Categoría: Reflexión

  • (III) Todo empezó con un ratón

    (III) Todo empezó con un ratón

    Luz y tinieblas

    Si puedes soñarlo, puedes hacerlo.

            – Walt Disney

    Gracias, señor Disney; lo tendré en cuenta.

    Muy en cuenta.

    Me acompañará como un lema, allá donde vaya.

    Y si se me olvida, será accidental y circunstancial. Lo recuperaré en mi memoria, una y otra vez hasta que quede fijado en mi cerebro, en un lugar destacado de la parte delantera.

    Haré ejercicios de esos de mnemotecnia. O tiraré por la vía fácil, la de repetírmelo con insistencia y sin cesar, entrenando de ese modo y por extensión, la corteza prefrontal, para que se modifique mi conducta, y personalidad, y mi memoria de trabajo, en pro de esa… pauta.

    La tendré muy presente.

    Cuando vengan mal dadas me aferraré a ella como el niño pequeño que se enrosca a la mano de su mamá o papá cuando el mundo le resulta demasiado hostil.

    Aunque también recurriré a ella cuando las cosas vayan bien, pues a las malas me dará vigor, y a las buenas me reportará un refuerzo positivo. Al fin y al cabo, como he dicho, será un lema. Un lema de vida.  

    Es obvio que será de especial utilidad en época de vacas flacas. Cuando la vida me lleve por el cauce de su voluntad, ajena a la mía, se sobreentiende, la activaré en mi mente: será como el faro que iluminaba en la profunda, solitaria e ignota noche a barcos desamparados de cualquier siglo anterior a la invención de la brújula.  

    Y en época de vacas gordas me regodearé, pensando: <<¿Ves? Sí ya lo decía Walt Disney>>.

    También haré proselitismo.

    Lo propagaré a mi alrededor como un dogma. O como un virus. Haré bandera de ello, tanto si quieres escucharme como si no. Sin embargo, creo que me contendré; lo difundiré solo en círculos reducidos y de confianza, pues tampoco quisiera crear una hueste de creyentes, que a la postre pueden ser competencia por compartir sueños afines. Hay que ser altruista, pero no gilipollas, ¿no?

    Sobre todo será para consumo propio, como el alegato que se le da a la policía cuando te pillan con  marihuana. Tiraré de ella para, como he dicho, a) motivarme o, b) resurgir.

    Es buena frase, o lección. Sabia, estimulante, didáctica incluso, en el punto de equilibrio entre la ilusión fantasiosa y el realismo. Realista, pues viene avalada por alguien de tamaña categoría; alguien que lo logró (¡joder sí lo logró!).

    Es, además, excelente en términos de márquetin. Un análisis publicitario le daría una valoración de 9.5/10. Siguiendo los preceptos básicos de tal noble arte, es sencilla, sin alardes, directa y apela a las emociones.

    Conclusión: es infalible.

    ¿Lo es?

    ¡Claro que sí!

    El señor Disney dio en el clavo, pues ¿quien no tiene sueños? Todos tenemos (bueno, en este mundo loco quizá alguien no, pero en general sí). ¿Y quién no quisiera ver cumplidos sus sueños? Sirve de muleta motivacional como cualquiera de su especie: una cita tan válida como alguna frase estupenda sacada de algún best seller de autoayuda, o dicha por algún genio del coaching. Quizá debería estar restringido su uso en el medio escrito bajo derechos de copyright, pero no quisiera dar ideas…

    Si puedes soñarlo, puedes hacerlo. El espectro que cubre es enorme, puede que infinito, pues ¿dónde está el límite de los seres humanos acerca de lo que podemos soñar? ¿El límite de lo que podemos imaginar? ¿Lo hay?

    La parte mala de los sueños, o de la ambición humana, es que puede ser de signo malévolo. Intenciones benévolas, de carácter personal, que buscan el bienestar propio, y cuyos daños asociados, para uno mismo o para el resto, de haberlos, son mínimos, rasguños. En ese caso todo está bien, se acepta, o es comprensible, pero, por el contrario… Sin duda no puedo calibrar hasta dónde puede llegar la maldad humana, pero, en base a lo visto en los últimos veinte siglos, me atrevo a asegurar que, en efecto, no tiene límites. Cuando se trata de vileza, el ser humano supera las más ingeniosas previsiones. En cualquier caso, me estoy desviando, pues ese no es el tema; no hoy al menos.

    Si puedes soñarlo… Sin embargo, hay que ser realista, ¿no? Dentro del inmensurable mundo de los sueños, hay que conservar la cordura, seleccionando o decantándose por opciones factibles; objetivos posibles. Posibles dentro de nuestras posibilidades. A partir de ahí, que cada cual acote su terreno soñador. Todos somos lo suficientemente sensatos como para no sobrepasar la delgada raya que separa el sueño realizable del delirio. Supongo la receta consiste en rebajar un poco la ilusión, ajustándola al mundo real y a nuestra realidad. Siendo así, si tienes el tiempo suficiente, por edad, gozas de buena u óptima salud, dispones de la necesaria libertad económica y familiar, y posees unas aptitudes básicas, como paciencia, perseverancia y optimismo, escucha el legado de Disney, y llévalo contigo, usándolo como una pauta de comportamiento. O como una filosofía de vida.

    Y empléalo como un mantra.

    Yo lo haré. Me lo repetiré sin parar. Resonará en mi interior como el estribillo de una canción pegadiza. Si puedes soñarlo, puedes hacerlo. Si puedes soñarlo, puedes hacerlo. Si puedes…

    Cuando las cosas estén verdaderamente jodidas, y el estado de ánimo sea un lastre, las expectativas quiméricas y la incertidumbre electrocutándome, lo repetiré gritando en el silencio de mi interior. Nadie va a escucharme, excepto yo… Pero yo soy el único que necesito oírlo, ¿no?

    Estoy en marcha. El camino va a ser largo y tortuoso, pues, por mucho que pueda soñarlo, y por lo tanto hacerlo, nadie me va a ahorrar trabajo, sacrificio y espera. En ningún momento hemos hablado ni de facilidades ni de plazos. Y es secundario: está escrito que llegará. Llegaremos a nuestras respectivas metas. No sabemos cuándo ni en qué estado, pero sucederá. ¿No?

    ¡Sí, claro! ¡Si puedes soñarlo, puedes hacerlo! En momentos de máxima desesperación, y desamparo, me imaginaré gritándolo a un público entregado, en un auditorio abarrotado, gesticulando con vehemencia… (pero no mucho, porque no quiero alentar a las masas, por aquello de la competencia. Hay que ser altruista, pero no gilipollas), en un ejercicio de autoreafirmación. Como un político, cuando suelta sus peroratas.

    Puede que, aun y así, las cosas se compliquen sobremanera, todo empiece a ser objetivamente irrealizable, y el tiempo consumido se acumule como una montaña de cenizas. Puede, y de hecho es probable que suceda. Posible seguro. Pero será pasajero. Seguro, y si la frase que abre este texto tuviera un subtitulo, sería: <<Aunque no será fácil, ni rápido. Ten paciencia, coño>>.

    Paciencia y disciplina.

    Y optimismo.

    Llegará.

    Nunca perdamos de vista la enseñanza de Disney. Recuperémosla de entre la montaña de recuerdos, pensamientos, fracasos, decepciones, rendiciones y tiempo invertido acumulados. Seamos positivos. Si conservamos la capacidad de soñarlo, es que es realizable.

    ¿Qué? ¿Acaso es utópico? No, amigos, no lo es, y no nos llevemos a engaños: no es una suerte de fraude proveniente de algún seudogurú. No. Su viabilidad está certificada por el empirismo. El señor Disney lo logró, y de un modo de esos épicos que tanto gustan, que tanto encumbran y que tanto contagian; todo empezó con el simple esbozo de un simple ratón…

    Caminando por el fino alambre de la incertidumbre, la visión de la materialización de un objetivo ambicioso, será la vara de contrapeso que nos dará la estabilidad para no caer. Muy poético, incluso ñoño, pero no por ello incierto.

    Pero supongamos que las cosas no salen, y no salen, y no hay manera, y siguen sin salir, y la sensación de dar un paso adelante y diez atrás empieza a ser persistente, e/o hiriente. Y el tiempo, que cunado no es un aliado, es el peor enemigo que existe, se consume sin que veamos resultados. Y el futuro, a cualquier plazo, se vislumbra negro. Y sigues persistiendo, y sigues sin ver resultados. Y con todo, llegamos a la trágica situación de que perdemos la fe. En general, y en particular en el aforismo de Disney. ¡Pues que no cunda el pánico! Hay alternativas; planes be.

    El mejor es recurrir a otros casos. Ejemplos de otros seres humanos que lo han logrado. Así a botepronto: en similares condiciones de precariedad, ¿acaso no lo logró Rockefeller, o Madonna?

    Antaño era difícil encontrar casos, pues, comparándolo con la actualidad, escaseaban los protagonistas, y los que había no se prodigaban en los medios. Pero, ¿hoy en día? Los casos de éxito se cuentan por centenares, historias reales para todos los gustos, con distintas particularidades, algunas tan asombrosas que ponen de manifiesto aquella otra célebre frase: <<La realidad supera la ficción>>.

    ¡Oh, vamos! Hoy en día, ¡si estamos a un clic de hallar una cantidad ingente de ejemplos! Y ni hace falta rebuscar. Basta con encontrar uno al azar en las redes sociales, y el solícito algoritmo se encargará de avasallarte con historias parecidas. Microrrelatos audiovisuales donde las personas que aparecerán serán los propios protagonistas —nada de testimonios de terceros (tengo un amigo, que tiene un amigo, cuyo cuñado tercero, tiene un primo octavo…)—, lo cual otorga una credibilidad total a lo que vemos y oímos. Brevísimas historias (sí, porque nuestra capacidad de atención en la actualidad es muy reducida) editadas con intención, aplicando acertados planos, y muy a menudo incorporando musiquitas evocadoras. Diversidad de testimonios, personas famosas de la categoría de Disney o Madonna, pasando por individuos de fama moderada hasta llegar a perfectos desconocidos para el público en general, que no obstante han alcanzado notoriedad en sus respectivos sectores. Muchos de los que lean estas líneas sabrán de qué hablo, y habrán visto ejemplos. Historias rocambolescas de triunfo, algunas difíciles de creer, otras como consecuencia del azar, algunas comprensibles porque son el resultado del tesón, etcétera, pero todas con el denominador común de seguir la estela del señor Disney. La estela victoriosa del señor Disney.

    Múltiples formas de decir lo mismo, en múltiples escenarios, en múltiples entonaciones, y en multitud, y tú (y yo), como un bobo, embriagado, boquiabierto, con la vista clavada en la pantalla del móvil, tableta u ordenador, viendo y escuchando, una tras otra, las narraciones que va escupiendo el algoritmo. Si no es imposible, va a ser muy difícil que, tras una exposición prolongada, no recuperes (y yo) la fe. Y horas después de ver un carrusel de ejemplos, tu ánimo es otro, tu semblante es otro, y vuelves a creer. Si ellos han podido, el subtexto es: ¿por qué yo no?>

    Elipsis.

    Y si en un futuro vuelve a darse una situación de agobio parecida, no seas agorero; repite la fórmula. Y si hace falta, sube la apuesta (¡y el volumen!). Busca que los relatores de estas microhistorias sean estadounidenses, quienes son los mejores en muchas cosas, también en la de inyectarte una buena dosis de vigor. Ocultas sus explicaciones bajo el paraguas de uno de sus enunciados nacionales más célebres, debidamente encubierto, el del sueño americano (debidamente limado, pintado y barnizado por los mejores publicistas y por la mejor estrategia de márquetin de la historia), el Tío Sam te señalará como en el icónico e histórico cartel, y te convencerá de que puedes. Y los portavoces que lo cuenten no te mentirán; la verdad cruda, sin edulcorar. Dicho de distintos modos, el mensaje será inequívoco: si puedes soñarlo, puedes hacerlo… pero debes estar dispuesto a sacrificarte por completo. Yo, personalmente, percibo un trasfondo: o muere en el intento. 

    Y si aun así eres tan necio como para no confiar, o tienes el ánimo tan machacado que no te haría reaccionar ni una descarga eléctrica en los genitales, afina los criterios de búsqueda. Y confía en el algoritmo, coño, que él sabe lo que hace, y vela por ti.

    Parámetros de búsqueda:

    • Testimonios de éxito.
    • Personajes muy famosos.
    • Cualquiera que sea su color de piel menos blanco.
    • Recientes/actuales.
    • Difíciles de creer/ lo tenían todo en contra.
    • Mayores: lograron su éxito a una avanzada edad.
    • Contexto: un escenario solemne.

    Clic.

    Gala de los Óscar, por ejemplo. Discurso de agradecimiento tras recibir la codiciada estatuilla. Miembro perteneciente a alguna etnia denostada, o miembro de algún colectivo discriminado (o uno que empezó lustrando zapatos, o una que llegó a la ciudad con treinta y cinco dólares), sujetos que las pasaron canutas ya solo para sobrevivir, y por quien nadie daba un duro, ni él/ella mismo/a. Primer plano del galardonando, que alterna con primeros planos de familiares emocionados que se encuentran entre el público, en primera fila. Discurso no menos emotivo, conciso, elegante y elocuente, que parece sacado de un guion. Duración del fragmento en el punto exacto de cocción para que impacte sin hacerse pesado. ¡Si es que son unos genios!… Y ¡qué listo es el algoritmo! (Seguro que los han inventado ellos).

    Escucha con atención, y dale a reproducir de nuevo las veces que haga falta. Visto. Reproducir una vez más. Visto. Otra. Y así hasta la saciedad. Hasta que te lo sepas de memoria, los ojos te supuren y el sueño te venza. Lo que haga falta.

    ¿Lo ves? Ya causa efecto. Si te lo tienen dicho: si puedes soñarlo…

    ¿Qué? ¿Acaso tú eres más desgraciado que ellos, tu realidad más aciaga? Venga, por favor, no seas dramático. ¿No te das cuenta de que hay casos extremos? ¿Acaso estás ciego? ¡Vamos! Si en comparación, tú eres un privilegiado…, ¿no?  

    Todos empezaron, metafóricamente, con un simple ratón…

    Y si no te sientes preparado, capacitado para comerte el mundo con esto, es que no eres de los nuestros… no estás hecho para triunfar.

    Elipsis.

    Pasan los meses. Estos se acumulan y conforman años.

    ¿Y si ni con esas? Y si no hay manera, no hay avances —e incluso hay retrocesos—, ya no sabes qué puerta tocar, ni qué objeto casero golpear, ni se te ocurren más creativas formas de llamar la atención, te planteas seriamente la posibilidad de trasladarte a vivir a un cajero, porque no hay dinero, y, con todo, dudas; te cuestionas de veras tu talento; tu elección; tu estado mental… Sientes el peso del esfuerzo vacuo sobre tus espaldas, y acabas cayendo en la desesperanza… temiendo que sea irreversible. Entonces, ¿qué?

    ¿Y si, además, la medicina ya no suerte efecto, ya eres inmune a esos lemas/lecciones/mantras, pues han perdido sus efectos mágicos? ¿Puede pasar? Sí, claro. Todo puede pasar en esta vida, en este mundo. ¿Sabes cuándo tu equipo pierde, y quieres entonces quemar todos los productos de los que con su escudo dispongas, o cuando una persona de confianza o querida te falla y quieres gritar de rabia e impotencia? ¿Sí? OK. Pues esto es parecido. Dejémoslo reposar; tomemos distancia. Sofoquemos la frustración, calmemos la ira. Y clausuremos el día. Buenas noches.

    Y como dijo alguien (alguien tuvo que popularizarlo), mañana será otro día, ¿no?

    Buenos días.

    Y ya está. En efecto, mañana es otro día (eso no suele fallar), y lo vemos distinto. Venga, en marcha; ya pasó. Vamos. No seas pusilánime. No importan las cicatrices que acumules. Olvídalo y sigue. Nada está perdido.

    A veces nuestro equipo pierde, pues perder formar parte del juego, y a veces las personas nos fallan, pues forma parte de la vida, ¿no?

    La próxima vez nuestro equipo ganará, o una persona maravillosa y fiel aparecerá, ¿no?

    Y, la próxima vez, nuestros sueños finalmente se materializarán, ¿no?

    Haz una cosa. Remira vídeos cortos otra vez mientras tomas el café, y piensa en ello. Los que ya has visto o busca de nuevos. Joder, sí está plagado; siempre hay casos nuevos. Un día seremos nosotros, ¿no?

    Si puedes soñarlo, puedes hacerlo, y todo empezó con un simple ratón.

    ¿No?

    ¡¿No?!

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    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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    ¿Cómo puedo ayudarles?, cuéntenme (dinero no tengo).

  • IX) Aglomeración (parte primera)

    IX) Aglomeración (parte primera)

    Luz y tinieblas

    ¿Han consultado últimamente el crecimiento demográfico? Supongo que no; tendrán cosas mejores que hacer. Pero también supongo que están al corriente de cómo se está superpoblando nuestro planeta.
    En cualquier caso, tanto si están al día como si no, les invito a echarle un vistazo (pues la actualización es constante): www.worldometers.info/es

    ¿No les parece alucinante, como de película de ciencia ficción?

    ¿Son ciertos los datos que arroja esa web de referencia? Sí y no… supongo. No pueden ser rigurosos, digo yo, aunque seguro que sí bastante aproximados. En todo caso, datos, cifras que ponen de manifiesto lo obvio: cada día, cada minuto, somos más.

    En 1900 poblaban la bola del mundo unos mil seiscientos millones; en 1960 tres mil millones; a finales de siglo, algo más de seis mil millones. Y en 2022 se rebasó la barrera de los ocho mil millones de almas. Y apenas un par de años después, ya somos ciento setenta y siete mil más (a fecha de marzo de 2025). Ciento setenta y siete mil: dicho así parece poco, pero ese número equivale al tamaño de una ciudad mediana en España.

    ¡Ocho mil millones! Pensemos un segundo en ello.

    ¿No les ha pasado nunca que se impacientan mientras hacen cola para llegar al mostrador de pago de la tienda de ropa en la que acaban de comprar, o haciendo cola para subir al autobús, o cuándo las personas que tenemos delante avanzan a paso de tortuga, destino al mostrador del restaurante de comida rápida donde el/la empleado/a anotará nuestra comanda? ¿No se impacientan cuándo tienen que esperar a que una mesa del restaurante quede vacía, o cuándo hay que aguardar a que una multitud entre antes que nosotros al recinto donde en unos minutos actuará la banda que queremos ver? ¿O para acceder a la sala del cine? ¿O cuándo…?

    Siempre hay que esperar; siempre hay cola, en todos lados, a todas horas. Pero claro… ¡ocho mil millones! ¡Cómo no vamos a tener que esperar!, Dios mío, si el planeta está saturado de gente. Y todos tienen hambre, o compran, o quieren ir a conciertos, o a ver una película en pantalla grande. O…

    ¿Alguna vez los han contado? Yo sí, lo confieso. Uno, dos, tres… —ladeo el cuerpo, estiro el cuello—… diez, once personas antes que yo… para pagar este pantalón que tanto me ha costado escoger, y que en realidad no estoy seguro de que me guste.

    ¿Cuánta gente hay antes que yo para pedir comida? ¿Va a quedar cuando yo llegue? Tengo hambre.

    ¿Habrá sitio en el autobús, o tendré que irme a pie? ¡No puedo ir a pie!

    ¿Vamos a caber todos en ese recinto, o estadio, o pabellón? Parecemos muchos.

    Diez personas delante nuestro. O veinte. Treinta. Y nos parecen multitud. Vamos a cualquier bar, o local, al gimnasio, al supermercado… y está atestado. Pues es una representación minúscula, ínfima, insignificante del global.

    ¿Y en la calle? ¿Eh? ¿Dónde viven? ¿En una gran ciudad? ¿En una mediana? ¿En un pueblo grande? ¿En uno de pequeño? Cualquier que sea la respuesta, ¿no hay mucha gente viviendo ahí? ¿No tienen la sensación de que incluso hay demasiada?

    A excepción de aquellos que habiten en localidades remotas, o de aquellos con espíritu eremita que hayan optado por instalarse en medio de la nada de un monte, todo está atestado de gente. Y las ciudades, los pueblos, los barrios, no dejan de crecer…

    Mi propio testimonio: siempre cuento la anécdota (siempre que lo rememoro; no me levanto por la mañana con el propósito de propagarlo a los cuatro vientos) de la ocasión, hace ya algunos años, en la que, paseando por la Rambla de Barcelona, de repente tomé conciencia de que estaba atrapado, rodeado de gente, conformando una masa compacta de cuerpos apretujados. Severas dificultadas para moverme, y encontrar un hueco entre esos cuerpos por el que escabullirme, no fue tarea sencilla.

    Ocho mil millones. En serio, piénsenlo.

    No me extraña que haya lugares tan concurridos, o que cueste tanto encontrar aparcamiento…

    Ocho mil millones de seres humanos (8.000.000.000). ¿Dónde se meten? A veces me imagino países ficticios que rebosan personas. Caen al océano por ausencia de espacio.

    En fin. Esa es la realidad, y habrá que acostumbrarse. Todo tenemos el mismo derecho a estar aquí, ¿no?

    El problema (no sé si llamarlo <problema> es justo o correcto, pero a falta de una palabra mejor, lo dejaré así) de fondo, que subyace, es que todas y cada una de esas personas… tienen necesidades. En los cinco niveles de Maslow. Pero no estoy aquí disertar sobre su célebre pirámide. Escalemos directamente al pico, que es lo que me interesa en este escrito.

    Siendo así, obligatoria y desgraciadamente debo excluir a los países comprendidos dentro del denominado Tercer Mundo, pues la pobre gente que los habita bastante tiene con sobrevivir, comer y resguardarse del frío como para pensar en cuotas mayores. Pero en cambio, en los países desarrollados, cualquier hijo de vecino aspira a llegar a la cima de esa pirámide. Y no para hacer turismo, sino para asentarse.

    “Autorealización”. “Motivación de crecimiento” o “necesidad de ser”, términos acuñados por el propio Maslow. En otras palabras: cumplir nuestros sueños. U objetivos, para los más terrenales.

    Claro que sí. Es natural. ¿Y quién no aspira, en este mundo moderno, plagado de opciones variopintas, a cumplir sus sueños/objetivos/retos?  ¿Quién no aspira, en definitiva, a una vida mejor, más acomodada? Es completamente lógico y lícito. Todos (o casi todos) ambicionamos avances, mejoras… posicionamiento social.  

    Desde tiempos inmemoriales, el ser humano se ha movilizado empujado por el deseo de tener más y mejor. O de ser alguien… destacado. En otras épocas quizá bastaba con poder (siendo un emperador o un rey). Y en tiempos posteriores tal vez bastaba con poseer fortunas, o patrimonio, por extensión prestigio. Hoy es bastante similar, aunque con algunas diferencias destacables… y no olviden la cifra. No la olviden en todo este breve viaje.

    La aspiración de Ser y/o Poseer: las dos patas sobre las que sustenta la naturaleza humana (socialmente conocido como ambición… o codicia). Dos conceptos que a menudo van de la mano, pues suelen ser consecuencia uno del otro.

    Pensemos en personajes históricos. ¿Quiénes les vienen a la mente? A mí, a botepronto, Julio Cesar; Alejandro Magno; Platón; Shakespeare; Colón; Gengis Khan; Newton, Mozart, Descartes, Gandhi, Beethoven, Cervantes, Julio Verne… Un popurrí de nombres que poco o nada tienen que ver entre ellos —la lista completa sería inmensa—, todos, no obstante, con el denominado común de que <Fueron> o <Poseyeron>, o ambos.  

    Un popurrí de nombres, y de épocas, pues da igual el siglo que exploremos; en todos encontraremos personajes relevantes. Y, sin entrar en valoraciones morales acerca de los actos históricos protagonizados por algunos de ellos, todos perseguían el deseo, simple o compuesto, de Ser y/o Poseer. A veces por causas nobles, a veces por vileza, todos querían Ser alguien, y/o Poseer algo.  

    Si entre el puñado de personas que habitaban el planeta en el siglo V d.C. (unos 200.000 millones) emergía un señor llamado Atila, un bárbaro sediento de conquista, comandando el ejército de los Hunos, y le daba por arrasar pueblos y ciudades, y asesinar sin piedad a quien osara cruzarse en su camino, bueno, qué terrible desgracia, y qué terrible contratiempo para las aspiraciones de supervivencia de sus inocentes víctimas, pero por lo menos, la buena noticia (siempre hay que buscarle la parte buena a las cosas, ¿no?) era que, en paralelo, no habría otro como él. O al menos no era probable. Entre una paupérrima población de apenas dos centenares de millones… era posible, pero no probable.

    No habría otro como él. Al menos contemporáneamente.

    De ahí su repercusión (sumado a sus actos), y que su figura trascendiera a los siglos, siendo su actividad, herencia cultural mil quinientos años después.

    Es solo un ejemplo, el que se me ha ocurrido. Personajes tiránicos los tenemos a mansalva.

    Pero saltemos al otro extremo. Leonardo da Vinci, Van Gogh, o —los he mencionado antes— Shakespeare, o Mozart. Siglos después aún seguimos leyendo sus obras, e interpretándolas en teatro, o escuchando y deleitándonos con sus sinfonías, o admirando los cuadros del genial pintor, o maravillándonos con los revolucionarios inventos del polifacético italiano renacentista… en cualquiera de esos casos —y aplicable a tantos y tantos otros personajes de tamaña influencia cultural—, mamando de su legado: otra herencia cultural, en este caso buena… y que pasa de generación en generación.

    Ahora avancemos la cinta de la Historia. Hasta el final (final provisional, claro): hasta la actualidad.

    Hay grandes similitudes con el ayer, ¿no creen? Siguen existiendo individuos que destacan en todos los ámbitos; artístico, político, científico, tecnológico… —incluso los sigue habiendo, como antaño, que, ávidos de poder, proclaman guerras por afán conquistador o subyugante, o reprochables sujetos que intercambiaran con el diablo su alma por reconocimiento—, aunque, por otro lado, como decía, existen hoy diferencias notables con el ayer. La mayoría circunscritas a las formas de proceder, sujetas estas a las leyes, ordenanzas, normas, códigos de conducta del mundo civilizado actual. Es decir, que hoy, en general, tienes que seguir unas pautas, y cumplir unos requisitos, y recorrer un metafórico camino para llegar a destino. No hay atajos, como quizá los había en el pasado, y la repercusión de nuestros logros (de haberlos), se cocerá a fuego lento. (A Dios gracias, porque de lo contrario, de no existir leyes y derechos humanos universales, creo que muchos no tendrían demasiados reparos en recurrir a las más infames artes con tal de salirse con la suya —de hecho ocurre—).

    También en lo concerniente a la ambición las cosas han cambiado. Esta se ha diluido. No son pocos los que se conforman con conquistar un modesto lugar intermedio en el escalafón social. De lo contrario, si su ambición supura, pueden verse abocados a un fracaso terrible, y con el irreparable daño asociado de haber consumido su vida en el intento.

    Una más (quizá la más reseñable); la que hace referencia a las dificultades inherentes al mundo moderno: dificultades sociales, económicas, temporales incluso, pero sobre todo de competitividad, y que torpedean el deseo de Ser o Poseer de muchos.

    Me aventuro a suponer que cualquiera que forme parte del grupo social mayoritario, estará de acuerdo conmigo —pues, más que una opinión, es una certeza—…, y deducirá, o sabrá de primera mano, que para llegar a cumplir sus sueños, u objetivos… como mínimo las pasará canutas.

    Pero esas diferencias quedan eclipsadas por la que es la Madre de todas las diferencias; la que hace referencia a la cantidad.

    Aún quedan vivos ilustres personajes que en el anterior siglo desempeñaron un papel importante en sus respectivos ámbitos, dándose a conocer mundialmente. Su impronta sigue vigente hoy. Ahora pienso sobre todo en individuos vinculados con el mundo artístico: personalidades de edades ya provectas, los que se podrían considerar como los últimos integrantes de <<La Última Oleada de Personajes Insignes>>… porque, precisamente hablando de Historia, eso ya es Historia.

    ¿Han puesto la tele últimamente? Ya no es tan habitual en las casas la presencia de este medio de comunicación y entretenimiento, otrora el principal —casi único— sistema de información. OK, pues, ¿han merodeado por Internet en los últimos días, u horas (ahora, mientras leen esto, quizá)? Quién no, ¿verdad? La mayoría.

    ¿Han frecuentado Youtube, o Instagram, últimamente? ¿Han destinado un tiempo a perderlo alternando la consulta de vídeos cortos, o deslizando con el dedo hacia abajo la sucesión de reels que el algoritmo nos va brindando?

    Sí, ¿no?

    Entonces se habrán percatado de la cantidad ingente de personas que pugnan por un puesto en las redes sociales… por extensión, por un puesto en el mundo. Un puesto relevante. Músicos, escritores, actores, influencers, creadores de contenido (este epígrafe comprende tal caudal de categorías que me abruma), etcétera. La oferta es extensa. Muy extensa.

    Una avalancha de aspirantes a algo: aspirantes a Ser, y/o a Poseer.

    Como antaño.

    Y como seguirá pasando en el futuro. La ambición es indisociable de la naturaleza y comportamiento humanos.

    Todos tienen algo que decir, algo que aportar, que mostrar. Todos tienen necesidades en lo más alto de la pirámide. Cuando eran dos cientos millones, o mil millones, y se alumbraban y cocinaban con fuego, o estaban constantemente enredados en conflictos bélicos, algunos sobresalían, posicionándose como adalides de una causa. Y hallaban el camino, si no expedito, casi. Cuando se trataba de conformar un ejército, o cuando se trataba de descubrir la penicilina, o teorizar sobre la Relatividad… o sentarse frente a un piano para crear las piezas cumbres de la música, se toparían con arduas dificultades, claro, por supuesto (por muy genios que fueran algunos, nadie les eximía de sacrificio), pero, por lo menos, la buena noticia, para ellos, es que no encontrarían tanta competencia. No encontrarían una competencia feroz, despiadada y masiva.

    ¿Han consultado últimamente el crecimiento demográfico… que acontece en los medios de comunicación y/o redes sociales? El crecimiento demográfico de… de… aspirantes a Ser y/o a Poseer? Avanzan en tropel por una carretera ancha, aunque demasiado estrecha para darles cabida a todos. Sus presencias conforman una verdadera aglomeración.  

    Decenas, centenares de aspirantes a escritor/a, a músico, a actor/actriz, a influencer, a creador/a de contenido…

    ¿Hay alguien que les llame especialmente la atención? Pues prueben esto: cambien de canal. Ahí hay otro, siendo entrevistado en ese otro programa de televisión. Mejor aún: continúen consultando vídeos cortos en Youtube. Ahí hay otro que se dedica a lo mismo. Otro más por ahí. Otro…

    Sigan deslizando hacia abajo la pantalla del móvil con el dedo. Ahí otro. Otro más…

    ¿Cuántos hay delante? Uno, dos, tres… nueve, diez… veinte… treinta… ¿Cuántos somos haciendo cola…?

    …Condicionados por la cantidad, compitiendo legítimamente (a veces honradamente, a veces no) por un puesto para Ser, o Poseer. Compitiendo legítimamente, pugnando con las dificultades, conformando una hermandad de iguales, que a la vez se zancadillean unos a otros…

    Condicionados por la cantidad…

    …Y por la volatilidad.

    ¿Cómo se llamaba aquel/aquella cantante que vi ayer? No lo recuerdo… pero no importa… Ahí hay otro/a.

    Uno, dos, tres… nueve, diez… veinte… treinta más.

    ¡Ocho mil millones!

    Picture of Dylan D. Doe

    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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  • (VI) Najin y Fatu

    (VI) Najin y Fatu

    Luz y tinieblas

    Rebobinemos.

       Siete años.  

    Contexto y situación: año 2017. Antesala de arrancar.

    Antes de embarcarme en esta aventura de escribir novelas —tan apasionante como incierta, tan dura como gratificante—, y como paso previo para ejercer la profesión, para ejercerla con ciertas garantías, me preparé. Y para prepararme, me documenté. Ampliamente. Y me tomé mi tiempo. El futuro venidero era ignoto. No tenía certezas, excepto una. Y quizá dos.

    Primero: no sería fácil ni rápido. Aunque existen casos de meteóricos ascensos, en el ámbito profesional que sea, son excepciones contadas (y de esos, muchos supeditados a tramposas triquiñuelas con las que los implicados logran allanarse su propio camino). Estaba convencido de que no tendría tal suerte. Hoy puedo constatar que no me equivoqué. Por suerte, o no, poseo una virtud llamada paciencia.  

    <<No hace falta ser un genio para saber que los inicios, en cualquier oficio, son difíciles>>. Este enunciado, dicho de diversas formas, me lo fui repitiendo muy a menudo. O sucedáneos: <<Lo importante es estar en el camino y no rendirte>>. Y al final, a base de repetir, el cerebro se acostumbra; se cree lo que le dices.

    Es una ciencia, diría que exacta. Por muy formado que esté uno, y por muy maduro que sea, por mucho apoyo que tenga, y por mucho ego que atesore, comenzar siempre es difícil. Y si existe algún caso de lo contrario, de alguien que haya empezado en alguna profesión, la que sea, y el primer día se sienta plenamente capacitado, sosegado, sin miedos ni dudas, que levante la mano. Y si lo hace… no me lo creo.

    El planteamiento (análogamente), pues, estaba servido. 

    Llegar a esa elemental conclusión fue un primer consuelo. Vendrían más, aunque pocos.

    Segunda (casi) certeza que manejaba: nada, o muy poco, sería como imaginaba. Y eso que de imaginación voy bien. De hecho, es el pilar sobre el que se sustenta mi pretensión de ser novelista. Es decir, que sin información —reculando aún más, como paso previo a prepararme (análogamente, la proyección de la historia)—, especulé acerca de qué me encontraría. Hablo de todo el conjunto; de todo lo que conlleva el oficio, ya sea aquello que me compete como aquello que no. Aquello que está en mi mano, y aquello que no. Se me ocurre una comparación: como cuando te matriculas en una carrera, siendo un crío de diecisiete o dieciocho años. Más allá del nombre de la carrera escogida, así como del nombre de las materias que se impartirán, no sabes nada. Por mucho que puedas previsualizarlo en tu imaginación, desconoces con qué vas a toparte. Ni mientras estudias ni después.

    Y aquello con lo que vas a toparte partiendo del punto (A), y hasta llegar al punto (B), el trayecto desde que tecleas la primera frase… hasta que escribes el anhelado “fin” (o desde el momento en que sales de la universidad… hasta que te consolidas en un puesto de trabajo, dominando el oficio, el que sea), corresponde, análogamente, al nudo.

    Como era de esperar, acerté. Muy poco de lo que había alcanzado a imaginar se cumplió. Lejos estaba de conocer, a) el arduo trabajo que me quedaba por delante, b) las inmensas dificultades que entrañaba dominar el oficio, c) la devastadora complejidad para acceder al mundo editorial (lo cual, a fecha de hoy, aún batallo por conseguir) y, d) la zozobra emocional que se avecinaba. En definitiva, no sabía un carajo. Solo que debía ser persistente. Y paciente.

    Como decía, me entregué a la preparación, paso previo a lanzarme a la acción.

    Imposible va a ser recordar ni el cincuenta por ciento de lo que llegué a consultar, por Internet y en libros. El grueso de mi… lo voy a llamar, sin ánimo de ser ufano, investigación, se desarrolló en la red. Destiné dos años. Si, no me he equivocado; dos años.

    Acopio de información que considero se podría dividir en dos grandes bloques. Uno: toda la información que pudiera recopilar acerca del oficio en sí mismo, y que podría titular como <aprender el arte de narrar> (la teoría; el estudio). Y dos: cómo hacer para insertarme en el sector profesional (la práctica, la salida al mercado laboral). 

    No obstante descubrí que ambas cosas estaban bastante entrelazadas. Quizá en el pasado no era así, pero hoy sí. Hoy un autor tiene que escribir, y luego hacer malabares para darse a conocer. Publicitarse. Emprender campañas de márquetin. Pequé de ingenuidad al suponer que bastaba con escribir, y que luego una suerte de hadas buenas se encargarían del resto. Aunque puedo justificar en parte mi puerilidad, porque, insisto, en el pasado no era tanto así. 

    En el pasado los escritores eran destacados seres bendecidos con un don, y que no abundaban precisamente, o por lo menos no tanto como ahora, y que por lo tanto había que persuadirles para que se afiliaran a tu editorial, o medio de comunicación, y no a la competencia. Profesionales, en definitiva, de enorme prestigio, con una prevalencia de existencia de quizá uno de cada cien mil ciudadanos. Hoy la proporción… en fin: cualquier pelagatos con ínfulas escribe un libro, con independencia de la calidad, y se hace llamar novelista. 

    Intenté rescatar la parte positiva del hecho de que hoy en día ese sector constituya un atasco de aspirantes de tres pares de genitales. No la hallé. Solo quedaba una alternativa viable: trabajar aún más duro de lo que había previsto, con tal de intentar adelantar a toda la competencia que avanzaba enfervorecida en tropel por el mismo carril que el mío, y dirección al mismo objetivo. Y, aunque me sentía capacitado para ello (aún hoy), no negaré que era un tanto descorazonador, tal vez deprimente.

    Supongo que la primera frase que escribí en el recuadro de Google fue: cómo ser escritor?

    Y una cosa llevo a la otra, y otra a la de más allá…

    Recuerdo consultar infinidad de artículos, foros, sitios web.

    Buscar testimonios constituía una de las piedras angulares de mi proyecto de investigación. Es obvio, supongo. A ver cómo lo habían hecho los que lo habían logrado.

    Para mi sorpresa, existían más casos de los que hubiera podido imaginar. Mi entonces escaso conocimiento acera de autores, vivos o muertos que habían logrado el hito de ganarse la vida con las palabras escritas, se limitaba a una decena, una quincena a lo sumo; mis autores de referencia. ¡Sin embargo había muchos más! Perfectos desconocidos para mí, pero igual de válidos que aquel reducido grupo que yo conocía. Ese descubrimiento fue gasolina para el depósito de mi entusiasmo. Fue gratificante y enriquecedor, pues no era tan remotamente improbable como en algunas fases a lo largo de esos dos años llegué a considerar.

    Agregué nombres y apellidos a mi listado de autores, y posteriormente leí a varios. Y por supuesto aún sigo inmerso en ese proceso de conocer cuantas voces narrativas pueda acaparar, pues leer, y lo diría cualquier autor con un mínimo criterio, es fundamental para escribir.

    Conclusión primera a ese respecto: los que triunfaban no eran casos aislados, ni sus historias se circunscribían a un pasado más o menos lejano, sino que algunos eran actuales. Por lo tanto, era posible.

    Profundizar en cada caso me condujo a una vorágine de emociones, buenas y malas. Existían historias bonitas, casi mágicas, éxitos que parecían predestinados. Talentosos autores y autoras que, empezando jóvenes, pronto alcanzaron la popularidad. No les supuso un gran esfuerzo darse a conocer. Tener un gran talento innato, estar en el lugar adecuado en el momento justo, y/o quizá tener contactos (o puede que una confluencia de todo ello): en cualquier caso, escritores y escritoras que llegaban a la cima con casi toda la vida por delante. Eso me animaba. Si cuando me lanzara a escribir descubría que tenía talento… ya tenía buena parte del camino recorrido.

    Luego había otros casos. Aquellos que permanecieron en el anonimato varios años, picando piedra, hasta que alguien los escuchó. Eso me descorazonó, pues entonces tenía una gran tendencia a la fragilidad emocional. Pero bueno; no era tan grave: ¿quién dijo que fuera a ser fácil? ¿O rápido?

    Veamos más casos. Los había de autores y autoras que nunca, a pesar de destinar toda su vida, y todos sus esfuerzos, lograron cosechar gran fama. E incluso los había que ni siquiera se llegaron a ganar jamás la vida con ello, alternando con otros trabajos el precioso arte de escribir. Afortunadamente no eran mayoría, pero eso no fue óbice para que me afectara. Y en ese punto, con los datos acumulados hasta ahora, sentí una mezcla perfecta de desazón y motivación. Podía lograrse… pero no estaba garantizado. Podía ganar… pero podía perder.  

    No quiero mencionar ningún nombre en este texto, porque no creo que sea necesario. Excepto uno: John Kennedy Toole. Descubrir su historia me sumió en un profundo desasosiego. Toda mi admiración por él, y cualquiera de ustedes que no conozca su historia, le invito a que la busquen por Internet. Es trágica, muy trágica, pero bonita al fin y al cabo. E inspiradora.  

    Decía hace un momento que algunos de los casos que consulté correspondían a autores contemporáneos. Cabe resaltar, no obstante, que la mayoría correspondían a autores antiguos, del siglo XIX y para atrás, o pertenecientes a la primera mitad del siglo XX. De cuando los libros eran objetos de culto, y quienes los escribían eran seres de prestigiosa singularidad. Y cuando no había tele, claro, ni cine, ni Internet, ni demasiadas formas de entretenimiento más allá de las páginas encuadernadas de un libro. Eso sin duda potenciaba su valor.  

    Pero… qué gilipollez por mi parte enrocarme en eso; en tiempos pasados. Debía enfocarme en la época que me había tocado vivir, y centrarme en los códigos y normas que regían la actualidad. (Un intrusivo y desmoralizante viejo refrán se insertó en mi mente: cualquier tiempo pasado fue mejor. Hice por desembarazarme de él, y seguí documentándome).

    Como he mencionado un poco más arriba, hoy era bien distinto. Hoy era verdaderamente jodido.

    No tardé en descubrir como proliferaban los aspirantes a novelista, y conocer según qué datos, me sumió (y aún hoy me sume) en el pesimismo y la angustia. Por ejemplo, el número de libros que se publicaban a diario en Amazon, que no recuerdo, ni, como Don Quijote, quiero acordarme. No obstante, eran una salvajada. Pensé: Pero, ¿hay tanta demanda para tanta oferta? ¿Existen tantos lectores?

    Precisamente ese fue otro dato que busqué. Y hallarlo me tranquilizó un poco. Según datos oficiales del ministerio, sí, los había. El número de lectores trazaba una línea ascendente en los últimos años, y que se animó después de la pandemia. Bueno, OK; había esperanza. Pero…, en serio, ¡de dónde salían tantos autores! Las redes sociales estaban plagadas de ellos.  O bueno, cabe matizar: decían ser escritores.

    Eran (éramos) como las setas que nacen tras torrenciales lluvias otoñales. Dios, qué desesperación. Puede que hubiera suficientes lectores como para absorber todos los libros escritos, pero de lo que seguro que no había tantas, era de editoriales. Y por cierto, estoy usando un tiempo verbal equivocado. Hay que pasarlo al presente. Y seguramente adecuarlo al futuro.  

    Luego empecé a pensar que bueno, que el arte tiene una gran ventaja. Dos, en realidad: que es exportable e imperecedero. Supongo que cualquier disciplina artística goza de estas ventajas. Los libros seguro, pues se pueden traducir. Y entonces pasan a tener una audiencia potencial de miles de millones de seres humanos. Y no caducan; no pasan de moda. Léanse hoy una novela del siglo XV, por ejemplo. ¿Por qué no?

    Y también pensé que podría dejar atrás a los competidores si consagraba la mitad de mi vida a ello, escribiendo rápido novelas de calidad. metafóricamente, pisando el acelerador. Y la otra mitad a crear atractivas campañas de márquetin para promocionarme. Y ya pues me dedicaría al ocio y al disfrute en mis ratos muertos. ¿Qué alternativa tenía?

    Sumé más pensamientos a mi zurrón de la esperanza. Subrayé lo ya conocido, lo de que otros lo habían conseguido, y a ello le agregué un elemento más: varios de ellos provenían de otros sectores profesionales. Lo cual significaba que cualquiera podía, y que llegado el momento no me pedirán que tuviera una carrera de letras. (No obstante la tengo).

    Más. Una amalgama de pretextos, realistas y fantasiosos, con los cuales apuntalar una motivación que de vez en cuando se tambaleaba.

    Recuerdo una web en concreto. No el nombre, pero sí el contenido. Creo que era un blog. En uno de los párrafos, el autor decía que, en la actualidad, quienes se ganan la vida exclusivamente con el oficio de novelista, quizá sean una decena. Claro, me dije de inmediato, pero una decena ¿de cuántos?

    En la misma página web hacían una estimación. La proporción era de uno de cada cien. ¡Uno! de cada cien lo conseguía. Era como el famoso sueño americano, ¿no? Nos muestran los casos de éxito, pero, ¿dónde están los restantes noventa y nueve? Rememorando a Tool, amargamente pensé: ¿Están?

    Eso hundió mi moral.

    Pero, cual masoca, persistí en mi investigación. Como he dicho, consulté mogollón de webs, y también escuché podcasts, y leí libros. Y consulté a personas, algunas de ellas vinculadas directa o indirectamente con el sector editorial. El augurio de la totalidad de ellos no era nada halagüeño. Pero no voy a seguir por ahí. Si lo hiciera podría terminar escribiendo una novela corta (y no es mi intención; no hoy, al menos), y quizá llorando por el desconsuelo. Solo quiero apuntar que, tras ya meses de acumular información, mi esperanza y motivación se volvieron duales. Un día me sentía capacitado, motivado y esperanzado (¡es posible!); al siguiente abatido y desmoralizado (se te va la olla; es una utopía; aterriza). Estos segundos estados eran terribles porque incorporaban un agorero pensamiento, que derivaba en una reflexión acerca de mi salud mental. <<Puede que este largo camino acabe en seco en un precipicio, y detrás quede una vida desperdiciada>>, y: <<Estoy chalado; como una puta cabra>>.

    ¿Había que estar chalado-como-una-puta-cabra para enrolarse en esa misión?

    Quizá, pero, ¿qué hacía yo entonces con mi incontrolable necesidad de contar historias? ¿Cómo sofocaba esas ansias? ¿Yendo a trabajar a la oficina los siguientes cuarenta años mientras pensaba a diario en ello?

    Quizá estar loco es una virtud…

    Confieso que valoré abandonar antes de empezar. No diré que estuviera cerca, pero sí que me lo planteé.

    Había que ser realista: entregarme en cuerpo y alma y a tiempo completo constituía un riesgo enorme, y no valían subterfugios: era un riesgo, y punto. (Como apostar todo tu patrimonio a un solo número de la ruleta).

    Con todo, los meses se quemaban, y sus cenizas se acumulaban. Yo estaba ansioso por empezar, pero perseveré en mi afán <<investigador>>. Quería reunir un poco más de información, pero, sobre todo, quería y necesitaba sentir que me hallaba en un estado, sino ideal, óptimo de motivación.

    Pasó un poco más de tiempo. Empecé a sentir que el inicio andaba próximo, entre otras cosas porque el calendario ya señalaba el año 2019. Había transcurrido bastante tiempo desde aquel ya lejano 2017, y quizá ya iba siendo hora.

    Y fue por aquel entonces, en el invierno del diez y nueve, cuando, rebuscando un día más por Internet… me topé con una web. Una más. Una de tantas. Como siempre, empecé a leer el texto. Blablá, blablá. Todo muy bien. Blablá. Ajá. Hum. Muy interesante. Eso ya lo sabía. Eso ya lo había leído. Blablá. Hasta que me detuve, en seco, en un párrafo. Dejé el dedo índice suspendido sobre la ruedecita del ratón y clavé la vista en el monitor.  

    ¿Saben ustedes aquellas ocasiones en las que leen, ven u oyen algo que se les queda grabado a fuego? Una frase de una película, un comentario de algún familiar, amigo o desconocido. Cuando leen un texto en un reel de Instagram… O una frase en un libro. De entre todo el popurrí de información con que hoy en día nos avasallan, aquella combinación de palabras que nos obligan a detenernos, y que posteriormente nos llevan a la reflexión. Confío en haberme sabido explicar.

    Para mí fue la siguiente (venía precedida de una larga disección subjetiva acerca de cómo era el oficio de escribir en los tiempos actuales): […] <<Y hay que ponerse piel de rinoceronte>>.

    Recuerdo que quedé pensativo. Largos minutos. Quizá era eso: quizá en eso se resumía todo. Soy de la opinión que los grandes problemas, las grandes dudas y los peores momentos de la vida se resuelven aplicando soluciones sencillas. En general una: esperando. Y fue entonces cuando pensé que había otra: siendo fuerte.

    Dejando volar la imaginación, viajé hasta el siglo X. U XI; no importa. Me imaginé acudiendo a una batalla en el medievo… a bordo de un tanque de película futurista, fabricado con materiales indestructibles. De ese modo, no podía perder. Ni siquiera podían dañarme. Ya podían darme las hostias que quisieran con las espadas, los escudos o con sus duros puños medievales, que no me harían ni un rasguño.

    Luego avancé la cinta de la Historia hasta mediados del siglo XX. Y me imaginé acudiendo a la batalla de Stalingrado montado en el mismo tanque, ahora mejorado, hecho de materiales aún más indestructibles (si acaso eso fuera posible —pero la imaginación no conoce de límites, ni a menudo de lógica—). El carro de combate, ya puestos, no solo era indestructible, sino que era hermético. Por lo tanto, ningún indiscreto soldado enemigo podría forzar la escotilla para arrojarme dentro un racimo de granadas. Entonces, ya podían dispararme cuantas balas, proyectiles de mortero y explosivos variados quisieran, pues no iban a dañarme.

    ¡Ja! Helo aquí la solución: sencilla. ¡Y estaba disponible en mi imaginación!

    No puedo hablar en nombre de nadie más que no sea yo, pero me aventuro a suponer que una de las características innatas de un escritor es la curiosidad. Yo la tengo. De siempre he tenido un gran deseo por conocer. Y de repente… ¿qué carajo sabía yo de los rinocerontes? No podía ser, por lo que, sin cerrar esa gloriosa web, abrí una nueva pestaña en el navegador.

    Tremendo bicho; enorme y feúcho. Un peso medio de entre una y dos toneladas. ¡Casi “na”! Pero ojo al dato: a pesar de su enorme volumen, pueden alcanzar velocidades de cincuenta kilómetros por hora. Igual que una moto de baja cilindrada; no está mal. Y, con una esperanza de vida de unos cincuenta años, parecía un mamífero longevo. No lo sé, no soy biólogo (por favor perdónenme la vida si me he equivocado). Pero sobre todo, por encima de todo, es un ser resistente, de piel robusta.   

    Destiné un largo rato a consultar acerca de esa familia de perisodáctilos. Una cosa llevó a la otra y terminé conociendo a una subespecie de rinoceronte: el rinoceronte blanco del norte. Vaya que no se sea porque habita el norte, pensé. Averigüémoslo. Conozcamos más sobre ellos.  

    Varias entradas en Google aportaban información específica sobre esa subespecie, por lo que me entretuve a indagar. Y el descubrimiento de la actualidad de ese tipo de rinoceronte me conmovió como en su momento lo hizo la historia de Kennedy Tool. Por culpa del ser humano se hallaba en severísimo peligro de extinción. No, corrijo (y lo pueden comprobar en internet, si lo desean): dado que, cuando escribo estas líneas, principios de 2025, solo quedan dos ejemplares vivos, dos hembras, “al no poder reproducirse, la especie está técnicamente extinta”.
    Fuente: BBC.

    Qué triste. De veras me entristeció. Caza furtiva por demanda de sus cuernos, la causa principal de su exterminio. Somos, la humana, una especie deplorable.

    Najin y Fatu, madre e hija. Así se llaman. Ambas custodiadas en Kenia bajo estrictas medidas de seguridad. A la espera de que la ciencia obre algún milagro para la reproducción, y, por extensión, para mantener con vida la especie, ambas viven como se merecen: recibiendo amor y cuidados.

    Por vosotras, Najin y Fatu (y no me importa lo más mínimo ser cursi), quien metafóricamente se ha recubierto el cuerpo con una de vuestras pieles, con tal de resistir a las embestidas y golpes que le propicia y propiciará la vida en su camino hacia una profesión casi utópica, os manda un caluroso abrazo. Larga y feliz vida.

    Este texto está dedicado a vosotras.

    Y, análogamente, sois el desenlace.

    Picture of Dylan D. Doe

    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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