

    Es comprensible, me digo, a modo de ansiolítico, pues es inherente a la vida moderna, donde los ritmos acelerados, la dedicación al trabajo y los problemas cotidianos dictan el funcionamiento. Las presiones, el estrés, las prisas… repercuten en el individuo. Hace tiempo que lo detecto: ambos estamos tensos. Pero así son las cosas, así es la vida, así es el sistema. Así son términos y condiciones de uso. No queda más que rendirse a sus propiedades. No es culpa nuestra.

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    >>Pensando en ello me descubro contemplado ensimismado a la lejanía a través de la luna delantera de mi flamante coche —ella tiene uno igual de bonito—: el horizonte oscurece. El sol cayendo como si resbalara, tiñendo al cielo de negro-morado, y yo acabo de llegar del trabajo.

    Todos están igual, me digo, al tiempo que pulso el botón al lado del volante para detener el motor. Todos están igual que nosotros, me reafirmo mientras bajo del coche. No tengo certezas, pero tampoco dudas.

    Ceno solo, porque ella aún no ha llegado —últimamente la esclavizan en el trabajo—, y pronto, porque tengo un hambre voraz. Comida recalentada porque no tengo energías para cocinar nada.

    Así son las cosas. Las mismas cavilaciones proliferan y deambulan por mi mente durante largos minutos. Mientras ceno, y siguen conmigo tras trasladarme de la mesa al sofá, donde me derrumbo, incrustando el trasero en uno de los asientos laterales, e incorporando un leve quejido.

    Todos están igual, me repito, interna y cansinamente, reafirmándome, como un loro que ha memorizado una única frase. No da mi cerebro para ampliar esa elemental reflexión. A lo sumo subrayar aquello de que no queda otra que entregarse al funcionamiento social, y algo que leí acerca de que pensar en el mal ajeno atenúa nuestro pesar. Algo así.

    Me gustan los temas de la mente. Eso de la psicología. Y la sociología. Hasta la filosofía. Las letras, puras o “impuras”, y las humanidades. ¡Qué alejado está lo que me gusta de a lo que me dedico! Es ese un pensamiento fugaz que pasa como un rayo que rasga el cielo en mitad de una tormenta, y que se entremezcla con la amalgama de otros pensamientos. Qué ha pasado con mi vida, es el siguiente, que viene puntual e ineludible, como el trueno que acompaña al relámpago.

    Una mínima y amarga sonrisa acude a mi rostro mientras pienso en lo que me gusta. Entretanto pienso en las facturas que hay que pagar, en las cosas que tengo pendientes en el trabajo, en las tareas domésticas pendientes… Con todos los problemas reales vigentes en mente, es muy difícil centrarse en otras cosas; cosas que pertenecen a una vida paralela que no existe. Sin embargo logro rescatar un recuerdo polvoriento, ajado y olvidado. Antaño… había algo que me apasionaba… y que no recuerdo qué era. Dudo que hoy pueda hurgar mucho en ese recóndito hueco de mi memoria, pues noto el peso físico de mis párpados; no duraré mucho en el mundo de los despiertos. Dado que voy a dormirme, hago por favorecerlo. Reacomodo el culo en el asiento, y hundo la nuca en el respaldo. Es tan cómodo este sofá… Antes de que definitivamente se me cierren los ojos, he calculado: si no erro, creo que nos quedan cinco cuotas para terminar de pagarlo.

    Mis párpados vecen, al igual que mi cabeza, que se ladea. El sueño es inminente (y a Dios gracias porque estoy baldado)… Pero antes de que llegue me da tiempo a pensar un par de cosas más, de signo catastrófico, y, como para compensar, algo de signo opuesto: favorable. No creo que a lo que me dedico, y con lo que llevo tantos años vinculado, sea mi vocación, ni siquiera algo que me guste en exceso, y por creer, tampoco creo que logre dejarlo nunca (demasiados pagos <<encadenados>> a ello), renunciando, por extensión, a dedicarme a cualquier otra cosa. Pero, gracias a ello, a mi ímprobo trabajo, tengo, tenemos, todo lo que queríamos. Todo el patrimonio que anhelábamos poseer.

    Con los ojos cerrados me cae la cabeza a peso, ahora hacia adelante, como cuando te duermes en el avión. Mediante aquella reacción fisiología involuntaria, la retrocedo instintivamente hacia atrás, al tiempo que se me abren los ojos. Viajar, pienso de sopetón. Viajar también lo añoro. Lo añoro como aquello que me gustaba, y que ya no recuerdo.

    Estoy aplazando lo que más deseo hacer en este momento, y que no es otra cosa que dormir. Me tumbo en el sofá, brazos cruzados sobre el pecho, cabeza hundida en el cojín y piernas estiradas. Quepo sin problema, sin sobresalir los pies.  Creo que me gusta más este sofá que mi cama, y, dado que, en anteriores ocasiones, por motivos que no vienen al caso, me han vetado mi presencia en la cama, por lo cual me he visto relegado a dormir en este mueble… diría que ya le tengo algo de cariño.

    Me resulta sorprendente que, en esta posición, casi a oscuras, el salón solo iluminado por la difusa luz de las farolas de la calle que entra por las ventanas, y teóricamente exhausto, el ruido en mi mente no cese.  Se me antoja como un tumulto: una gran cantidad de gente hablando, mezclándose sus palabras entre sí, apenas sin poder distinguir nada coherente, y de pasada recuerdo algo leído relacionado con la adrenalina, con el estrés, o yo qué sé; alguna hormona segregada por el cerbero que impide conciliar el sueño aunque estés machacado.

    En medio de esa muchedumbre invisible e imaginaria estoy yo, hablando también: comentando en voz alta mi pasado, actualidad y futuro. Charlo solo acerca de lo que he hecho, lo que hago y lo que haría… pero nadie me escucha: de hecho, no me oigo ni yo. Entre ese barullo alcanzo a distinguir un sonido metálico.

    —Buenas noches —dice ella al pasar por delante mío, camino de la habitación, y haciendo tintinear las llaves en la mano.

    —Buenas noches —le digo yo, en entonación un tanto aséptica, tras reponerme del sobresalto que ha supuesto su aparición.

    Vuelvo a cerrar los ojos.

    Es la segunda frase que nos dirigimos hoy.

    14

    >>A veces tengo la sensación de que todo lo que hacemos, tanto nosotros como el resto de los seres humanos, parece sacado de un manual. Ahora, últimamente me refiero, me ha dado por pensar en eso. Aunque supongo que no le dedico el tiempo que requeriría, pues no paso de las primeras fases de reflexión. No consigo profundizar. No es una cuestión intelectual, o no solo. El inconveniente principal es el de siempre: no dispongo de tiempo suficiente para dedicarle, pues tengo que ir a trabajar. (Y en cualquier caso me censuro, porque mi camino, mi elección, con independencia del resto, es la correcta).

    Hoy he vuelto a pensar en ello, y me he aventurado a sacarlo como tema de conversación. Pero no ha dado para mucho; como tema, ha muerto pronto.

    —Estoy cansado —digo de repente, sin venir demasiado a cuento, tras un silencio conjunto que se había enquistado, y que viene precedido por un comentario mío: <<A veces parece que hacemos lo que hacemos porque toca>>.

    —Yo también estoy cansada —reconoce ella.

    Estamos sentados de costado en sendas sillas de jardín, en la terraza, apoyando los tobillos en la barandilla baja, haciendo sobresalir los pies por ella. Cada uno sostiene entre sus manos una lata de cerveza. La vamos bebiendo despacio. No hay prisa. Es domingo. Y el día es apacible. Luminoso y tibio. Ahora mismo, ni aunque me fuera la vida en ello, podría acertar qué número de mes es. Y recordar que es junio me ha llevado unos segundos. 

    Da igual cuando: lo importante es que estamos juntos, y a solas, alejados del mundanal ruido que nos rodea habitualmente nos rodea, en actitud ociosa, con millón y medio de asuntos en la cabeza, cada uno los suyos, millón y medio de preguntas sin respuesta, de dudas, de incertidumbres…, y de cosas por hacer. Y de problemas que resolver. Cada uno con los suyos, la inmensa mayoría, no obstante, conjuntos.  

    Pero ahí estamos, compartiendo un rato.

    Recuerdo, con nostálgica añoranza, los interminables días en los que nos reuníamos, y charlábamos sin parar, y sin prisa, y reíamos como dos niños, y nos sorprendía la madrugada. Éramos felices.

    Aún lo somos. No tengo ni la menor duda de ello. De lo contrario no seguiríamos juntos. Es de Primero de Relaciones Amorosas Monógamas. Seguimos enamorados.  

    Pero el amor es como un teléfono móvil en los tiempos modernos. Al principio está nuevo: reluce. Hasta huele bien. Lo quieres y lo necesitas, y te entregas a su uso con verdadera devoción, explorando todas sus opciones. Piensas en él; casi nunca te separas de él. Y lo cuidas con mimo. Lo proteges mediante fundas y cristales. No tiene nada malo y te entusiasma. Pero con el tiempo se desgasta, se te cae, lo olvidas… lo llegas a despreciar. Y le encuentras cada vez más defectos. Es objetivo, pues ya no funciona como el primer día. Te llega a cansar, te enfadas con él, y entonces, con gusto, lo cambiarias por otro. Pero se te pasa y seguís juntos. Y por último, está tan dañado, falla tanto, que lo lanzarías al río. Pero lo mantienes, porque lo sigues necesitando le tienes apego y cariño.

    —Trabajamos duro —digo, de un modo algo mecánico, quizá para que nuestra conversación no caiga en el terreno de la nada.

    —Sí —coincide ella.

    Y qué vamos a hacer, me pregunto yo, internamente —y aprovecho para dar un trago—, si hace bien poco acabamos de estampar la que es La Madre de todas las Firmas. No voy a negar que sentí un poderoso instante de vacilación cuando ya tenía el boli entre los dedos, apuntando con la punta al papel. Fue pasajero. Logré estampar mi firma en todas las hojas que nos entregaba el director del banco. Creo que ella tuvo el mismo instante de inmensa duda.

    Pero era lo que tocaba, en tiempo y forma. Estoy seguro, y no me arrepiento nada. Era lo que correspondía… y lo que anhelábamos. Y ahí estamos ahora, sentados en una de las terrazas que, junto al resto, ahora es nuestra propiedad. Nuestra propiedad. Suena glorioso. Lo de los treinta años que tardaremos en pagarla es menor. ¿O eran treinta y cinco?

    —Pero tenemos nuestra casita —menciono yo, forzándome un poco para que suene alegre.

    —Sí —coincide ella.

    Ambos damos un trago a la vez, mirando a la inmensidad de las fachadas vecinas…

    —Es lo que queríamos, ¿no? —pregunto, el tiempo que giro la cabeza en dirección a ella.

    —Sí —responde ella, tajante. Gira también el cuello y me mira. Alarga su mano y toma la mía. Nuestros dedos entrelazados se sostienen en el aire en el hueco que forma la corta separación entre nuestros cuerpos, y ese acto físico me emociona. Y me reconforta. Y me da paz y felicidad.

    —Es lo que queríamos —repite ella… —su expresión, su rostro, es radiante. No obstante, detecto (la conozco) una sombra de agotamiento, no sé si pasajero o perpetuo.

    —Sí —digo yo.

    Lo es. Y me reafirmo en ello, asintiendo y sin dejar de observarla. Creo que yo esbozo un gesto similar; una mezcla de alegría y amargura.

    Y ese maravilloso domingo, que a la vez deviene en un maravilloso refugio de nuestras frenéticas rutinas, me sirve para retrotraerme a una época pasada; una vida pasada. Vuelvo a mirar al frente, dirección a los ladrillos que componen las casas vecinas. Entretanto, en el presente, vuelve el silencio… (en cierto modo lo celebro, porque estoy agotado, y no me apetece del todo hablar).

    La comunicación es fundamental. Era, iba a ser la premisa primera. La seguirían, muy de cerca, la confianza y la fidelidad. El respeto se sobreentiende (y quizá no debería, cuando se cimientan las bases fundacionales de una relación sentimental estable). Nosotros acatamos esas normas, algunas a rajatabla. Hacíamos especial hincapié en la primera, lo que sería el tronco del árbol. Hablábamos de todo y a todas horas. ¿Recordáis lo del tiempo de calidad? Pues era eso. Hablar y escuchar (y follar): esos son sus principios activos.

    Por supuesto destinamos un tiempo prudencial a conocernos. Lo que equivaldría al período de pruebas en una empresa. Correspondió, claro, a nuestras primeras citas. Ahí donde se dilucida si hay compatibilidad o no. Detectábamos diferencias, claro ¿quién no las tiene?, pero en líneas generales éramos muy afines. El tiempo nos ha dado la razón, pues aquí seguimos, casi nueve años después.

    Yo estoy más calvo y más gordo y más canoso y más achacoso, y ella también ha envejecido, claro, pero por lo demás, somos los mismos que el primer día. Quizá un poco menos fogosos, y un poco más cascados, un poco más escépticos, y un poquitín más distanciados, pero nuestra esencia se conserva intacta, estoy seguro, como el primer día.

    El primer día, de un modo simbólico, abstracto, es decir, en nuestros tiempos iniciales, cuando nos mirábamos embobados por espacio de varios segundos, nos aceptábamos y nos contábamos todo.

    Todo, que incluía desde minucias hasta asuntos de profundidad existencial. Íbamos, por consiguiente, desenmarañando nuestros respectivos caracteres, y conociendo nuestras respectivas manías, gustos, aficiones, preferencias… sueños y aspiraciones.

    Sueños y aspiraciones que nos aproximaban. Ambos apuntábamos con la vista en la misma dirección.

    Dirección que nos llevó a permanecer juntos.

    Juntos en ese proyecto de vida común.

    Común, como el de todos…

    —Están todos igual —menciono, en el presente, murmurándolo quedamente., buscando el consuelo en la generalidad.

    —Sí…

    En el pasado pienso lo mismo. Y me respondo lo mismo.

    Tenía claro a lo que quería dedicarme, por eso estudié lo que estudié. Y por ello, con posterioridad, me sacrifiqué para abrirme hueco en el sector. A ella le pasaba lo mismo, y cuando nos conocimos lo hablamos. Bueno… en realidad, secreto de confesión, y que no salga de aquí, yo nunca lo he tenido del todo claro, lo confieso, y, hablando en nombre de ella, pues tengo potestad para hacerlo, dado que la conozco… a ella le sucedía lo mismo.

    Pero, pero…, pero lo hablamos en su momento. En nuestra intimidad. Y no fueron conversación superfluas adolescentes: fueron conversaciones adultas, extensas y minuciosas. Llegamos a una conclusión tonificante, sujeta a una pregunta de fondo: Queremos una buena vida, con algunos privilegios, a poder ser con posesiones, en definitiva estabilidad. Y ello implica, inexorablemente, un trabajo fijo, que se traduzca en un salario de la misma categoría, lo más alto posible, y para ello ¿qué otra cosa podíamos hacer, sino lo que hicimos? Lo que dicta el manual. ¡Vamos!; todos hacen lo mismo.

    —Deberíamos viajar —dice mi yo del presente, una frase de esas que sale sin tenerla prevista, sin haberla pensado, y cuyo contenido es desganado.

    —Sí —dice ella, que me había soltado la mano, pero que ahora me la vuelve a agarrar. Noto su tacto, y ese domingo siento un destello de felicidad como hacía tiempo que no sentía. En segundo plano percibo que algo le pasa; la conozco. Tanto monosílabo es sintomático.

    Los domingos, al principio, puede que durante los dos primeros años, cuando todo florece, cuando el amor es estupendo y sin fisuras (majestuoso como el Titanic antes de zarpar, antes de empotrarse contra un iceberg), solíamos acercarnos hasta la costa (viajes modalidad Básico) con independencia de la estación del año que transitáramos. Y nos sentábamos en la terraza de un bar, o en un banco público, en la arena sobre una toalla, de costado y cogiéndonos las manos. Era como una tradición, y no se me ocurre un marco mejor, más hermoso para una pareja enamorada, que mirando al horizonte a través de la inmensidad del mar o el océano.

    En un escenario así, y en esos momentos, era cuando más conexión había entre nosotros. Cuando más apego, mayor sincronización, física, emocional e intelectual, y mayor convencimiento sobre nuestro proyecto en común teníamos. Son esos momentos en que las parejas, calculo que la mayoría, hacen grandes planes de futuro, por norma general, allí y entonces, fantasiosos, puede que falazmente deseados, quizá incluso irrealizables, o de compleja consecución, mediante frases del tipo, deberíamos casarnos, o, en una versión un poco menos intensa, deberíamos ir a vivir juntos. Donde, embriagados, borrachos de emoción romántica, hasta se imaginan algunos detalles: compraremos una casa, en la zona, tal, con un jardincito, una piscinita, y tendremos un perro. ¡Hasta con el nombre del perro se especula! Es en esos momentos —también en otros contextos, por supuesto, pero sobre todo en esos momentos de plena y perfecta felicidad— cuando el suflé del amor más se hincha, e imaginando esas proyecciones futuras, es cuando se le olvida a uno el resto. Es cuando se evaporan de la mente todas aquellas dudas existenciales que se puedan tener acumuladas, cuando se destierran otras opciones vitales-profesionales, cuando la pareja de sujetos se mira de lleno, sendos rostros cincelados por el amor que se profesan mutuamente, se toman y aprietan las manos, en señal de alianza y compromiso, y se da por aceptado el subtexto que subyace, y que no es otro que el de, a corto, medio o largo plazo, formar una familia.

    —Estoy embarazada —me dicen en el presente… pero lo oigo también en el pasado.

    Seguimos con las manos cogidas. Se la aprieto. La comisura de mis labios dibuja una sonrisa. No obstante, ahora mismo no sé qué decir.

    En el pasado me pasa exactamente lo mismo…

    No soy estúpido del todo. Ella tampoco: ella es muchísimo más lista que yo. Los dos sabíamos a qué nos ateníamos cuando nos conocimos y nos enrolamos en este proyecto. Habría renuncias, por parte de ambos, y, por mucho que nos autoengañásemos, cortesía de la parcial ceguera producto de nuestras emociones, sabíamos que no sería un camino de rosas. Éramos adultos e inteligentes, y apostamos por ello con todas sus consecuencias. Nos dábamos fuerza uno al otro, y el entorno, el resto del mundo, dado que seguíamos la dirección correcta, nos daba apoyo; un extra de vigor que nos venía de perlas. Percutíamos en ello. ¿Cuántas conversaciones tuve (y ella también) con otros de nuestra especie (amigos y familiares) con relación al significado de la vida? Aún recuerdo, con nitidez, como poníamos los resultados en común, como si de unas pruebas de laboratorio se trataran, llegando a la misma conclusión: están todos igual.

    (Bueno… casi todos. Hay chiflados que no siguen la estela de la normalidad. Pero ellos sabrán).

    ¿Cuántas veces, sin embargo, en mi intimidad (y ella también, me consta, pues es lo malo de la intimidad, que con presión, tiempo y contacto, acaba siendo compartida), dudaba acerca de lo qué estaba haciendo; de lo qué estábamos haciendo? De lo que queríamos de veras, de lo que, en un mundo ideal nos gustaría ser. ¿Cuántas? Incontables.

    Pero no podíamos detenernos demasiado en eso, pues había que seguir pagando facturas, y progresando. El propósito era que los años pasaran, pero no en balde. Que sumaran. 

    Al final se me ocurre algo muy ingenioso que decir:

    —¿En serio?

    —Sí —confirma ella, que, sin soltarme la mano, ahora mira al frente, a la nada. O al todo…

    Yo observo su perfil. La conozco muy bien, y me conozco el significado de todos sus gestos. Este parece una mezcla de felicidad y confusión.

    —De cuatro semanas —agrega.

    Al tiempo que dirijo la mirada dirección a su barriga, cubierta por una camiseta holgada y desgastada de estar por casa, toda mi vida pasa por delante mío en micras de segundo. Ya son años los que sumo, por lo que es una vida larga en cuanto a duración, aunque más bien corta en cuanto a contenido. O al menos eso es lo que siento, aquí y ahora. Me quedó con los ojos clavados en su camiseta, que es gris y lleva un Mickey Mouse borroso estampado.  Adiós a otras opciones. Adiós a alternativas. Levanto la vista, inclinándola ligeramente al cielo raso, y, antes de decir algo más, hago una pausa y pienso: Es una maravillosa noticia. Un embarazo. Un hijo. Es la consumación del plan; la última pantalla. Tenemos lo que queríamos, y lo que merecíamos, y la próxima llegada de un vástago es el colofón perfecto. E inevitable. Se me antoja perfecto.

    —¡Qué bien cariño! —exclamo, mirando de nuevo a su oreja, mejilla y mentón… aunque dudo que haya sonado con gran efusividad.

    Nos volvemos a agarrar de la mano.

    —Se acabó la cerveza para mi —dice ella, en tono ya distendido, con buen humor, y aprovecha para terminar la lata—. Y comer mal, y los vicios, y…

    Yo rio, y mi risa interrumpe su listado de venideras autoprohibiciones. Sofoco mi risa llevándome mi cerveza a los labios (un pensamiento pasajero incorpora el deseo de que esa lata, en lugar de cerveza, hubiera contenido matarratas), la termino y la dejo en el suelo, y lo máximo que consigo decir, hasta que se me ocurra algo mejor, es:

    —Todo irá bien.

    15

    >>La fase final. Tras afianzarnos en nuestros respectivos puestos de trabajo, escalando posiciones como un alpinista obsesivo, comprar todo lo que queríamos, necesario o no, lote que incluye un flamante todoterreno, así como las llaves de nuestro hogar, a cambio de unos cuantos centenares de miles de euros… era de cajón. Pero deseado. Fue una <<conversación de orilla del mar>>.

    Y ya está. Se acabó. Ya no hay vuelta atrás. Hasta entonces todo era reversible, de todo se podía escapar, o todo se podía terminar, pero de esto no hay escapatoria, y no va a terminar. Tampoco se puede devolver, como un jersey, o las llaves de una casa. Esto es para siempre. Lo más grandioso, maravilloso que le puede suceder a un ser humano, trae consigo la erradicación completa del resto. Cualquier duda, o debate interno que pueda acontecer en lo hondo de nuestro ser, cualquier consideración acerca de alternativas que en un universo paralelo pudieran satisfacernos, a nivel vital y/o profesional, termina ahí. OK. Estoy exagerando, lo asumo. Lo matizaré: todo termina… durante un tiempo al menos.

    Siempre había temido la paternidad, y no me cabe duda que ella también. Pero, sin embargo, siempre habíamos querido convertirnos en padres. En su momento, como teníamos costumbre, conversamos acerca de lo que ello implicaría. Largo y tendido. Ambos teníamos aspiraciones ideales distintas, el clásico me gustaría hacer esto o aquello; me gusta esto o aquello. Llegamos a hacer conatos de acercamiento, asomándonos a otras posibilidades. Épocas de valorar alternativas, precedidas, normalmente, por una quemazón vital-profesional. Épocas de incluso plantear esas alternativas, es decir, considerarlas con mayor o menor seriedad. Pero la vida real es como un aspirador que nunca se para, o como un vendaval que no cesa: tarde o temprano acaba llevándosete. O succionándote. Y así fue en nuestro caso: la vida real nos succionó, y seguimos sus normas preestablecidas, aceptando que esas alternativas eran poco realistas, o poco sensatas (y que su ejecución nos devolvería a una Edad de Piedra económica), y las aparcamos sine die.

    Y hasta esa tarde dominical, cuando, siguiendo la precaria metáfora, el viento se las llevó más allá del horizonte.

    16

    >>¡Qué rápido pasa el tiempo!, recuerdo que exclamé una vez, hace ya la hostia, observando el calendario que colgaba de la pared de mi antigua vivienda de soltero. Fue poco antes de conocerla a ella, y poco antes también de cumplir los treinta. Ahora el primer dígito ha cambiado al cuatro (y el segundo va camino del dos), y pienso lo mismo. Y siento lo mismo que entonces: sensación de arrojarme a un precipicio.

    Maravillosa edad, me digo, a pesar del incipiente dolor de rodillas, y de espalda, del bonito michelín central que adorna mi barriga (no es alarmante, aún, y se corrige con dieta sana y deporte —pero, ¿de dónde saco tiempo para el deporte, eh?—), de dormir regular, de ver regular, de mi cabello grisáceo… y de vivir permanentemente preocupado.

    Maravillosa edad, me reafirmo, camino del trabajo.

    Llevo en el mismo puesto ni se sabe. Me encanta, me digo. Me gusta, me gusta, y estoy acostumbrado, y se me da bien. Y pagan bien. Y bueno… la ansiada jubilación no queda tan lejana. ¿Qué son veintipico años? Bah. Nada. El planeta tiene miles de millones de años, pienso a veces, y no sé por qué, me consuela.

    No solo me gusta mi trabajo; también la rutina asociada a él, tanto laboral como doméstica. Una vida monótona, sí, pero también estable, y tranquila, y bien remunerada.

    Podría ser mejor, me digo, mientras estaciono en la plaza de aparcamiento que me corresponde, y donde llevo aparcando ni se sabe, pero sin duda podría ser peor. Nunca es perfecto, concluyo, ajustándome la corbata camino de la entrada…

    A ella le pasa lo mismo… supongo. Ya no hablamos tanto como antes. Ahora usamos titulares para comunicarnos. Frases breves de mensaje inequívoco. Si divagas, corres el serio riesgo de no ser escuchado. Pero creo que es normal: el desgaste natural, inherente a cualquier relación. Es más comprensible aún si tenemos en cuenta nuestros quehaceres cotidianos, que nos mantienen muy ocupados. Y más comprensible aún si recurrimos a la vieja fórmula de observar o consultar al prójimo. Están todos igual.

    Además, ahora existe un elemento que lo condiciona todo, que lo parasita todo. Un elemento que pesa unos diez y ocho kilos, mide unos ciento diez centímetros y que, hasta hace poco era un generador inagotable de orines y heces y de desvelos. Helo aquí el motivo de mi perenne preocupación. Deberían existir cursos subvencionados donde se contara, con precisión, qué significa y qué implica ser padre/madre Pocos renunciaran a ello por saberlo, pero al menos estaríamos más preparados. En resumen, mi resumen: consiste en tener un millón de cosas en la cabeza, pero estar todas colgando debajo del persistente pensamiento en torno al hijo.

    Un hijo lo eclipsa todo.

    Pero merece la pena. Merece la pena cada puñetero segundo que pasamos con él, cada vez que nos desvelamos en plena madrugada porque le da por llorar como un energúmeno, cada ocasión en que nos sonríe…

    17

    >>Los años pasan, pero no pasan en balde.

    >>¡Lo estamos consiguiendo! Sin tener nociones previas, nos apañamos con la crianza. No siempre estamos de acuerdo, ni en las formas ni con el contenido, pero trampeamos las diferencias como podemos, y nuestro hijo recibe una buena educación. Y tiene todo lo que nos podemos permitir darle. Somos buenos padres. Quizá no para salir en la portada de la revista <<Mejores Padres del Mes>>, pero lo somos.

    En cuanto a mí, transito apaciblemente la mediana edad. Hubo un tiempo en que cuando me miraba en el espejo me asustaba, y que cuando consultaba el calendario me escandalizaba, pero ya pasó. He aprendido a convivir con la realidad —la realidad que habíamos proyectado en un pasado pretérito, y que ahora vivimos—, y con el inmisericorde paso del tiempo. La vida que consumimos no es exactamente como había imaginado, pero se le aproxima. Ya no tengo dudas existenciales de ningún tipo, y afronto lo que viene, o lo que queda, con ilusión.

    Supongo a ella le pasa y piensa lo mismo…

    Todo sigue igual, solo que con unos años, kilos, achaques y preocupaciones más.

    Estoy en el ecuador de la mediana edad, el primer número ya es un cinco, y no me lo puedo creer. Ella llegara pronto al mismo número. Y nuestro precioso angelito pronto se adentrará en la preadolescencia (si no lo ha hecho ya).  No me lo puedo creer, en serio, pienso, mientras aparco un día más en el rectángulo de asfalto del aparcamiento exterior reservado para mí. (Le tengo la medida tan tomada que podría localizarlo aparcar con los ojos cerrados).

    Un día más, y la sensación de ser un día repetido, clónico, es muy intensa. Es muy intensa porque es cierto: es un día repetido. Los días son idénticos, y ahí radica su grandeza: no hay sorpresas desagradables ni sobresaltos… lo cual contribuye a una vida feliz y tranquila. La idoneidad de la rutina.

    Últimamente pienso en la jubilación como en la cinta que los corredores de una maratón derriban con la barriga cuando llegan destrozados, desfallecidos a la meta. Pero aún se me antoja lejana. Pienso también en ello esta mañana de lun… martes, martes, mientras cruzo el umbral de acceso a la empresa.

    En cuanto a nosotros… todo va bien. Todo lo bien que podría ir, dadas las circunstancias. ¿Qué circunstancias?, me pregunto mientras accedo a mi despacho, me siento en torno a mi mesa y consulto en el ordenador mi menú laboral de hoy.

    Llevamos tantos años juntos que ya hemos superado todas las pantallas en cuanto a amor, confianza, comunicación e intimidad Ya hacemos el amor mirando uno al techo y el otro haciendo mentalmente la lista de la compra. 

    Es normal.

    Los fines de semana, muchos de ellos, los destinamos a hundirnos en nuestras butacas del salón, y a permanecer ahí durante horas. En silencio. Estamos muy cansados.

    Es normal.

    Hablamos, claro, por supuesto (de lo contrario no se podría gestionar un hogar), pero las charlas ya no tienen ni la misma duración, ni calidez ni calidad que antaño. Con mucha frecuencia, encierran motivos, es decir, tareas domésticas pendientes, por ejemplo.

    Es normal.

    Entre compromisos familiares ¡que nunca terminan! (cómo les gusta a los demás que tengamos nuestra propia familia es algo que no deja de fascinarme, como si se llevaran comisión por ello), compromisos personales y hobbies individuales, encontrar un día en el que salgamos los dos juntos y vayamos a hacer algún plan, o tengamos una sesión de sexo, es remotamente factible. Esas cosas, o cualquiera que nos implique solo a nosotros dos, es hoy el equivalente a localizar, fuera de su hábitat, y en una estación que no le corresponde, al ejemplar de una especie en severo riesgo de extinción. Sospecho que nunca más va a haber un <<solos nosotros dos>>, al menos como lo conocíamos. Me rindo a ello, y lo acepto. Es más: hoy día cuesta encontrar hasta un hueco para mí mismo. Para mí y mi soledad. A ella le pasa lo mismo.

    Es normal.

    Es de lo más normal, me digo, mientras me levanto de la silla y salgo de mi despacho, camino de otra sala, donde cumpliré con mi primera tarea laboral de ese… martes, martes (perderme por la semana es algo tremendamente habitual).

    Y, mientras recorro el pasillo que me conduce a dicha sala, donde me esperan, y saludo mecánicamente con la barbilla a compañeros con los que me cruzo, a algunos de los cuales llevo viéndoles la jeta desde ni se sabe, pienso en que hemos cumplido. Hemos rellenado con todos los cromos los huecos del álbum de la vida. Estudiamos, nos formamos, trabajamos (trabajamos-trabajamos-trabajamos-t-r-a-b-a-j-a-m-o-s), somos poseedores de un coche (que renovamos cada diez años), un móvil de última generación (que renovamos cada dos), electrodomésticos y muebles (que renovamos cuando se rompen o quedan demasiado anticuados), y una casa (que si pudiéramos renovaríamos). Y hemos tenido descendencia. Y, parado frente a la puerta de la sala a la que me dirijo, rodeando el pomo con la mano, siento un instante de vacilación antes de entrar, creo que hago una mueca, y, tras esa suerte de revisión existencial, pienso que todo junto constituye un éxito rotundo, del que hay que estar orgulloso. Y así me siento, orgulloso. Y realizado. Y feliz.

    Y vacío…

    Giro el pomo, empujo la puerta, entro, me acerco a usted, le estrecho la mano…

    >>Me basta con verle. ¿Cuántos como usted han pasado antes por aquí, y cuántos más como usted vendrán…?

    18

    —¿Eh?

    —¿Qué?

    —¿Disculpe…?

    …Empezando por mí, en su día.

    Ha terminado su exposición: ha sido usted preciso, educado y elocuente. Su candidatura está a un paso de materializarse en un puesto de trabajo. Enhorabuena, clamo en mi interior, pues me alegro por usted. Muchos son los que han pasado por este despacho a lo largo de los años, todos con el mismo propósito de contratación, pero muy pocos los que lo han logrado. Los rechazados lo intentaran de nuevo, en otros lugares, e incluso algunos valientes quizá repitan suerte aquí. En cualquier caso, insistirán e insistirán hasta conseguir un puesto de trabajo acorde a sus pretensiones. Todos ellos, en conjunto, usted incluido, se me antojan como seres humanos que manufactura en cadena una máquina, y que va expulsando previa programación mental para que persigan el mismo objetivo, y esa tonta idea me hace soltar una risa. Ello provoca que usted me mire, por primera vez desde que entró, con expresión de cierto desconcierto; incluso inseguridad. Vaya; parece ser que le he desarmado sin querer.

    —¿Disculpe? —repite usted, visiblemente desubicado.

    Surca la sala un silencio de unos pocos segundos. Al cabo, procurando imprimir vigor a mis palabras, digo:

    —Excelente. Parece ser que sabe usted quién es.

    La arrogancia acude a sus facciones. Arruga la nariz:

    —Sí —dice, contundente.

    Yo mezo la cabeza.

    —Estamos todos igual, ¿verdad? —digo, reclinándome en el respaldo de mi sillón, y cruzándome de brazos.

     


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    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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    Los momentos previos eran casi tan importantes como la función en sí.
    Función que entonces ascendía a la categoría de acontecimiento. Y que arrancaba antes de que arrancara.
    Para mí se iniciaba cuando la hilera de personas que tenía delante, desaparecía. Llegaba mi turno. Cruzaba yo también el acceso (previa entrega de la entrada), y para mí, y entonces, era como cruzar un umbral que conducía a otro mundo; un mundo misterioso que, en varios sentidos, me interesaba más que el real.

    Ahí estaba yo, ya fuera solo o acompañado, rodeado de desconocidos, desperdigados por doquier, yendo o viniendo (una representación a minúscula escala de una ciudad), cruzándose conmigo, o yo con ellos, y a quienes yo solo les prestaba la atención justa para no chocarles. En gran medida y en varios sentidos, eran un estorbo.
    Ahí estaba yo, solo o acompañado, una vez más.
    Me embargaba la emoción. Siempre. Y siempre se dibujaba una sonrisa involuntaria en mis labios. Sabía lo que me esperaba, y por muchas repeticiones que llevara, me gustaba como el primer día. O incluso puede que placer fuera acumulativo; cada vez era mejor que la anterior.

    La fase previa seguía. Tras un breve paso por una suerte de vestíbulo, tocaba subir o bajar una escalera, o cruzar un pasillo. Era costumbre hacerlo al tiempo que observaba en torno: suelo, techo, pero sobre todo paredes. De ellas colgaban posters, muchas veces protegidos por cristales, los cuales me llamaban poderosamente la atención… pues eran reclamos de futuros acontecimientos. La sonrisa complacida iba y venía.
    Había que ir con cuidado para no impactar con nadie, pero eso no era impedimento para que caminara con la cabeza girada mirando a un lado, destinando unos segundos a cada poster. Deteniéndome o no, me deleitaba viendo y leyendo la información que incorporaban. Imágenes y texto, que consultaba y archivaba en mi memoria. Echarles un vistazo más o menos prolongado a esos posters formaba parte de una suerte de ritual propio.

    Ante mi aparecía ahora una especie de galería. A ambos lados se sucedían puertas de tamaño grande, de doble hoja, al fondo unos baños, y a la derecha se ubicaba un… cómo llamarle; un mostrador. Y tocaba pasar por allí para abastecerse. Era paso obligatorio; formaba parte del ritual.
    Controlaba mentalmente el tiempo. Lo controlaba con acierto. Hubiera o no cola (normalmente la había; siempre hay cola, en todos lados, a todas horas) no había problema: disponía de tiempo de sobra. Estaba estudiado, planificado con anterioridad. No obstante, a veces me impacientaba…
    Mi turno. El recipiente más grande de palomitas. Sí, saladas. No, nada de bebida. Gracias.
    Me retiraba, y comía algunas. Las que corrían serio riesgo de caer al suelo, pues el recipiente rebosaba. Ahí, en ese lugar, había más posters pegados en las paredes. Masticaba despacio las primeras palomitas mientras los miraba. O remiraba, pues la mayoría eran copias de los que ya había consultado antes. Pronto me autocensuraba de comer más, dándome un imaginario manotazo en el dorso de la mano. No era el momento de comerlas. Todo seguía unas normas, sujetas a momentos.
    Era, el conjunto, como el proceso de entrega de la carta al paje real para que se la remita a sus majestades. Para un niño, casi casi tan importante como la mágica entrega de regalos en la noche de Reyes. O como degustar mi plato de comida preferido. Cada segundo, cada paso y cada detalle eran importantes.
    La actitud también lo era. Procuraba estar sosegado, libre de tensiones. Y, en tanto que fuera posible, dejando para más tarde pensamientos y preocupaciones concernientes al mundo real. Mente en blanco, o algo así.

    Un murmullo colectivo flotaba en el ambiente, y la espera se hacía más o menos larga.
    Le estaba dando, a todo el conjunto, una importancia exagerada; una importancia que objetivamente no tenía. Siempre lo hacía, y yo mismo me daba cuenta. Pero no podía evitarlo, y tampoco quería: no estaba haciendo nada malo. Ni nada llamativo. Cuando iba acompañado, fingía que todo aquello era un anodino proceso previo a entrar a la sala. No obstante, mi predilección era ir solo. En cualquier caso, solo era un chico con una actitud y un proceder normales. Estoy seguro. Lo vivía de un modo muy personal, pero era algo interior, que no repercutía en el exterior. Era mi forma de vivirlo: con intensidad. ¿Qué tenía de malo? Aquellos que tengan alguna pasión, por lo que sea, me entenderán.
    Rodeando el cubo de las palomitas con ambas manos, esperaba unos minutos en esa especie de galería repleta de puertas grandes y posters repetidos. La fase previa se aproximaba a su clímax. Casi siempre tenía que esperar un poco, pues, o bien aún no había terminado la sesión en proyección, o bien estaban preparando la sala para los siguientes espectadores. Como decía, acudía con margen. Nada me desquicia más que acudir a ese lugar con el tiempo justo.

    ¡Ya está! Un empleado hacía señas; ya podíamos pasar. No tenía predilección por entrar antes o después, pero casi siempre entraba de los primeros… por el simple motivo de que me ubicaba cercano a la puerta.
    Restaba recorrer otro pasillo, o subir otras escaleras, en este caso solo un tramo. Luego, torcer a derecha o a izquierda, unos pasos más, y sentarse en la butaca. Según mi libro de estilo, que como los más avispados habrán detectado, incorpora algunas manías, un tanto excéntricas, lo que correspondía en esa parte (y que sigo haciendo, muchos años después) era inspeccionar a mi alrededor. Me reclinaba, colocaba el cubo de las palomitas entre mis muslos, y, estirando el cuello, observaba como la gente iba entrando, y sentándose. Era bastante frecuente que apurara hasta el último segundo. Entonces, estando todo el mundo ya instalado, si era necesario, corría a cambiarme de localidad, a la que mejor se adaptara a mis necesidades de visualización, espacio y, en definitiva, confort. Era —y soy— de la opinión, que la experiencia se disfruta mejor contra más aislado estés del resto de seres humanos. Solo soy sociópata en estas situaciones; lo juro.
    Normalmente conseguía mi objetivo de sentarme en un sitio que copara mis expectativas maniáticas, y tampoco era fruto del azar. Había escogido esa película y ese horario con la previsión de que hubiera la menor aglomeración de gente posible. Pero la vida está plagada de sorpresas desagradables, y ocasionalmente se daba el caso de que, en contra de mi vaticinio, la sala estuviera a rebosar. Cuando se daba esa trágica posibilidad, no me quedaba más remedio que hundirme en mi butaca, rebufar resignado, y masticar la incomodidad que me suscitaba que una parte de mi plan hubiera fallado. La vida es imperfecta: qué se le va a hacer.

    Se apagaban las luces, en cadena o a la vez, y se completaba así el clímax. La enorme pantalla empezaba a escupir imágenes, el sonido que emergía de los distintos altavoces encapsulaba la sala, y entonces dejaba de ser un problema que estuviera rodeado de personas, o dejaba de tener valor que estuviera solo, pues tenía la capacidad para abstraerme del entorno. La tenía y la sigo teniendo.
    Empezaban los tráileres, parte relevante de la función. Los tráileres eran el futuro escrito; la promesa segura de venideras experiencias.
    Cuando terminaban, concluía la fase previa, iniciada largos minutos atrás, cuando avanzaba despacio detrás del grupo de personas que accedían en fila al interior del cine.
    Aparecía el gran logo de la Warner, de Columbia, 20th Century-Fox, o el que fuera, y empezaba la función.
    Ya podía comer palomitas hasta que se me pusieran los morros como Carmen de Mairena.
    Volvía a esbozarse una sonrisa en mis labios. Tenía la certeza de que por muchas veces que lo repitiera, la sensación de gratitud, de satisfacción, sería idéntica.
    Y, tanto antes, como durante, como después, no dejaba de pensar: Qué maravilloso invento, esto del cine.

    Desde su aparición, el cine ha sido un fenómeno de culto. Y por derecho propio. No se le conoce como el séptimo arte por algún capricho de márquetin. Tiene argumentos de sobra como para convivir con las seis disciplinas artísticas que le han precedido: la arquitectura, la escultura, la pintura, la música, la danza y la literatura y la poseía.
    Sería entrar en un debate estéril el discutir en qué momento pasó a ser también un producto de entretenimiento, o si, por el contrario, siempre lo ha sido. Y no importa. Ver una película siempre es, y ha sido, y supongo que será, una excelente forma de evadirse, y de adquirir cultura, con independencia del orden.
    Más allá de eso, es la expresión artística que mayores cambios a experimentado, y en menor tiempo. Al menos a nivel técnico. Aunque también a nivel social. Basta con un recorrido rápido por sus casi ciento treinta años de existencia para comprobarlo. Desde que los Lumière rodaron en plano fijo, y con pésima calidad de imagen, la salida de unos obreros de la fábrica —cuarenta y seis segundos que daban el pistoletazo de salida a más de un siglo de filmaciones—, pasando por el cine en blanco y negro, mudo o no, películas con efectos especiales caseros, hasta hoy, metrajes con una calidad de imagen y sonido, y unos efectos especiales espectaculares, los cambios técnicos para este arte han sido descomunales.
    Pero a nivel social, decía, también ha experimentado importantes cambios. O, más que cambios, lo que ha vivido a nivel social es una evolución. Concibiéndose como un nuevo tipo de expresión artística, dudo que en su momento nadie pudiera calibrar el alcance que adquiriría. Pero pronto lo averiguarían. Su existencia se propagó deprisa, traspasando todas las fronteras, haciéndose mundialmente reconocido y consumido. Y empezó a fraguarse un suculento negocio en torno.
    Unos años después de su aparición, posicionado ya alrededor del planeta, el cine presentaba una ventaja y un inconveniente que, quizá, seguramente, provocaba que se diferenciara del resto de expresiones artísticas: su creación estaba abierta a muchas sensibilidades, constituía un lenguaje universal, que a la vez era local, aplicable a cada país, y a cada autor, por supuesto, pero, por contra, para su manufactura hacían falta muchas personas, y variedad de medios. En otras palabras: una fuerte inversión.
    Pintar un cuadro es cosa de uno; escribir un libro es algo individual y solitario; la música se hace entre unos pocos, o muchas veces basta con uno solo, etcétera. Pero para hacer una película eran necesarios varios profesionales, tanto pertenecientes al apartado técnico como al artístico, grandes inyecciones de capital, por supuesto tiempo, y recursos materiales variados y caros.   
    Pero… estaba bien, pues su resultado no decepcionaba. Y tenía gran acogida. La gente acudía en masa a las salas de cine, pues ver una película en pantalla gigante era una experiencia. Una experiencia distinta a las conocidas, dado que era un arte que aunaba teatro, televisión, música, e incluso literatura.
    Con todo, lejos de ser un invento que saliera mal, fue un éxito inmediato. Y rotundo. El arte que sumaba siete, había llegado para quedarse.
    Y su evolución, en comparación con el resto, fue meteórica. Las producciones proliferaron con los años, y las técnicas de rodaje se perfeccionaban gradual e imparablemente. No tardó, como decía, en consolidarse a nivel planetario, lo cual sucedió gracias al público, el aliado imprescindible, que le daba su bendición, manteniéndolo en excelente estado de salud mediante su consumo masivo y regular. Implícitamente, el público pedía más.

    Habemus nuevo arte.
    Habemus negocio.

    Durante todo el siglo XX constituyó un fenómeno cultural, de aprendizaje, de entretenimiento, para los más devotos incluso una forma de vida, de prolífica creación, apto para todas las sensibilidades e intelectos, y de fácil acceso.
    Con todo, se podría considerar que, como arte, lo rodeaba un aurea de prestigio.

    Antes, hace veinticinco o treinta años —que es hasta donde alcanza mi memoria—, un estreno venía precedido por una promoción. Durante semanas, o meses, se hablaba de la futura llegada de tal película. La anunciaban en la televisión, en la radio, en los periódicos… en el propio cine. Venía anunciada en posters, con el gancho publicitario a pie de página de <Próximamente>. En los tráileres que precedían a las proyecciones, también la publicitaban.

    Hace veinticinco o treinta años, esa promoción calaba. Te venían hablando de tal película durante tanto tiempo que era difícil no recordar su futuro estreno. Y había algo más; algo que la dotaba de mayor valor: cuando finalmente llegaba a las salas, no traía consigo a toda una legión de compañeras. No. Estrenaban dos o tres o cuatro a la semana; no más. Y en los cines más pequeños, los de pueblo, ¡una! De este modo, no se atropellaban a sí mismas, zancadilleándose a sí mismas, logrando que cada película, en mayor o menor grado, tuviera singularidad: brillaba con luz propia.
    No quedaba ahí la cosa. La mantenían en cartelera un determinado tiempo, y con horarios acotados. Tres o cuatro pases diarios, incluso menos. Un valor añadido que le otorgaba otra capa de prestigio.
    Y había más. Dado que solo la podías ver en el cine, ya podías correr antes de que la retiraran de la cartelera.
    Para todos, y en especial para los más fanáticos, ello no dejaba de ser emocionante. Era como aguardar a la llegada del día en que actuaría el cantante o grupo que amábamos. Pero a la vez era trágico.

    Antes, hace veinticinco o treinta años, la secuencia era: se anunciaba, se estrenaba, se mantenía un poco, y se retiraba. Y… por el motivo que fuera, ¿no la habías podido ver, o querías volver a verla? OK. Podías. Pero tendrías que esperar. Entraban en juego aquellos míticos establecimientos, que muchos recordaran, llamados videoclubs. A pesar de vivir esa época siendo un crío, yo lo recuerdo perfectamente. Seis meses. ¡Seis meses! era el tiempo que tenía que transcurrir desde que la retiraban de las salas hasta que podías hacerte con una copia en formato VHS. (Con los años el VHS cedió el testigo al DVD, y el tiempo de espera se recortó a los tres meses). Y bueno, permítanme mencionar que las copias en VHS o DVD de las que disponían los videoclubs, eran limitadas —bastante en el caso del videoclub que yo frecuentaba—, con lo que no era nada raro que no estuviera disponible. Entonces debías esperar un poco más, está vez a que alguno de los clientes anónimos que tenía alquilada alguna de las copias, devolviera la cinta… y tú estar allí antes de que otro cliente se te anticipara, y te volviera a dejar sin la posibilidad de alquilarla (Creo que nunca olvidaré la ocasión en la que esperé media tarde, sentado en un taburete del videoclub, a que un desconocido devolviera la película que yo llevaba tiempo queriendo ver). Si bien era cierto que siempre quedaba la opción de la compra, esta estaba reservada para los esporádicos consumidores de películas, o para los bolsillos más acaudalados, pues si tenías que adquirir una cinta cada vez que querías visionar, o revisionar una película, podía ello constituir una pequeña ruina.
    Quedaba una última opción, pero implicaba esperar mucho más: que la estrenaran en la televisión. Lo cual, recuerdo, sucedía transcurridos unos meses después de que saliera en vídeo. Estaba regulado por ley, y era lógico, pues de lo contrario, el negocio de los videoclubs estaba destinado al hundimiento.
    En suma, un follón. El acceso a una película, en cuanto a facilidades, estaba a años luz de lo que es hoy.
    Y todo sucedía porque las películas no dejaban de ser piezas de valor cultural.

    Antes, desde sus orígenes y hasta hace veinticinco o treinta años, las películas tenían importancia. Trascendencia. Retrataban épocas y comportamientos humanos que calaban en la sociedad. Se hablaba de ellas. Se recordaban. En definitiva, dejaban poso. Dicho de un modo muy básico: eran buenas. No obstante, matizo algo importante: no todas ellas, pero sí un gran número.
    Los autores se esforzaban en crear obras de calidad. En contar historias que tuvieran repercusión, de algún modo.
    Me aventuro a vaticinar que muchos cinéfilos estarán de acuerdo conmigo si digo que las mejores historias, los personajes más célebres y recordados, las escenas más icónicas del cine, fechan de distintos momentos comprendidos dentro del siglo XX.

    Antes, desde sus orígenes y hasta hace veinticinco o treinta años, no eran tantos los directores, actores y actrices que trabajaban. O, mejor dicho, pocos eran los que tenían repercusión. Un centenar de intérpretes, y medio centenar de directores, por hacer un cálculo aproximado, y un país el que destacaba en cuanto a producción cinematográfica.
    No eran tantos, comparado con hoy.

    Comparado con hoy, todo, o casi todo, es distinto.

    Hoy, en cambio, para satisfacción de los implicados en el negocio, los directores, actores, actrices, guionistas, productoras, profesionales vinculados con la industria en general, proliferan.
    Hoy, la producción cinematográfica, es inmensa.

    Ahora, y desde el inicio del siglo XXI, más o menos, ver una película es de lo más fácil del mundo. Las ves incluso sin querer, porque están en todos los rincones de internet, ya sea de modo legal o pirata.  

    Antes, la elección de una película giraba en torno a un puñado de opciones. Ahora gira en torno a una montaña de posibilidades.

    Antes, podías llevarte una decepción mayúscula, viendo un bodrio (aunque no era lo más probable). Hoy, las posibilidades de dar con un bodrio son elevadas. Las de dar con una joya, pocas. En cualquier caso, ¿cuestión estadística en relación con el número, o cuestión puramente cualitativa?

    Antes era como abrir un armario y seleccionar una prenda de las que colgaban de los percheros. Hoy es como zambullirse en una montaña de ropa sucia, y bucear dentro hasta dar con algo limpio que ponerse.

    Antes, consultándolo un par de veces por semana, bastaba para estar al corriente de las películas en cartelera. Recordabas más o menos las que ya habían pasado esa fase, y más o menos estabas enterado acerca de los próximos estrenos. Y más o menos controlabas la existencia de los directores, actores y actrices presentes, así como sus filmografías. Antes, los más fanáticos incluso aspirábamos a verlo todo (entiéndase <todo> como gran parte). Ahora, la oferta es abrumadora. No, no: es indecente. La aparición de las plataformas de streaming cambió radicalmente el paradigma. Entrar hoy a cualquiera de ellas constituye un…, un…, problema. Un descubrimiento que es un problema. Esas plataformas se dan de puñetazos para atesorar el mayor número de títulos posibles. Entre los que adquieren mediante la compra de derechos, y los de producción propia, sus menús están repletos. Quizá incluso colapsados. 
    (Usuarios reportan que en ocasiones han renunciado al visionado de una película, porque han terminado sucumbiendo a la inmensa oferta…).
    Aspirar a estar al día… es una entelequia. No podríamos ni aunque dedicáramos nuestra vida a ello. Aunque viéramos… cuatro películas al día… sería suficiente, pues mañana estrenaran ocho más. O diez. O quién sabe cuántas.

    Antes (antes de que entraran en juego Netflix y sus parientes), ir al cine era el plan. Ahora, ir al cine suele ser el complemento a ir de compras a un centro comercial. Las carteleras rebosan títulos, cada semana los estrenos son una avalancha, y sus apariciones son repentinas, sin promoción previa de ningún tipo. (Seguro que hay promoción previa, para todas, pero, ¿dónde está? En algún rincón está la promoción para todas y cada una de las películas que estrenan hoy, pero, ¿dónde? ¿Y cuándo?).
    No obstante, la asistencia al cine parece una práctica en peligro de extinción. La presencia de Netflix y sus socias eclipsa la vieja costumbre social de ir al cine. Muchos ya prefieren ver las películas en la intimidad y el sosiego de sus hogares, y según dicen los expertos, es una tendencia que irá a más… y a más… hasta que clausuren la última sala.

    Con todo, antes, ver una película era una experiencia, incluso un acto de amor. Las películas piezas que muchas veces dejaban poso, y su relativamente limitada producción daba margen a los espectadores. Margen para pensar en ellas, para integrarlas en su ser. Hoy, el negocio constituye una riada de títulos, un estreno indiscriminado de películas, la inmensa mayoría de las cuales habremos olvidado unas horas después de verlas, porque de inmediato aspiramos a ver la siguiente, o porque nos han parecido una porquería. Quizá influye mucho el hecho de que no hayamos podido crearnos expectativas; de que no hayamos oído hablar de ellas hasta que ya estamos una clic de verlas.

    Más gente trabajando en el sector; más oportunidades para todos; más, mucha más oferta; inmediatez es la norma. Películas técnicamente impecables. El cine como arte, ¿mejora, o empeora?

    Yo, muchos años después, sigo siendo el chico que antaño iba al cine y se emocionaba. Y lo sigo disfrutando de idéntico modo. Asimismo, soy usuario asiduo de las plataformas de streaming. Hay días en que maldigo la tremenda aglomeración de películas con la que nos avasallan hoy, y otros en que lo acepto sin dramas.
    No sabría decir si se han cargado el cine como arte, o si conserva su pureza, y el problema lo tengo yo.

    No lo sé, y dudo que exista una respuesta maniquea. Solo sé lo que es evidente: que hoy en día, todo, todo… constituye una aglomeración. Hay mucho de todo. Y no sé si es bueno o malo, o regular.

    Solo otra cosa más tengo clara: sea cual sea su estado actual, qué maravilloso invento, esto del cine.

    PD: Todo lo dicho en este artículo es aplicable al mundo de la literatura. Lo cual me afecta directamente, por estar vinculado con él. No salgo de mi asombro ante la cantidad de novelistas que existen hoy en día, o que aspiran a ello, o que se hacen llamar escritores. No salgo de mi perplejidad ante el exorbitante número de publicaciones… ¡diarias!
    Antes… En fin; ya lo he dicho.

    Saludos, queridos lectores.

    Firmado: Un escritor… más. Y un aspirante a novelista… más.

    Picture of Dylan D. Doe

    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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    ¿Cómo puedo ayudarles?, cuéntenme (dinero no tengo).

  • (VIII) Cocinar o edificar

    (VIII) Cocinar o edificar

    Luz y tinieblas

    Imaginemos un mercado. No importa cuál, ni dónde. Interior o exterior, grande o menudo, concurrido o no.

    Bien. Ahora visualicémonos a nosotros mismos: pongamos la cámara a nuestra espalda. Acudimos, equipados con bolsas, o una cesta, un carrito o lo que mejor nos represente. Y si lo desean, con una lista. Si lo prefieren, vayan sin nada anotado.

    OK. Recorramos sus pasillos, ya sea bajo la luz solar de un luminoso día primaveral o estival, o bajo el opaco cielo de una jornada otoñal o invernal, ya sea bajo las luces artificiales que proyectan los focos y fluorescentes de techo de un mercado interior. Demos un paseo, deteniéndonos en varios de los puestos que los comerciantes tienen instalados, departiendo con ellos, y abasteciéndonos con sus productos.

    Los que hayan optado por llevar lista, enhorabuena; resultará menos caótico. Los que hayan optado por no llevarla, enhorabuena; resultará más emocionante. En cualquier caso, es indiferente la opción que escojan. Estamos allí para hacer acopio de víveres, sea planificado o no, como primer paso: tenemos una misión que trasciende al mercado.

    Concretemos. Y acordemos. Jugamos a que acudimos para hacer una compra de las denominadas grandes. Una de esas con las que llenamos los armarios y el frigorífico como para sobrevivir entre tres semanas y un mes. Tómense su tiempo, si lo desean. Recréense con la ficción —hay personas a quienes les divierte comprar; a otras les relaja. Si es su caso, no se corte—: no hay prisa.  

    Vale. ¿Lo tienen todo? Genial. Volvamos a casa.

    Imaginemos ahora una cocina. La cocina real de sus viviendas, o la de sus sueños. No importa. Pero… un inciso para los más… tiquismiquis (que nos conocemos): debe ser una cocina funcional, una que disponga de por lo menos lo básico. No me vale un camping gas en mitad del monte, o una hoguera circundada por piedras, para tocar los huevos.

    Muy bien. ¿Qué tenemos? En cuanto a electrodomésticos, un frigorífico, conjunto de horno y vitrocerámica, microondas y… hum…, en mi caso, como accesorio le pondré una freidora de esas de aire que tan de moda empiezan a estar. (¿Cómo es posible <freír> con <aire>? En fin, eso para otra ocasión —y disculpen mi comentario desfasado—). Terminen de equiparla como les plazca. Me da absolutamente igual.

    Y para usar con esos electrodomésticos, ¿qué tenemos? No va a ser necesario hacer un listado, porque esto no es un canal de cocina, ni una sucursal de 10 For You, pero determinemos y pactemos que tenemos un kit completo de ollas, sartenes, etcétera, vajilla y cubertería, etcétera.  

    (No, no, señoras y señores del sector tiquismiquis: no nos han cortado la luz, ni el gas ni nada. Disponemos de todos los servicios y estamos capacitados, mental y físicamentedisponemos de extremidades, y no padecemos ninguna afectación cognitiva— para hacer uso de la cocina, sin morir en el intento).

    Sigamos. Por supuesto la cocina dispone de mobiliario. Nosotros, por lo pronto, solo necesitamos la mesa que hay en el centro (vale, OK tiquismiquis; puede estar esquinada), y la encimera (cualquiera que sea su ubicación, “tiquis”, pero que esté).

    Vayamos hasta allá, y depositemos las bolsas sobre sus superficies, pues pesan. Están llenas a rebosar, y algunas de ellas sostienen tanto peso que el plástico debajo de las asas está poniendo a prueba su elasticidad y resistencia, volviéndose blanco camino de la transparencia.

    Bien, hemos vertido el contenido sobre la mesa y/o la encimera. Separémonos un poco, y echemos un prolongado vistazo, a modo de recopilatorio.

    ¡Vaya!; ¡hemos hecho una buena compra! ¡Tenemos de todo! Frutas, verduras, legumbres, lácteos, carne, pescado… de todo. Ahí están todos los ingredientes, desordenadamente distribuidos… y ante nosotros se abre un horizonte de posibilidades. (No, tiquismiquis, no se te ha olvidado nada, y tienes que volver al mercado: estate quieto).

    El caso es que… el número de platos que podemos elaborar mezclando entre sí esos ingredientes, nos llega a abrumar. Son muchas, muchísimas las recetas que podemos acometer. Y con distintos niveles de complejidad.

    Para algunos será estimulante; para otros agobiante. Los primeros deben estar ansiosos por empezar, ávidos de experimentación. Los integrantes del segundo grupo primero tendrán que resolver la temida pregunta del millón: ¿por dónde empiezo?

    Que lo disfruten unos; ánimo para los otros… (y no, no hay más categorías grupales que esas dos, ¡tiquismiquis!).

    OK. Un segundo. Hagamos uso de la magia de la narrativa. Chasquear de dedos. Bien; ya está todo ordenado en sus respectivos estantes.

    Y permítanme que en este punto haga un paréntesis. Pensemos en nosotros mismos, en los seres que hemos ido hasta el mercado, y luego vuelto a casa, y caractericémonos.

    Definámonos. Esto es ficción, por lo que volvamos a hacer uso de su magia, y adjudiquémonos los atributos que queramos. Podemos ser desde un chef reputado, hasta un lerdo en los fogones, que fríe un huevo usando la tapa de una olla como escudo. No importa; escojan libremente (ahí te he dado, ¿eh “tiquis”?).

    De nuevo, tómense su tiempo. No hay prisa.

    ¿Ya saben qué personaje son? Genial. Avancemos. Yo, a modo de ejemplo, voy a ser un cocinero mediocre, pero a cambio seré paciente y mañoso.

    Vale. Vamos a cocinar, porque tenemos hambre, o porque es la hora. Mantengamos el pacto temporal. Tenemos tiempo para cocinar; el que queramos. Pensemos qué receta queremos hacer, y recurramos a los ingredientes necesarios, así como a las herramientas para su preparación.

    Un nuevo chasquear de dedos.  

    ¿Lo tienen todo dispuesto? ¿Sí? Maravilloso. Pues en marcha (de repente parezco uno de los presentadores de <<MasterChef>>): ¡A cocinar!

    Recuerden: hay tiempo. Todo el que quieran. No obstante… turno para la magia de las elipsis.

    ¿Ya han terminado? Estupendo. ¿Qué han conseguido?

    • ¿Un plato perfectamente cocinado, sublime, propio de un maestro de los fogones, cuya calificación es excelente?
    • ¿Un plato de alta calidad, que se podría mejorar, aunque no mucho, y cuya calificación es notable alto?
    • ¿Un plato digno de restaurante de clase media, al que le falta perfeccionamiento, pero que no obstante la mayoría de paladares aceptaran, y sin grandes quejas, y cuya calificación es notable?
    • ¿Un plato aceptable, que sin duda se puede mejorar, pero rico y nutritivo, y cuya calificación es buena, sin más?
    • ¿Un plato básico, usando ingredientes comunes, cocinado haciendo uso de una receta igual de convencional, y dando como resultado un plato con muchas carencias, pero por lo menos comestible sin riesgo de indigestión, y cuya calificación es solo aprobado?
    • ¿Un plato pobre, insípido, mezclando ingredientes que no casan, pasado de cocción, o falto de ella, que tiene un sabor más bien grotesco, pero que por lo menos no provocara una ulcera estomacal al digerirlo, ni una denuncia de un hipotético comensal al que le hayamos invitado a probar, pero casi, y cuya calificación es insuficiente?
    • ¿Un plato pésimo, compuesto por ingredientes crudos o quemados, y cuya composición, a la vista provoca rechazo, y al paladar repugnancia, indigesto, y durante cuyo proceso de creación la suerte se ha confabulado consigo misma evitando que el cocinero incinerara la cocina, o el edificio entero, y cuya calificación es estrepitoso suspenso?

    (Y sí, querido tiquismiquis. Podías sufrir un accidente, el que quisieras, amputarte un dedo con un cuchillo, resbalar, golpearte en la cabeza con el canto de la mesa y quedar inconsciente, o directamente podías rendirte antes de empezar. En este punto podías hacer lo que quisieras. De hecho, era tu momento).

    Bueno, ya pasó. Turno para las valoraciones. Brevemente. ¿Qué tal ha sido el proceso?

    • ¿Orgullosos? ¿Sí? ¿No? ¿En qué grado?
    • ¿Era la primera vez que probaban con esa receta? En caso afirmativo, ¿satisfechos con el resultado? En caso negativo, ¿ha salido mejor o peor que otras veces?
    • ¿Se maravillan por lo que han logrado? ¿Se sienten decepcionados por lo que han conseguido?
    • ¿Está bien; están conformes? ¿Está bien, pero podría estar mejor, porque son exigentes? ¿Está mal y sin duda tienen que volver a probar otro día? ¿Aspiran a mejorar? ¿Se conforman?
    • Objetivamente satisfechos/decepcionados? ¿Subjetivamente satisfechos/decepcionados?
    • ¿Lo han logrado, pero han destinado más tiempo del que imaginaban? ¿Menos? ¿El que calculaban?
    • ¿Se han sentido cómodos?
    • ¿Has encontrado tu dedo amputado, tiquismiquis?

    ¿Qué, qué? Cuéntenme. ¿Qué sensaciones tienen?

    Para unos, otra vez será. Ánimos. Para otros, enhorabuena. Para todos: siempre puede ser mejor, y siempre puede ser peor. Y siempre, al menos en parte, es subjetivo. Ustedes deciden su propia valoración.

    Listo. Recojamos los cacharros, limpiemos, apaguemos las luces y marchémonos. Hasta otra ocasión.

    Chao.

    ——————————————————————————————————

    ¿Queda alguien por aquí? ¿Hola?

    Voy a cambiarme de vestuario, y de piel, a subir este telón y a bajar otro. Si queda alguien por aquí, por favor acompáñenme.

    Gracias.

    Bien. Imaginemos esta vez un solar. De las dimensiones que queramos. Puede albergar desde unos pocos metros cuadrados hasta el equivalente al continente asiático. Me da igual.

    ¿Qué somos ahora? Arquitectos. Y albañiles. Y promotores y constructores, si me apuran. Todo en uno y todo lo que deseen…siempre y cuando, tiquismiquis, esté vinculado con el sector de la construcción.

    Antes podíamos personalizar nuestro personaje (como en un videojuego), otorgándole el grado de profesionalidad que quisiéramos, siendo chefs de prestigio, o pinches en prácticas (o directamente memos). Ahora no: ahora las normas son estrictas. Ahora somos grandes expertos en la materia, sin excepción.

    Y… exprimiendo un poco más la magia asociada a la narrativa, ¡plas!: tenemos a nuestra disposición todo el material de construcción que deseemos. ¡Ahí está!, acumulándose a nuestro alrededor, montado en palés o dispuesto en el suelo. Hay de todo: ladrillos, hormigón, rulos de alambre, cemento en cantidades industriales, cubetas, carretillas, hierros, tubos, etcétera, y nos asiste maquinaria pesada, camiones, grúas, excavadoras… etcétera.

    Respetemos viejos pactos: pueden disponer de planos de proyecto de obra, o recurrir a la improvisación: no importa, y cada cual sabe lo que prefiere. Y el pacto referente al tiempo sigue vigente: disponen de las horas que quieran. Días. Semanas. Años…

    Muy bien. Pues… calémonos el casco de seguridad, y ¡manos a la obra! (nunca mejor dicho): ¡den rienda suelta a su imaginación constructora!

    Les espero aquí.

    ¿Ya han terminado? Veamos qué han fabricado mediante la combinación de materiales de obra.

    • ¿Una alianza de países, a cuál más enorme, interconectándolos todos políticamente bajo la tutela de un mismo gobierno, y estableciendo estados, o comunidades autónomas, provincias o condados, comarcas o distritos, ciudades menores y pueblos, cuidando hasta el más mínimo detalle arquitectónico, y zampándose todo el ficticio territorio del que disponían?
    • ¿Una alianza de países, distribuidos administrativamente del mismo modo, y optando por no usar todo el espacio del que disponían en su imaginación?
    • ¿Un grupito de unos pocos países, separados entre ellos, respetando el entorno natural tanto como haya sido posible?
    • ¿Un solo país, concentrado en un punto del mapa, no obstante un país hiperdesarrollado, compuesto por una capital hermosa y rica, y ciudades hermanas repartidas por doquier?
    • ¿Una sola ciudad, quizá, de tamaño descomunal, una versión de Tokio?
    • ¿Una de tamaño moderadamente populosa, como Manila?
    • ¿Una del tamaño de Madrid o Roma?
    • ¿Una que no supere el millón de habitantes?
    • ¿Una de menos de medio millón?
    • ¿Un pueblo grande?
    • ¿Un pueblo mediano?
    • ¿Un pueblo pequeño?
    • ¿Tal vez han concentrado toda su energía en construir solo un edificio?
    • ¿Un rascacielos? ¿Una urbanización de apartamentos? ¿Un modesto bloque de viviendas de poca altura?
    • ¿Tal vez la casita de sus sueños?
    • ¿Se te ha caído una viga de hormigón en el pie, tiquismiquis, y no has podido completar una mierda?

    Cualquiera que sea el caso, pasemos a las valoraciones (les sonaran):

    • ¿Satisfechos? ¿En qué grado?
    • ¿Se maravillan por lo que han logrado? ¿Se sienten decepcionados por lo que han conseguido?
    • ¿Está bien; están conformes? ¿Está bien, pero podría estar mejor, porque son exigentes? ¿Está mal y sin duda tienen que volver a probar otro día? ¿Aspiran a mejorar?
    • Objetivamente satisfechos/decepcionados? ¿Subjetivamente satisfechos/decepcionados?
    • ¿Lo han logrado, pero han destinado más tiempo del que imaginaban? ¿Menos? ¿El que calculaban?
    • ¿Se han sentido cómodos?
    • ¿Han dejado las obras a medias, o las han terminado?
    • ¿Dan por finalizado el proyecto, o por el contrario van a derruirlo todo, y a levantarlo de nuevo?

    Como antes, bravo por unos. Ánimo para otros. Un aplauso para todos, ya sea de felicitación o de aliento.

    Solo una cosa más. Cambiemos los ingredientes o los materiales de construcción por palabras. Los utensilios de cocina o la maquinaria de obra equivalen a los soportes físicos (supongo que hoy día, mayoritariamente, un ordenador de sobre mesa o un portátil —el teclado es la encimera, o el pedazo de suelo sobre el que irán los cemento—), y las palabras o materiales de obra mezclados en esos soportes corresponden a las recetas elaboradas o a los edificios construidos. A veces salen ricos platos, o hermosos edificios; otras veces incomibles platos o inestables construcciones. Éxitos y fracasos, y entre ambos extremos una amplísima variedad de… grados. Bien, pues para mí, escribir es eso: como cocinar, o edificar.

    Hasta la próxima.

    PD: Un saludo, “tiquis”: a veces soy tú.

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    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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    ¿Cómo puedo ayudarles?, cuéntenme (dinero no tengo).

  • IX) Aglomeración (parte primera)

    IX) Aglomeración (parte primera)

    Luz y tinieblas

    ¿Han consultado últimamente el crecimiento demográfico? Supongo que no; tendrán cosas mejores que hacer. Pero también supongo que están al corriente de cómo se está superpoblando nuestro planeta.
    En cualquier caso, tanto si están al día como si no, les invito a echarle un vistazo (pues la actualización es constante): www.worldometers.info/es

    ¿No les parece alucinante, como de película de ciencia ficción?

    ¿Son ciertos los datos que arroja esa web de referencia? Sí y no… supongo. No pueden ser rigurosos, digo yo, aunque seguro que sí bastante aproximados. En todo caso, datos, cifras que ponen de manifiesto lo obvio: cada día, cada minuto, somos más.

    En 1900 poblaban la bola del mundo unos mil seiscientos millones; en 1960 tres mil millones; a finales de siglo, algo más de seis mil millones. Y en 2022 se rebasó la barrera de los ocho mil millones de almas. Y apenas un par de años después, ya somos ciento setenta y siete mil más (a fecha de marzo de 2025). Ciento setenta y siete mil: dicho así parece poco, pero ese número equivale al tamaño de una ciudad mediana en España.

    ¡Ocho mil millones! Pensemos un segundo en ello.

    ¿No les ha pasado nunca que se impacientan mientras hacen cola para llegar al mostrador de pago de la tienda de ropa en la que acaban de comprar, o haciendo cola para subir al autobús, o cuándo las personas que tenemos delante avanzan a paso de tortuga, destino al mostrador del restaurante de comida rápida donde el/la empleado/a anotará nuestra comanda? ¿No se impacientan cuándo tienen que esperar a que una mesa del restaurante quede vacía, o cuándo hay que aguardar a que una multitud entre antes que nosotros al recinto donde en unos minutos actuará la banda que queremos ver? ¿O para acceder a la sala del cine? ¿O cuándo…?

    Siempre hay que esperar; siempre hay cola, en todos lados, a todas horas. Pero claro… ¡ocho mil millones! ¡Cómo no vamos a tener que esperar!, Dios mío, si el planeta está saturado de gente. Y todos tienen hambre, o compran, o quieren ir a conciertos, o a ver una película en pantalla grande. O…

    ¿Alguna vez los han contado? Yo sí, lo confieso. Uno, dos, tres… —ladeo el cuerpo, estiro el cuello—… diez, once personas antes que yo… para pagar este pantalón que tanto me ha costado escoger, y que en realidad no estoy seguro de que me guste.

    ¿Cuánta gente hay antes que yo para pedir comida? ¿Va a quedar cuando yo llegue? Tengo hambre.

    ¿Habrá sitio en el autobús, o tendré que irme a pie? ¡No puedo ir a pie!

    ¿Vamos a caber todos en ese recinto, o estadio, o pabellón? Parecemos muchos.

    Diez personas delante nuestro. O veinte. Treinta. Y nos parecen multitud. Vamos a cualquier bar, o local, al gimnasio, al supermercado… y está atestado. Pues es una representación minúscula, ínfima, insignificante del global.

    ¿Y en la calle? ¿Eh? ¿Dónde viven? ¿En una gran ciudad? ¿En una mediana? ¿En un pueblo grande? ¿En uno de pequeño? Cualquier que sea la respuesta, ¿no hay mucha gente viviendo ahí? ¿No tienen la sensación de que incluso hay demasiada?

    A excepción de aquellos que habiten en localidades remotas, o de aquellos con espíritu eremita que hayan optado por instalarse en medio de la nada de un monte, todo está atestado de gente. Y las ciudades, los pueblos, los barrios, no dejan de crecer…

    Mi propio testimonio: siempre cuento la anécdota (siempre que lo rememoro; no me levanto por la mañana con el propósito de propagarlo a los cuatro vientos) de la ocasión, hace ya algunos años, en la que, paseando por la Rambla de Barcelona, de repente tomé conciencia de que estaba atrapado, rodeado de gente, conformando una masa compacta de cuerpos apretujados. Severas dificultadas para moverme, y encontrar un hueco entre esos cuerpos por el que escabullirme, no fue tarea sencilla.

    Ocho mil millones. En serio, piénsenlo.

    No me extraña que haya lugares tan concurridos, o que cueste tanto encontrar aparcamiento…

    Ocho mil millones de seres humanos (8.000.000.000). ¿Dónde se meten? A veces me imagino países ficticios que rebosan personas. Caen al océano por ausencia de espacio.

    En fin. Esa es la realidad, y habrá que acostumbrarse. Todo tenemos el mismo derecho a estar aquí, ¿no?

    El problema (no sé si llamarlo <problema> es justo o correcto, pero a falta de una palabra mejor, lo dejaré así) de fondo, que subyace, es que todas y cada una de esas personas… tienen necesidades. En los cinco niveles de Maslow. Pero no estoy aquí disertar sobre su célebre pirámide. Escalemos directamente al pico, que es lo que me interesa en este escrito.

    Siendo así, obligatoria y desgraciadamente debo excluir a los países comprendidos dentro del denominado Tercer Mundo, pues la pobre gente que los habita bastante tiene con sobrevivir, comer y resguardarse del frío como para pensar en cuotas mayores. Pero en cambio, en los países desarrollados, cualquier hijo de vecino aspira a llegar a la cima de esa pirámide. Y no para hacer turismo, sino para asentarse.

    “Autorealización”. “Motivación de crecimiento” o “necesidad de ser”, términos acuñados por el propio Maslow. En otras palabras: cumplir nuestros sueños. U objetivos, para los más terrenales.

    Claro que sí. Es natural. ¿Y quién no aspira, en este mundo moderno, plagado de opciones variopintas, a cumplir sus sueños/objetivos/retos?  ¿Quién no aspira, en definitiva, a una vida mejor, más acomodada? Es completamente lógico y lícito. Todos (o casi todos) ambicionamos avances, mejoras… posicionamiento social.  

    Desde tiempos inmemoriales, el ser humano se ha movilizado empujado por el deseo de tener más y mejor. O de ser alguien… destacado. En otras épocas quizá bastaba con poder (siendo un emperador o un rey). Y en tiempos posteriores tal vez bastaba con poseer fortunas, o patrimonio, por extensión prestigio. Hoy es bastante similar, aunque con algunas diferencias destacables… y no olviden la cifra. No la olviden en todo este breve viaje.

    La aspiración de Ser y/o Poseer: las dos patas sobre las que sustenta la naturaleza humana (socialmente conocido como ambición… o codicia). Dos conceptos que a menudo van de la mano, pues suelen ser consecuencia uno del otro.

    Pensemos en personajes históricos. ¿Quiénes les vienen a la mente? A mí, a botepronto, Julio Cesar; Alejandro Magno; Platón; Shakespeare; Colón; Gengis Khan; Newton, Mozart, Descartes, Gandhi, Beethoven, Cervantes, Julio Verne… Un popurrí de nombres que poco o nada tienen que ver entre ellos —la lista completa sería inmensa—, todos, no obstante, con el denominado común de que <Fueron> o <Poseyeron>, o ambos.  

    Un popurrí de nombres, y de épocas, pues da igual el siglo que exploremos; en todos encontraremos personajes relevantes. Y, sin entrar en valoraciones morales acerca de los actos históricos protagonizados por algunos de ellos, todos perseguían el deseo, simple o compuesto, de Ser y/o Poseer. A veces por causas nobles, a veces por vileza, todos querían Ser alguien, y/o Poseer algo.  

    Si entre el puñado de personas que habitaban el planeta en el siglo V d.C. (unos 200.000 millones) emergía un señor llamado Atila, un bárbaro sediento de conquista, comandando el ejército de los Hunos, y le daba por arrasar pueblos y ciudades, y asesinar sin piedad a quien osara cruzarse en su camino, bueno, qué terrible desgracia, y qué terrible contratiempo para las aspiraciones de supervivencia de sus inocentes víctimas, pero por lo menos, la buena noticia (siempre hay que buscarle la parte buena a las cosas, ¿no?) era que, en paralelo, no habría otro como él. O al menos no era probable. Entre una paupérrima población de apenas dos centenares de millones… era posible, pero no probable.

    No habría otro como él. Al menos contemporáneamente.

    De ahí su repercusión (sumado a sus actos), y que su figura trascendiera a los siglos, siendo su actividad, herencia cultural mil quinientos años después.

    Es solo un ejemplo, el que se me ha ocurrido. Personajes tiránicos los tenemos a mansalva.

    Pero saltemos al otro extremo. Leonardo da Vinci, Van Gogh, o —los he mencionado antes— Shakespeare, o Mozart. Siglos después aún seguimos leyendo sus obras, e interpretándolas en teatro, o escuchando y deleitándonos con sus sinfonías, o admirando los cuadros del genial pintor, o maravillándonos con los revolucionarios inventos del polifacético italiano renacentista… en cualquiera de esos casos —y aplicable a tantos y tantos otros personajes de tamaña influencia cultural—, mamando de su legado: otra herencia cultural, en este caso buena… y que pasa de generación en generación.

    Ahora avancemos la cinta de la Historia. Hasta el final (final provisional, claro): hasta la actualidad.

    Hay grandes similitudes con el ayer, ¿no creen? Siguen existiendo individuos que destacan en todos los ámbitos; artístico, político, científico, tecnológico… —incluso los sigue habiendo, como antaño, que, ávidos de poder, proclaman guerras por afán conquistador o subyugante, o reprochables sujetos que intercambiaran con el diablo su alma por reconocimiento—, aunque, por otro lado, como decía, existen hoy diferencias notables con el ayer. La mayoría circunscritas a las formas de proceder, sujetas estas a las leyes, ordenanzas, normas, códigos de conducta del mundo civilizado actual. Es decir, que hoy, en general, tienes que seguir unas pautas, y cumplir unos requisitos, y recorrer un metafórico camino para llegar a destino. No hay atajos, como quizá los había en el pasado, y la repercusión de nuestros logros (de haberlos), se cocerá a fuego lento. (A Dios gracias, porque de lo contrario, de no existir leyes y derechos humanos universales, creo que muchos no tendrían demasiados reparos en recurrir a las más infames artes con tal de salirse con la suya —de hecho ocurre—).

    También en lo concerniente a la ambición las cosas han cambiado. Esta se ha diluido. No son pocos los que se conforman con conquistar un modesto lugar intermedio en el escalafón social. De lo contrario, si su ambición supura, pueden verse abocados a un fracaso terrible, y con el irreparable daño asociado de haber consumido su vida en el intento.

    Una más (quizá la más reseñable); la que hace referencia a las dificultades inherentes al mundo moderno: dificultades sociales, económicas, temporales incluso, pero sobre todo de competitividad, y que torpedean el deseo de Ser o Poseer de muchos.

    Me aventuro a suponer que cualquiera que forme parte del grupo social mayoritario, estará de acuerdo conmigo —pues, más que una opinión, es una certeza—…, y deducirá, o sabrá de primera mano, que para llegar a cumplir sus sueños, u objetivos… como mínimo las pasará canutas.

    Pero esas diferencias quedan eclipsadas por la que es la Madre de todas las diferencias; la que hace referencia a la cantidad.

    Aún quedan vivos ilustres personajes que en el anterior siglo desempeñaron un papel importante en sus respectivos ámbitos, dándose a conocer mundialmente. Su impronta sigue vigente hoy. Ahora pienso sobre todo en individuos vinculados con el mundo artístico: personalidades de edades ya provectas, los que se podrían considerar como los últimos integrantes de <<La Última Oleada de Personajes Insignes>>… porque, precisamente hablando de Historia, eso ya es Historia.

    ¿Han puesto la tele últimamente? Ya no es tan habitual en las casas la presencia de este medio de comunicación y entretenimiento, otrora el principal —casi único— sistema de información. OK, pues, ¿han merodeado por Internet en los últimos días, u horas (ahora, mientras leen esto, quizá)? Quién no, ¿verdad? La mayoría.

    ¿Han frecuentado Youtube, o Instagram, últimamente? ¿Han destinado un tiempo a perderlo alternando la consulta de vídeos cortos, o deslizando con el dedo hacia abajo la sucesión de reels que el algoritmo nos va brindando?

    Sí, ¿no?

    Entonces se habrán percatado de la cantidad ingente de personas que pugnan por un puesto en las redes sociales… por extensión, por un puesto en el mundo. Un puesto relevante. Músicos, escritores, actores, influencers, creadores de contenido (este epígrafe comprende tal caudal de categorías que me abruma), etcétera. La oferta es extensa. Muy extensa.

    Una avalancha de aspirantes a algo: aspirantes a Ser, y/o a Poseer.

    Como antaño.

    Y como seguirá pasando en el futuro. La ambición es indisociable de la naturaleza y comportamiento humanos.

    Todos tienen algo que decir, algo que aportar, que mostrar. Todos tienen necesidades en lo más alto de la pirámide. Cuando eran dos cientos millones, o mil millones, y se alumbraban y cocinaban con fuego, o estaban constantemente enredados en conflictos bélicos, algunos sobresalían, posicionándose como adalides de una causa. Y hallaban el camino, si no expedito, casi. Cuando se trataba de conformar un ejército, o cuando se trataba de descubrir la penicilina, o teorizar sobre la Relatividad… o sentarse frente a un piano para crear las piezas cumbres de la música, se toparían con arduas dificultades, claro, por supuesto (por muy genios que fueran algunos, nadie les eximía de sacrificio), pero, por lo menos, la buena noticia, para ellos, es que no encontrarían tanta competencia. No encontrarían una competencia feroz, despiadada y masiva.

    ¿Han consultado últimamente el crecimiento demográfico… que acontece en los medios de comunicación y/o redes sociales? El crecimiento demográfico de… de… aspirantes a Ser y/o a Poseer? Avanzan en tropel por una carretera ancha, aunque demasiado estrecha para darles cabida a todos. Sus presencias conforman una verdadera aglomeración.  

    Decenas, centenares de aspirantes a escritor/a, a músico, a actor/actriz, a influencer, a creador/a de contenido…

    ¿Hay alguien que les llame especialmente la atención? Pues prueben esto: cambien de canal. Ahí hay otro, siendo entrevistado en ese otro programa de televisión. Mejor aún: continúen consultando vídeos cortos en Youtube. Ahí hay otro que se dedica a lo mismo. Otro más por ahí. Otro…

    Sigan deslizando hacia abajo la pantalla del móvil con el dedo. Ahí otro. Otro más…

    ¿Cuántos hay delante? Uno, dos, tres… nueve, diez… veinte… treinta… ¿Cuántos somos haciendo cola…?

    …Condicionados por la cantidad, compitiendo legítimamente (a veces honradamente, a veces no) por un puesto para Ser, o Poseer. Compitiendo legítimamente, pugnando con las dificultades, conformando una hermandad de iguales, que a la vez se zancadillean unos a otros…

    Condicionados por la cantidad…

    …Y por la volatilidad.

    ¿Cómo se llamaba aquel/aquella cantante que vi ayer? No lo recuerdo… pero no importa… Ahí hay otro/a.

    Uno, dos, tres… nueve, diez… veinte… treinta más.

    ¡Ocho mil millones!

    Picture of Dylan D. Doe

    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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