Categoría: Crónica

  • (VII) El irrefutable argumentario del cateto

    (VII) El irrefutable argumentario del cateto

    Luz y tinieblas

    El mundo está plagado de injusticias y crueldades. De mayor o menor envergadura, son una constante. Esta inicial pareja de frases va destinada a todo aquel que haya nacido y viva en una cueva, ajeno al mundo exterior,  así como para hipotéticos extraterrestres que nos visiten. Para el resto, los que habiten este planeta en sociedad, aquí termina mi ración de evidencias para este texto. Me ha parecido oportuno iniciar así…

    A mí, como a cualquiera de ustedes, me duele presenciar hambrunas, desastres naturales, guerras en las noticias. O a menor escala, casos de discriminación, de abuso de poder, de estafas, trágicas muertes evitables, enfermedades, represiones, accidentes… en fin, el listado se me antoja muy largo. Pero a estas alturas no vamos a engañarnos; ya somos mayorcitos: es ajeno a nosotros, sucede en otros lugares, fuera de nuestras fronteras sociofamiliares, y, por lo tanto, la tristeza que nos suscita es menor. O pasajera. Seamos francos.  

    Distinto es cuando se da en un ámbito cercano, ya sea que lo presenciemos in situ, que nos lo cuente alguien de nuestro entorno, o que lo descubramos leyéndolo en los medios locales. Es por aquello de la proximidad, supongo. Todo lo que circunscribe a nuestra burbuja de bienestar (ciudad, pueblo, barrio, bloque de viviendas) es más susceptible de afectarnos. Ya no está sucediendo a centenares o miles de kilometres de nuestro hogar, sino que está sucediendo en los alrededores. (Nos toca de cerca, nos toque o no). En estos casos nos solidarizamos más, empatizamos más, e incluso nos conmovemos. Pero rara vez actuamos. Yo lo confieso, no con orgullo, pero lo hago: más allá de la pena que me dé, miro hacia otro lado. En realidad, me aventuro a suponer que la mayoría actuamos bajo ese mismo patrón, y lo justifico en base a un motivo reprochablemente egoísta, y a otro comprensible. No es nuestra guerra (bastante tenemos con nuestros problemas), y la verdad, cruda, objetiva, es que no podemos hacer nada. O casi nada. No lo sé: consulten con un psicólogo o un sociólogo para recabar certezas. Por lo que a mí respecta, es solo una teoría. Aunque, sin embargo, sí creo que una profunda reflexión como sociedad, e incluso como especie, no nos vendría mal. En cualquier caso, este no es el signo del artículo. Aunque valga como continuación de la introducción.

    Cada uno de nosotros tiene sus propias debilidades. Determinadas injusticas o crueldades que nos sensibilizan por encima del resto. Una suerte de prioridades, y que despiertan en nosotros el deseo de justicia, el deseo de luchar por una causa… incluso el deseo de venganza. Dicho de otro modo, activan el amor, la compasión, y/o la ira.

    Mi causa, la que está en el número uno de la lista, es la referente a la crueldad o maltrato animal. Un inciso antes de continuar: soy omnívoro. Por lo tanto, debo abordar este tema con cautela, pues soy consciente de la contradicción en la que incurrimos los animalistas que a su vez comemos carne. Dicho esto, y sin ahondar (quizá en otra ocasión escriba sobre ello), preciso: mi causa hace referencia a los animales abandonados no destinados al consumo.

    Perros y gatos, que, al fin y al cabo —aunque lo diré con la boca pequeña, por si acaso—, son las dos únicas especies domésticas que la gente abandona. En especial los primeros. Los primeros por la sencilla razón de que son los más vulnerables. Los gatos son mucho más independientes, supervivientes y, en general, reacios al contacto humano. Los rescataría a todos, por supuesto, pero ver colonias felinas me tranquiliza, pues insisto; ellos son más independientes y supervivientes, precavidos y, en definitiva, inteligentes (además, a ver quién los pilla sin dardos tranquilizantes o trampas). Los perros, en cambio… me perturba verlos vagando por en medio de una carretera transitada, desorientados, con el rabo curvado entre sus cuartos traseros, con la punta tocándose el abdomen, asistiendo atemorizados a los frenazos de los vehículos que intentan no atropellaros. O vagabundeando por las calles de cualquier población, buscando comida en cualquier rincón, sucios, flacos e igual de atemorizados. Rectifico: no son menos inteligentes. Lo que ocurre es que son más apegados, leales y dependientes del ser humano… quien tan a menudo los traiciona.

    Es superior a mí. Algo se activa en mi interior cuando lo presencio. De siempre. Es como si viniera escrito en mi genoma. De pequeño los recogía de la calle y los llevaba a casa. Al carecer de juicio, no tenía que pensarlo: los llamaba, agarraba, trasladaba a casa, poniéndolos a salvo, y punto.

    Pero mi involuntariamente inocente pretensión de fundar un arca de Noé casera era insostenible, por espacio y logística. Pero claro… ya estaban allí.  Junto con mi familia teníamos que buscarles luego adoptante. O por lo menos cobijo. Recuerdo algunos episodios acontecidos en mi infancia mientras escribo estas líneas, y no puedo reprimir una sonrisa de satisfacción. Recuerdo también que mi ingenuidad infantil me indicaba que eran casos puntuales. Tardé unos años en descubrir que era una lacra social.

    A lo largo de mi vida he protagonizado rescates, o colaborado en ellos. También he colaborado con protectoras, y en efecto, montaría un arca de Noé. Pero no puedo. Y me jode.

    He crecido, y por lo tanto he aprendido a convivir con ello. La buena noticia es que los tiempos han cambiado —también lo diré con la boca pequeña (aunque en este caso estoy bastante convencido de que es así)—: nos hemos sensibilizado y reeducado como sociedad (ciertas políticas han ayudado a dicha sensibilización, así como ciertos cambios generacionales inherentes a la evolución social), un poco al menos, y hoy, en comparación con hace veinte o treinta años, el problema es menor. Menos animales domésticos errando por las calles, pero los sigue habiendo. Y hasta que el problema no sea igual a cero, seguirá siendo una lacra social.

    Durante años fue como una misión. Cuando alguno se me cruzaba en mi radar, lo perseguía a la carrera. Afortunadamente, entre comillas, la mayoría se escabullían. La mayoría estaban demasiado asustados. O eran demasiado rápidos. Pero seguía cogiendo a algunos. Lo que ocurre es que ya había comprendido que mi proyecto de arca de Noé no prosperaría, por lo que pasé al plan be. Una vez los tenía a resguardo en casa, telefoneaba a protectoras.
    Práctica que todavía hoy mantengo.

    No obstante, uno se insensibiliza con los años, y en este punto debo reconocer que, ocasionalmente aplico la fórmula antes citada: mirar hacia otro lado. Siempre hay algún motivo: tengo prisa, lo veo a lo lejos, paso con el coche, voy con gente… Pero el remordimiento me carcome cuando miro hacia otro lado. Reitero: son ocasiones puntuales. Sigue siendo superior a mí.  

    Con todo, es un tema que de veras me afecta. Me revuelve por dentro. Y en paralelo me enerva. Es un tema —puede que el único— por el que estaría dispuesto a discutir airadamente, e incluso pelear. Por suerte para mi integridad física, nunca se ha dado tal extremo, y confío en que nunca se dé.

    La casualidad, el destino o Dios, me bendijo con una larga tregua. Pasé años sin toparme con ningún perro abandonado. Sí con gatos, muchos, a puñados, solos o cohabitando colonias. Afortunadamente los transeúntes respetan las colonias, y unos buenos samaritanos las asisten, aportándoles alimentos y cuidados veterinarios. En general, pues, todo iba bien en este sentido. Y llegó un momento en el que, de algún modo creí que nunca volvería a encontrarme frente a esa situación… 
    (Ingenua expectativa).
    …Hasta determinada tarde de
    este 2025.

    Durante mi rutinario paseo vespertino, rumbo al inicio de una de mis rutas para correr, un ladrido estridente y persistente me hizo reducir el paso… y activó unas alarmas cuyas luces acumulaban polvo y telarañas. Bajaba yo por una avenida ancha, de varios carriles para la circulación. A mi derecha, y más allá de los carriles, se alzaba una sucesión de edificios, viviendas y locales, y a mi izquierda se extendía una gran superficie asfaltada, que actuaba de aparcamiento, donde los sábados instalan el mercado, y que incorporaba una pista de baloncesto. 
    Los ladridos no cesaban, y su cadencia, según mi interpretación del lenguaje canino, indicaban estrés. Indicaban también que quien los emitía no era un perro de raza demasiado grande.

    Terminé deteniéndome, y con expresión de concentración, escruté alrededor. El perro seguía ladrando, a razón de guau-guau-guau, breve pausa, guau-guau-guau. A ratos parecía estar cerca; a ratos lejos. A ratos el sonido de los vehículos que circulaban por mi derecha sofocada alguna de sus secuencias de ladridos; a ratos sonaba cercano y nítido. Al no detectarlo, empecé a ponerme nervioso. Dónde estaba. Giraba por completo sobre mi propio eje, agudizando la vista, pero ni rastro. Afortunadamente, o no, terminé por localizarle. Se situaba como a unos veinte metros de mí, correteando en círculo, y ahora mismo ocupaba la superficie asfaltada. Pero eso no iba a durar.

    A lo largo de los años he aprendido varias lecciones en relación con los perros abandonados, o extraviados. Una, la más importante, establece que no se debe entrar en pánico, pues los perros se contagian muy rápido del pánico. La segunda, casi tan importante, establece que hay que buscar al dueño. Porque muchas veces anda por ahí, siendo más o menos irresponsable, y el suceso deviene en falsa alarma. Un análisis de la calle sugería que no había nadie vinculado con el animal. Relativa escasez de transeúntes, solos o en grupo, pero todos con el denominador común de que andaban: iban o venían. Por lo tanto, y aún era una conjetura, nadie estaba al cargo del perro… que ya no estaba en el aparcamiento asfaltado. Ahora transitaba la acera, la misma en la que estaba yo. 
    Pero su estancia en esta nueva ubicación tampoco duraría.

    A mi registro mental canino le faltan aún varias o muchas fichas para completarlo, pero también tengo unas cuantas archivadas. Recurriendo a ese registro fue fácil reconocer la raza. Era un yorkshire terrier, y todos los datos referentes a la raza de los que disponía, acudieron raudos a mi mente. No obstante solo había dos que, en esa situación de tensión creciente, fueran trascendentes. Es una raza concebida para la casa y la compañía, cuyos ejemplares, pues, están acostumbrados a espacios reducidos y hogareños. Lo cual, teóricamente, significaba que su casa, fuera que lo hubieran expulsado o que se hubiera escapado, no podía estar muy lejos. Y lo otro que debía tener muy presente hacía referencia a su temperamento. Destaca por ser enérgico, o, si lo prefieren, juguetón. Vamos, que actúan como si se hubieran tomado diez cafés, en especial en situación de estrés, como esta.

    Lo perdí de vista unos segundos (la reencarnación perruna de Houdini), y cuando volvió a aparecer en mi rango de visión, estaba en mitad de la carretera, zigzagueando por ella, ladrando aún. Mierda, me dije, y por un instante me sentí bloqueado. Pero fue momentáneo. Me despegué del asfalto y fui a por él. Sin olvidar el crucial dato sobre su carácter, procuré acercarme con en calma, sin alarmarlo más. No hice aspavientos ni le grité para que se detuviera o viniera. Solo intenté acercarme con cautela.

    Y ahí estaba yo, interrumpiendo mi actividad de la tarde (que no obstante se podía interrumpir sin problema), cambiando el guion en pro (después de tantos años de tregua) del intento de rescate de un perro, hallándome ahora en medio de una avenida de varios carriles, persiguiendo a un ser vivo cuarenta veces más pequeño que yo, y cuarenta veces más rápido, y que contra más me acercaba a él, él más se alejaba. La misión tenía mal pronóstico.

    Pero entonces llegó una ayuda celestial inesperada en forma de aliados. A veces pasa, y es muy de agradecer. Descubrí como otros ciudadanos comprometidos con la causa no miraron hacia otro lado, alterando también su actividad, y sumándose al intento de rescate. Cada uno a su manera, y avanzando desde distintos puntos, intentaban darle caza. Una ayuda secundaria en forma de poca circulación de vehículos nos daba esperanza. Al menos la esperanza de que no lo atropellaran.

    Siguieron unos minutos de auténtica tensión, durante los cuales se rozó la tragedia. Coches que iban frenando y/o esquivándolo, un pequeño grupo de personas que cercaban al yorkshire desde diferentes puntos, y el implicado colaborando al modo que lo hacen los perros asustados o estresados: sorteándonos a todos, saliendo y entrando de la carretera; saliendo y entrando, y sin dejar de ladrar.

    Cruzó la carretera por completo una, dos y hasta tres veces. Llegaba al otro extremo y volvía. Y así hasta tres veces (que recuerde). Algunos de nosotros, con un ojo puesto en la circulación y el otro en el perro, llegamos a rozarlo, yo incluido, pero siempre terminaba escabulléndosenos. Temí lo peor, supongo que todos lo temimos, pero al final, tras su enloquecido y prolongado paseo por la carretera, volvió al aparcamiento asfaltado, por su propia pata.

    Nosotros, el improvisado grupo de voluntarios que nos implicamos en su rescate, le seguimos. Avanzando desde distintos puntos, nos reunimos en la acera, y penetramos juntos al aparcamiento. Estas cosas también son comunes, lógicas y agradables: al tiempo que caminábamos, nos pusimos a hablar entre nosotros. Lo típico: ¿de dónde ha salido? ¿Tiene dueño? ¿Se habrá escapado? Y una aportación que también es muy habitual, y me encanta. Alguien comentó: <<Se le ve limpio y lleva collar. Tiene que ser de alguien>>. En realidad tiene sentido. Aunque muchas veces solo indica que lleva poco huérfano de dueño, y aún no ha tenido tiempo de ensuciarse ni de perder el collar. 

    Como fuera, el pequeño yorkshire (tan pequeño y gracioso como veloz y saltarín) se adentró en el aparcamiento… al fondo del cual estaban estacionados un par de camiones enormes, y lo que parecían unas autocaravanas. Dos o tres, no más. A medida que nuestro grupo fue aproximándose, comprobamos que en efecto eran autocaravanas estacionadas. ¿Un improvisado asentamiento de viajeros nómadas? Tal vez. El perro corría hacia allí, y nosotros le seguimos.

    Recuerdo que yo encabezaba la marcha de nuestro pequeño comando de rescate, pero sin haber ningún motivo causal para ello. Estaría caminando más aprisa; solo eso. El caso es que el perrito, quien por cierto había rebajado considerablemente su secuencia de ladridos, y ya no corría como poseído por un demonio canino, llegó y se colocó ante una de esas autocaravanas. Nosotros (no puedo concretar cuantos éramos, unos cinco, y una mezcla de chicos y chicas) llegamos también hasta allí. El perro se había colocado junto a la escalerilla que daba acceso a la casa rodante. La autocaravana estaba colocada en horizontal, y a la izquierda de la puerta había una ventana, orificio, apertura, o cómo le llamen (desconozco si esta categoría de vehículos usa un léxico particular). 
    Nosotros observamos a través de ese agujero… pues en el interior, algo se movía. Dentro estaba oscuro, pero gracias a la luz diurna pudimos distinguir a un ser humano, quien en ese momento se hallaba encorvado. Uno de mis compañeros desconocidos (y a la vez amigo provisional y aliado), dirigiéndose a la apertura de la autocaravana, lanzó la pregunta obligada:

    —¿Es tuyo?

    Lo preguntaba al tiempo que señalaba al perrito, quien ahora parecía más calmado. Mucho más. Merodeaba las inmediaciones del vehículo, y nada hacía intuir que fuera a salir disparado, dirección de nuevo a la carretera.

    —Sí —la persona del interior asomó la cabeza por la apertura.

    Era un tipo de mediana edad, cabello largo rubio, tez blanquecina y de ojillos pequeños y entornados. Entornados por efecto de una droga. De una que se fuma, y cuyo aroma, inconfundible, impregnaba el interior del vehículo… y todo a un radio de unos pocos metros… y que ahora que estábamos cerca, todos percibimos y distinguimos.   

    —Estaba en la carretera —le explicó el mismo desconocido, por ahora portavoz, en tono de reprimenda.

    —Oh, sí, sí —dijo el tipo de la autocaravana, sus ojillos entornados fabricando una sonrisilla tan tierna como enfermiza—. Siempre por aquí. Él loco —agregó.
    Quedó patente enseguida que era extranjero, y que no dominaba el idioma. Qué suerte para nuestros intereses comunicativos que además fuera colocado hasta las cejas…

    —Se ha escapado… —informó el mismo desconocido.

    —Sí. Él muy libre —dijo el habitante de la autocaravana, y su sonrisilla mutó a risa. Rio al estilo fumeta: una risa nerviosa, prolongada y algo desquiciada.

    Eso me sulfuró. Di un par de pasos en dirección a la ventana:

    —Es un milagro que no lo hayan atropellado —apunté, imprimiendo el mismo tono de reprimenda que el de mi compañero desconocido.

    A lo que el tipo, riendo, y ya con medio cuerpo asomando al exterior, tras lanzar un vistazo en torno, como un hombre primitivo que acaba de descubrir la civilización, dijo:

    —Oh, sí, sí (reveló el nombre del perro, pero no lo recuerdo). <<Equis>> es milagro. Es milagro de perro —en su tono, desde la primera palabra, se advertía una suerte de indiferencia graciosa. Estoy convencido que si le llegamos a decir: Oiga, va a caer un meteorito, tenga cuidado>>, su respuesta hubiera sido la misma: <<Oh, sí, sí>>.  

    Los miembros de nuestro grupito intercambiamos una mirada de amarga frustración. Parecía evidente que el tipo, supuesto dueño del perro, no estaba demasiado interesado en la salvaguarda del animal… aunque en cambio, sí parecía plenamente interesado en seguir fumando porros.

    —¿Qué hacemos? —preguntó unos de los nuestros, juraría que una chica. Yo ya había tenido tiempo de fijarme: sigo sin recordar el número, pero todos compartían la particularidad de ser jóvenes, transitando la veintena.

    Buena pregunta. Buen problema que nos había caído del cielo. Con la actitud de desinterés del tipo rubio del cabello largo, irnos y dejar al yorkshire a su cargo hubiera sido una irresponsabilidad por nuestra parte. Pero, por otro lado, si nos quedábamos, ¿qué hacíamos? Buen dilema.

    Yo me estaba enfadando por momentos, y ahora que lo escribo, y que por lo tanto lo puedo falsear, podría hacerme el valiente, asegurando que me puse firme y belicoso, pero no lo haré: la verdad tal y como fue. Como ya he comentado en otros artículos hablando de mí, soy una persona prudente, en la frontera de la cobardía. En general, las situaciones raras, o aquellas que escapan a mí control, me generan desazón. Soy de la opinión que el cementerio está lleno de valientes. Con todo, jugué un farol: fingir coraje.

    —Lo van a atropellar —dije, plantado ante el tipo rubio, hablándole sin titubear.

    Y entretanto reuní valor para afrontar un más que probable enfrentamiento dialéctico. Pero no se dio, porque el tipo no respondió. Y no solo eso: se refugió en el interior de su casa ambulante, pasando de nosotros.  

    Arqué las cejas y miré en torno. Nuestro equipo seguía allí, sin atisbos de querer desertar ninguno de sus integrantes. Eso me reconfortó. Una suerte de reunión improvisada, y alguien (un chico, esta parte sí la recuerdo) perseveró con la pregunta:

    —¿Qué hacemos?

    Como yo ya tenía experiencia previa, se me ocurría una solución. Más que solución, era una amenaza encubierta (que, no obstante, pensé, poco efecto iba a tener con un tío que va de marihuana hasta las cejas y se lo toma todo a chufla). La expuse:

    —Habrá que llamar a alguien —sugerí.
    Y ahora viene la mejor parte de la historia.

    ¿Recuerdan que les mencioné la existencia de dos camiones enormes en el escenario? Uno quedaba a unos veinte metros de nuestra posición, dirección a la carretera, pero el otro lo teníamos al lado. La autocaravana estaba en horizontal, y el camión en vertical, entre los dos conformando una te. Pues bien: fue proponer el llamar a alguien, y aparecer en escena otro personaje.

    Y personaje es una buena palabra para describirlo. Menudo pintas. Cráneo despoblado, por causa de la alopecia o de una maquinilla de rapar, cara redonda, una gran dilatación en cada lóbulo, de donde podría colgar las llaves y el paraguas, y tenía los brazos repletos de tatuajes. Algunos otros le asomaban por el pecho, llegándole al cuello. Vestía de negro, ropas raídas. No se puede juzgar a nadie por su apariencia… o sí. Lo más destacable de su ser no era nada relacionado con su estética, sino su expresión. Por supuesto conocen el dicho <<la cara es el espejo del alma>>. Pues ese tipo tenía una pinta de hijo de puta que no dejaba indiferente. Sin embargo, spoiler: nunca sabré si lo era. Porque poseía otro rasgo de carácter, a mi entender, no peor, pero casi.

    —¿Llamar a quién? —preguntó el tipo, inmiscuyéndose.  

    Me giré y le descubrí. Mis compañeros hicieron lo propio. 
    La acción de la trama se concentró en ese punto. El tipo hablaba desde el interior de su camión, asomando también por un agujero que hacía las veces de ventana. Apostaría a que a ninguno de nosotros nos pasó inadvertida la entonación chulesca y amenazadora que le daba a sus palabras. Quizá se la daba, o quizá era así en condiciones normales. 
    Yo me mantuve firme en mi farol, pero lo reconozco: me dio miedo.
    Si hubiera sido valiente le hubiera dicho lo que correspondía: ¿El perro es tuyo? ¿No? Pues metete en tus asuntos.
    En cambio dije:

    —No lo sé. Pero el perro está en peligro (por cierto, se había estirado junto a la escalerilla de acceso a la vivienda del fumado. Resoplaba por el cansancio, asomando la lengua. Son demasiado nobles para que estén a cargo de según qué personas, pensé). 

    —¿Y a quién vas a llamar? —repitió… dando una pista bastante reveladora de la clase de persona que era.

    Yo vacilé un par de segundos. Mis compañeros, reunidos en torno a mí, y mirando a Don Dilataciones, habían enmudecido: ahora yo era el portavoz. Dado que el sujeto quería una respuesta concreta, se la di:

    —Pues a una protectora de animales para que lo vengan a buscar.

    —El perro es de ellos —dijo de inmediato el tipo, señalando a la autocaravana y conservando la entonación de intimidación— ¿A quién vas a llamar? —persistió.

    —Bueno —dije yo— desvié la vista hacia el yorkshire y volví con el tipo—, pero está en peligro. Se ha ido a la carre…

    —Es de ellos y tiene chip —me interrumpió.

    —Ya, pero estaba correteando por la carretera —subrayé yo… con la vana esperanza de que entendiera el motivo de mi… de nuestra presencia allí. (No estamos aquí por gusto, tarugo… y, además, ¿por qué te metes? O mejor: si te metes, ¿por qué no es para colaborar en la causa?).

    Yo, entretanto, me imaginaba al de la autocaravana hundido en una silla desternillándose de risa por haberse descubierto el ombligo, o algo de similar importancia.

    —El perro es de ellos y tiene chip. ¿A quién vas a llamar? —fue su original réplica.

    Mentalmente me llevé la mano a la frente.
    Era como haber descubierto el lenguaje. Aprendía un par de frases funcionales y las intercalaba.

    No quiero reproducir toda la conversación al detalle. Y tampoco puedo, porque no la recuerdo al completo. Para recordarla integra debería haber sumado. Sumado las veces que preguntó, a quién vas a llamar.
    Sí recuerdo que se prolongó en torno a los quince minutos. Una eternidad cuando se trata de exponer argumentos que impactan contra una pared. Y también recuerdo que en un momento dado alterné la vista entre el perrito y el tipo, preguntándome cuál de los dos debía tener el cociente intelectual más alto. O más bajo.
    En fin… Solo unos apuntes más, no sujetos a cronología:

    —Es peligroso. Lo van a atropellar.

    —El perro es de ellos y está con ellos.

    —Ya. Es con ellos con quienes debemos hablar.

    —Sí pero es que no tienes que hablar con nadie porque el perro es de ellos.

    ¿Han discutido ustedes alguna vez con alguien obtuso enrocado en una idea fija? ¿Con alguien que, más allá de los límites imprecisos de la Verdad, se niega a buscar soluciones? Bien, pues tomen ese ejemplo… y elévenlo al cuadrado.

    —¿Y qué podemos hacer para asegurarnos de que estará bien? —pregunté, explorando soluciones… sugiriendo… dando por sentado que todos en ese vecindario de hierros y neumáticos se conocían.  

    —Es que no puedes hacer nada porque el perro no es tuyo.

    —No, no es mío —lo confieso; mi tono no poseía la firmeza necesaria que reclamaba la situación. El contenido quizá era óptimo, pero no el tono—, pero… —gesticulé—, pero… en serio —señalé dirección a la carretera—, lo pueden atropellar.

    —El perro es de ellos.

    Realicé otra acción mentalmente: resoplar.

    —Hay gente que se encarga de perros que están en peligro… —lo dejé caer… a ver si el señor de las dilataciones-llaveros comprendía… comprendía el problema que nos había congregado allí.

    —Vas a llamar a alguien por un perro que tiene dueño y chip? ¿A quién vas a llamar?

    —Mira, si yo lo entiendo —opté por jugar la carta de la conciliación (por mi experiencia con esta clase de gente, a veces surte algo de efecto. Si los guías hacia caminos inexplorados para ellos, cabe la posibilidad, más o menos realista, de que una epifanía en forma de alternativa les haga recapacitar)—, pero es que estamos preocupados por él —mientras lo decía di un cuarto de vuelta sobre mi propio eje, a la derecha, y otro a la izquierda, haciendo partícipes a mis compañeros con el uso de la primera persona del plural—. En serio que no lo han atropellado de milagro —subrayé para terminar.

    Y en mi interior se gestó la ilusión de que entendiera que el protagonista, o mejor dicho, el motivo de nuestra ridícula discusión no era ni él ni ninguno de nosotros, sino un ser vivo indefenso e irracional que no puede calibrar el peligro que conlleva cruzar una carretera por la que circulan coches. En paralelo me pasó por la cabeza mencionar precisamente eso. Pero no tuve opción.   

    —Ya, pero es que el perro es de ellos. Y tiene chip. Tiene dueño y chip.

    (Lo de que tuviera chip no lo sabré nunca, y puede que ni siquiera lo sepa el aficionado a las hierbas que se fuman).  

    Era admirable y envidiable la rapidez y calidad con la que me rebatía mis argumentos.

    —¿Y qué hacemos? ¿Lo dejamos aquí? —dije yo, algo hastiado.

    —Hombre, pues sí. Es un perro que tiene dueño. ¿A quién vas a llamar?

    A este paso a mi psiquiatra, pensé.

    Al fin, y ya para cerrar este lamentable episodio real, uno de mis compañeros mudos tuvo en bien intervenir:

    —A la policía, si hace falta.

    Dicho lo cual, emprendió la marcha dirección a la salida del aparcamiento. El resto de integrantes nos sumamos. Supongo que ya habíamos tenido bastante. Yo los seguí el último, y tuve tiempo de ver como el tipo se retiraba de su posición en la ventana; parecía evidente que se le había agotado su selecto repertorio de argumentos, a cuál más irrebatible, y optaba por pasar a lo segundo mejor que se les da a los de su especie: la intimidación física.

    Pero nosotros nos largamos, sin mirar atrás. Y por el camino, rumbo a retomar nuestras vidas, lo comentamos. Fui yo quien lo sacó a colación:

    —Con las pintas que tenía ese tío, como para discutirle, sabes.

    Todos los del grupo estuvieron de acuerdo conmigo, manifestándolo con respectivos asentimientos. Y uno dijo:

    —Sí, yo he pensado lo mismo al verle.

    Y me sentí menos cobarde.
    De veras creo que la cobardía salva vidas. Y la valentía las quita.

    Juraría que el tipo no nos siguió (hablando de faroles), y yo tuve que masticar mi resignación, y rezar para que el fumado tuviera un gramo más de materia gris que el de las dilataciones en forma de arandelas para las llaves, y un gramo más que el pequeño yorkshire, y comprendiera que tiene a su cargo a un ser vivo que merece atención.
    No albergo demasiadas esperanzas en torno a ello.

    Minutos más tarde, habiendo dejado ya atrás la maldita avenida de la discordia, y aún dándole vueltas al asunto, pensé que había perdido. Que habíamos perdido. Nos separamos, cada uno retomando su camino, y yo creo que ellos pensarían lo mismo. Empujados por una causa muy noble, nos habíamos personado en una zona de acampada-aparcamiento nómada (o vaya usted a saber), y discutido con personas anónimas. No solo era noble, sino que creo que era necesario. Es, necesario, y sin la pretensión de convertir las últimas líneas de este texto en un alegato, creo que todos deberíamos movilizarnos por causas humanitarias, y animales, sin distinción: sería una excelente forma de mejorar este planeta corrupto, injusto, vil… de mierda, vaya.  

    Pensando en un hipotético (seguramente utópico) mundo mejor, me sentí conforme y alegre por haber, por lo menos intentado proteger a ese perro. Y reconsideré mi postura: quizá habíamos perdido, OK, pero solo una batalla. 
    Mis pensamientos fueron más allá.

    En esta guerra interminable que nos ha tocado vivir —pensaba, ya mientras emergía al paseo marítimo, y me veía absorbido por una ingente masa de transeúntes—, los del improvisado grupo de rescate canino, así como nuestros semejantes, vamos a perder muchas batallas. Pero la guerra nunca se perderá si perseveramos. Porque, precisamente, es interminable.

    Lo que ocurre, sencillamente, es que para algunas batallas no estamos preparados. Por muy buena logística y armamento del que dispongamos, algunos enemigos son demasiado poderosos.

    Una guerra moderna, que libramos a diario, ya sea en el ámbito familiar o íntimo, o fuera de sus fronteras. Ya sea que tengamos que lidiar con personas que conocemos, o con perfectos desconocidos.

    Una guerra moderna, donde las espadas y ametralladoras de antaño han cedido el testigo a la dialéctica. Uno se esfuerza, en su día a día, por ser educado, respetuoso y empático. Por afrontar las disputas, las desavenencias, con afán constructivo, buscando puntos que conduzcan a la concordia. Casi siempre cuesta, porque los evolucionados seres humanos modernos no somos demasiado dados a poner facilidades, pues nadie quiere perder. Para llegar a pactos tenemos que intercambiarnos argumentos de peso, y hacer concesiones. Respetando el espacio del otro, pero sin mancillar el nuestro. Arduo trabajo. A veces ganas, otras no. 

    Y cuando ganas te sientes pletórico, y consideras que has tenido mayor poder de persuasión, o que has sido más listo, o ambas. Puede que sea cierto; puede que no. Y cuando pierdes, justo lo contrario. Tu discurso ha sido pobre, no has manejado adecuadamente los tempos, ni respetado los márgenes. Da rabia perder, ¿verdad? Te queda adherida esa sensación de amargura por no haber estado a la altura.

    Pensando en ello, haciendo una mueca y bordeando el muro que separa la arena del asfalto, experimenté esa rabia. Había perdido; una derrota rotunda. El yorkshire continuaba en peligro.

    El tipo del cráneo despoblado y los agujeros en los lóbulos para colgar perchas me había… nos había ganado. Con intimidación, sí, pero también con argumentario. Con un par de frases, repetidas hasta la saciedad, había tumbado nuestros intentos de hallar una solución a un problema. Un problema que tenía solución. Entonces recordé que hay enemigos demasiado poderosos, a los que no puedes vencer por muy preparado que estés, y esa sensación de derrota se desvaneció pronto. No tenía ninguna posibilidad de ganar, y llegó el consuelo. Es como, no sé, operar a corazón abierto habiendo consultado vídeos de YouTube. Como aspirar a ganar los cien metros lisos padeciendo obesidad mórbida.  

    Sonreí, observando al horizonte, allá donde el mar se junta con el cielo, centré la vista y empecé a correr.

    Me mantuve sonriente unos segundos, sintiéndome orgulloso por haber intervenido. Aceptando que hay batallas que no puedo ganar, pues las comandan enemigos demasiado poderosos. Por lo menos me quedaba el honor de haber participado.

    No subestimemos nunca a los catetos, pues son demasiado poderosos, su argumentario infalible, y en última instancia nos pueden hacer daño o meternos en problemas.  

    Son más fuertes que nosotros.

    No es nuestra guerra. 

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    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

         Recomendado 

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    ¿Cómo puedo ayudarles?, cuéntenme (dinero no tengo).

  • (V) No se puede tener ese odio (título provisional)

    (V) No se puede tener ese odio (título provisional)

    Luz y tinieblas

    Una vez, hace ya tiempo de ello, varios años, recibí un SMS que llamó mi atención. La transición a WhatsApp ya había sido sobradamente completada, por lo que los otrora imprescindibles SMS ya eran de escaso uso entre la gente, camino de la extinción. Más allá de algunos nostálgicos, de personas mayores que manejaban viejos hábitos, y de aquellos que se resistían, por inadaptación, rebeldía o por el motivo que fuera, a usar el revolucionario método de mensajería instantánea, ningún ciudadano de a pie mandaba ya SMS. Aunque sí los seguían usando las compañías, y la Administración, por lo que cuando oí el característico sonidito asociado a la llegada de uno de esos mensajes de texto, pensé que era el recordatorio para alguna cita médica, o una oferta comercial.

    Ni una cosa ni la otra: era ¡de mi banco! Se dispararon mis alarmas. Lo abrí y leí. Y, frunciendo el ceño, lo releí un par o tres de veces, pues era extraño. No recuerdo su contenido, pero en resumen se me advertía acerca de que mi cuenta corriente había sido bloqueada. Supongo que cuando el peligro se circunscribe a nuestras finanzas es natural inquietarse. Yo me inquieté, y empecé a pensar en qué había pasado. Y cómo y por qué. No obstante, rememorando el dinero que tenía, no entré en pánico. Y quizá eso me salvó.

    Sí recuerdo que la sintaxis era regular, con ciertas incoherencias, y el formato cutre; estaba todo el texto muy pegado. Pero seguía siendo una alerta del banco. Al final del mensaje constaba un enlace, al cual debía acudir para solucionar el problema. En el propio mensaje se especificaba: <Pulse aquí>. A pesar de la sombra de duda que me generaba aquello, fue más fuerte mi deseo de desbloquear mi cuenta… y averiguar qué había pasado.  

    Recuerdo que cliqué en el enlace, el cual, lógicamente, me redirigió a un sitio web. El problema de fondo era que, como consecuencia de una mala comprensión lectora, había interpretado que mi dinero estaba en peligro (mal menor; poco dinero había en juego), cuando no se advertía específicamente de ello.  

    No recuerdo para nada el aspecto de la página web a la que el enlace me redirigió. Lo único que consigo rescatar de mi memoria, y que al fin y al cabo es lo importante, era que me solicitaban que cumplimentara unos huecos con mis datos personales —para verificar que era yo, creo, supongo… no lo recuerdo—: nombre y apellidos, número de la tarjeta y poco más. Y cerca estuve de hacerlo. Bastante cerca, pues estaba ansioso por solucionar aquello. Creo que incluso rellené algún recuadro. Pero, haciendo una mueca, me detuve. Mi precaria inteligencia de entonces me sugirió: Espera un momento. Piensa.

    Pensé.

    Las entidades bancarias no se ponen en contacto con sus clientes de este modo, ¿verdad? Aunque quizá, me rebatí a mí mismo, dado que en esta era moderna las cosas cambian a la velocidad de la luz, ahora sí recurren a este método, y yo era un palurdo desactualizado. El texto inicial me había asustado, y cabía la posibilidad de que aquello fuera real, y yo estuviera equivocado. Pero, auxiliado por los conocimientos tecnológicos e informáticos inherentes a mi generación, y tras darle un par de vueltas al asunto, e imagino que tras releerlo de nuevo, concluí que aquello tenía mala pinta. Pero es lo de siempre, supongo —rompiendo una lanza en mi favor—: cuando uno es novato en algo, en lo que sea, es muy susceptible de actuar como un pardillo, pues no tiene experiencia previa, ni referentes en los que sustentarse.

    Cerré la página web a la que me había redirigido el enlace, y reprimí mi ansia como puede (afortunadamente soy bastante bueno en eso). Lo dejé pasar hasta que pudiera hablar directamente con mi banco. Dado que el SMS llegó por la tarde (un elemento más para añadir al frasco de la suspicacia, supongo, pues, ¿quién hay trabajando en una oficina bancaria por la tarde?), esperé a la mañana siguiente.

    Y a la mañana siguiente, temprano, llamé. Tras una breve charla —durante cuyo transcurso, quiero mencionar, me sentí algo avergonzado por haber sido tan crédulo (por decirlo educadamente)—, aclaré el asunto. En efecto, tal como indicaban los indicios, un intento de estafa. Si llego a introducir mis datos bancarios, chao dinero (dudo que los ciberdelincuentes hubieran podido comprar grandes cosas con mi capital). Pero chao, ipso facto, me indicó el empleado del banco. Y ni se te ocurra pensar que lo hubieras recuperado, agregó. Ya me lo parecía, dije a mi interlocutor del banco, haciéndome el digno, y colgué dándole las gracias. Y de inmediato borré el dichoso SMS.

    Investigué en la red. <<Smishing>>, le llamaban, palabra que se formaba por la unión de SMS y <<phishing>>. Entonces me sonaban a chino esos términos, pero en adelante me familiarizaría con ellos.

    Con una media sonrisa entre la indignación y la admiración, pensé: Qué cabrones.

    <<Smishing>>. Las autoridades ya lo habían bautizado, por lo que no parecía una actividad esporádica. Para nada. En adelante los seguí (seguimos) recibiendo, con relativa frecuencia, y hasta la actualidad. Parece ser que este método no pasa de moda: siempre hay potenciales víctimas, imagino. Siguen siendo SMS, y, tal como antaño, los hay con distinto nivel de sofisticación. Desde cosas muy elaboradas hasta cosas muy chapuceras. Parece ser que hasta en el mundo de la ciberdelincuencia hay gente que no está interesada en hacer bien su trabajo. A modo de ejemplo, veces los recibo de bancos ¡que no son el mío! Un aplauso, ciberidiotas. 

    Como fuera, en mi caso, poco iban a robarme. Las ventajas de ser pobre. Ser pobre está infravalorado. Ser pobre son toda ventajas excepto una: que no tienes dinero.

    En fin… Supongo que la mayoría de los que lean estas líneas, puede que todos, asentirán en señal de complicidad, pues sabrán de qué hablo… Pero ¡no se vayan todavía!   

           Una vez, años antes del suceso del SMS que acabo de relatar, puse en venta una bici. No recuerdo en qué web de compraventa la oferté, pero no era Wallapop, pues aún no existía. El caso es que pronto recibí una primera consulta. Más que consulta, era una oferta. Más que oferta, una solicitud de compra en firme. Era una bici de esas plegables. No estaba en mal estado, pero tampoco era nueva, ya me entienden ustedes. Puse un precio un poco por encima del que, creo, correspondía. Me constaba que esa web aceptaba contraofertas, por lo que pensé aquello que pensamos todos: si cuela, cuela. El email del presunto comprador era en inglés (que por supuesto tuve que traducir con el traductor de Google), y de inmediato, frunciendo la nariz, pensé: Qué raro. ¿Una persona extranjera quiere mi bici? ¿Qué pasa, que no hay bicis en su país? Quizá vive en Groenlandia, en ese caso… Pero entonces, dado que era incluso más tonto que en la ocasión del SMS, me dije, bueno; por qué no. La mía debe ser cool.

    Tampoco ahora voy a poder recordar los detalles, por lo que de nuevo recurro al resumen. La persona en cuestión, que tenía identidad (o usaba identidad, mejor dicho, nombre y apellidos), nacionalidad (no me acuerdo), y me suena que incluso teléfono, estaba interesado en mi bici. Seguro. Le gustaba. No regateó, ni indagó acerca de su estado. Le interesaba, y punto. Solo había un pequeño inconveniente: vivía lejos. Le respondí, con educación, gracias por su interés, blablá, y le expuse la evidencia. Me respondió, muy deprisa (como si hubiera dado con el chollo de su vida). No había problema, me dijo, muy resolutivo, pues me proponía que un intermediario participara en la operación. Era raro, pensé yo de nuevo, alzando y arqueando las cejas, pero, entre tonto y pobre, visualizando los noventa euros (creo que ese era el precio que fijé), acepté. En el último párrafo de su respuesta a mi email estaba la clave de todo. El intermediario en cuestión era una empresa, y las empresas… pues no trabajan gratis. (¿Verdad que entiende usted eso, tarugo-aspirante-a-ser-estafado?).

    El presunto comprador me pedía que yo le mandara dinero, suma equivalente al precio de la bici, más gastos de envío…, más la comisión que el intermediario se llevaba por la recogida, y que él, la persona extranjera que tan entusiasmada estaba por poseer mi bici plegable de precio hinchado, ponía en marcha la operación, esto era, entregarle el dinero al intermediario. Y que cuando él, el destinatario final, recibiera la bici de los huevos, me mandaría de vuelta el dinero, más un pequeño extra como agradecimiento; mi comisión por ser tan majo, supongo.

    Todo muy rocambolesco, muy enrevesado, pero a mi necedad le sonó de maravilla.

    De repente miré a mi bici con orgullito: me iba a reportar más beneficios de los que hubiera imaginado, y recuerdo que escribí un email de vuelta, solicitando los detalles para iniciar el procedimiento.

    A mi casi siempre me ha salvado el miedo (el miedo también esta infravalorado; en general suele alargar la vida y ahorrarte disgustos), y justo antes de darle al botón de <enviar>, lo sentí. Me daba “un no sé qué” todo aquello, por lo que en el último momento cancelé la operación, y borré los emails del presunto comprador.

    Poco después, investigando, descubrí que era un intento de estafa más o menos común, que se estilaba, especialmente, en el sector automovilístico de segunda mano.  

    Entre la indignación y la admiración, pensé: Qué listos son, esa panda de mamones.

           Una vez, hace ya bastante, más o menos por las fechas en las que estaba interesado en vender una bici de segunda mano, residiendo yo en una población equis, no importa cual, me metí en internet, a la caza de un piso para alquilar. Acababa de llegar a esa población equis, y vivía provisionalmente en casa de una amiga. La oferta inmobiliaria siempre es elevada, y entonces no fue una excepción.

    Había pisos a mansalva. No sé cómo hacen los ricos: los pobres filtramos por precio. La lista se redujo considerablemente. Tras aplicar a los criterios de búsqueda mi presupuesto, de los quizá diez que quedaron disponibles, uno destacaba por encima del resto; brillaba con luz propia. Las fotos, a pesar de tener cierta mala calidad, algo borrosas, como desenfocadas, mostraban bien a las claras cómo era el inmueble. Y el anuncio disponía de las suficientes como para que uno se emocionara. ¡Era genial! Creo que era un dúplex. ¿Y el precio? ¡Guau! ¡No podía ser! ¡Qué afortunado de encontrar esa ganga! Debía darme prisa antes de que otro se me adelantara. Corrí a escribir al dueño, quien me respondió muy pronto. No quiero aburrir al lector, por lo que esta vez, a pesar de recordarlo con cierto nivel de detalle, voy a resumir para favorecer la narración. Él, el dueño, era hombre, teóricamente, vivía fuera de España. ¿Solución? Muy sencilla; hasta un tonto (como yo) lo entendería. Yo le mandaba un depósito, en el que incluía el mes de alquiler y la fianza (dos meses), y él me mandaba a cambio las llaves. Y había que ser muy tonto para no aceptar.  

    Embriagado por la alegría, se lo conté a mi amiga, quien intercedió oportunamente en mi favor. Se lo conté y mostré, y, mil veces más inteligente que yo, me dijo, escucha. Escuché. Sacudió la cabeza. Vamos, dijo. Fuimos.

    Llegamos hasta la dirección que constaba en el anuncio. No existía ese número de calle. Desde la acera me quedé mirando la fachada durante largos segundos. Mi decepción fue grande, y entre la frustración, la rabia y la admiración, pensé: Cómo puede haber gente así.

           Una vez, hace unos cuantos años, aunque en fechas posteriores a los casos citados hasta ahora, recibí un correo electrónico de Amazon. Se me alertaba de que mi cuenta estaba bloqueada, o en peligro, o yo que sé. Por seguridad debía clicar en el enlace, y una vez allí cambiar la contraseña. Y para ello debía introducir primero mis datos personales: nombre y apellidos, teléfono, dirección, fecha de nacimiento y… número de la tarjeta asociada a la cuenta. Si no fue la vez que más cerca estuve de picar, será la segunda. Muy, muy cerca, pues me lo creí. Llegó en un momento en que, y lo recuerdo bien, tenía productos pendientes de recibir, lo cual contribuyó a que lo creyera. Cuando, de casualidad —con todos los campos rellenados, y con la yema del dedo índice sobre el botón izquierdo del ratón, y el cursor sobre la opción <enviar>— eché un vistazo más detallado al contenido de la web a la que me había redirigido el enlace del email, sentí un cabreo importante. Panda de hijos de puta, pensé, entre la ira y la frustración y la impotencia, mientras cerraba la página web y borraba el email.

    <<Phishing>>, le llamaban. Una práctica fraudulenta que tenía varias modalidades. Varios tentáculos.  

    Y de estos, si no los he recibido por centenares en el transcurso de los últimos quince años, no he recibido ninguno. Casi todos van automáticamente a la carpeta de spam, pero de vez en cuando se cuela alguno en la bandeja de entrada.

    ¿A alguien más le suena lo que estoy contando?

           Una vez, no hace tanto, unos tres años, frecuentando una de esas mal llamadas aplicaciones de citas, eufemismo de, a mi entender, aplicación de comercio de la carne, una que tiene un fondo rojo, recibí un match. No voy a entrar a valorar los entresijos psicológicos que intervienen en casos como estos, en concreto en hombres heterosexuales, porque creo que sería patético, y no es necesario por el signo del artículo. Solo diré que en ese contexto se daba mi versión más pusilánime, más idiotizada. La chica en cuestión era atractiva, de rasgos asiáticos, y mostraba gran interés. Halagado, me dejé llevar.

    Tampoco ahora está en mi deseo aburrir al lector (lo siento por los más morbosos), por lo que, en resumidas cuentas, diré que, tras pedirme el teléfono en la segunda frase, tras el hola-qué-tal de rigor, me empezó a contar su historia, ya por WhatsApp. Era trágica pero verosímil. Tenía estructura, digámoslo así. Digamos que no estaba improvisada. Contaba que tuvo una terrible experiencia conyugal, y que cuando salió de ese infierno doméstico se halló sola, desamparada y con graves problemas económicos. Pero un tío suyo la auxilió. Gracias a él había logrado salir a flote. Resultaba que el tío en cuestión tenía acceso a un mercado de acciones relacionado con las criptomonedas. Un acceso privilegiado. No había riesgo y era infalible (había que hacerle un monumento a ese tío), y ella tenía la gentileza y humanidad de compartirlo conmigo.

    Se tomó su tiempo, unos días dorándome la píldora, hasta que me pasó un enlace, y yo lo cliqué. Ella (o quién diablos fuera) me insistía: regístrate —venía convenciéndome desde casi el principio— e invierte. Con una pequeña aportación podrás multiplicar exponencialmente tu dinero. Ajá, pensé.

    En esta ocasión mi salvación fue una mezcla de mi virtud, el miedo, y de mi situación, o condición social habitual, la pobreza (la cual, insisto, es fuente de grandes ventajas… por ejemplo, y sin ir más lejos, le impide a uno invertir). No puedo invertir, recuerdo que le dije varias veces. Por mucho quiera, y no quiero porque no me fío de ti, pensaba, no puedo. Si llego a tener dinero… quién sabe.

    Pocos días después, y tras un desinterés creciente y patente, el recuadro de su foto de perfil de WhatsApp aparecía en blanco, y el resto es historia.

           Una vez, suceso cronológicamente anterior al que acabo de narrar, y en una aplicación distinta, me pasó lo mismo, aunque mucho más elaborado por parte del estafador. Estafadora, en este caso (el mundo de los canallas no distingue géneros). A diferencia de la chica asiática, de quien no puedo certificar el sexo, pues las fotos perfectamente podían haber sido sacadas de internet, incurriendo en otro delito, el de suplantación de identidad, esta era mujer, pues se mostró mediante videollamadas. Me cameló durante semanas, fortaleciendo su puesta en escena con las mencionadas videollamadas. No había duda: existía. Y no había duda: era una mujer. Poco a poco fue desgranando sus problemas, e involucrándome en ellos. Y, poco a poco, dado que a mí todo aquello me resultaba estrafalariamente inverosímil (supongo que ya era menos tonto que antaño), y así se lo iba trasladando, con frases directas al estilo, lo siento pero no me lo creo, ella fue subiendo la apuesta. Empezó contando que no llegaba a fin de mes, y que estaba en el paro. Luego salieron a la luz supuestas deudas. Un poco más tarde, introdujo a una supuesta hija, a quien no podía mantener. Y quien, curiosamente, nunca estaba con ella. Si no recuerdo mal, estaba enferma, y necesitaba medicinas, por supuesto carísimas y de difícil acceso para una pobre madre soltera desamparada. El padre, en fin: ni me acuerdo cuál era su paradero, pero por supuesto no podía ayudar. El Gobierno de su país… tampoco iba a asistir a una madre soltera sin recursos. Finalmente, supongo que ya a la desesperada, días después, contó que se había metido en un problema legal gordo, y que estaba a un paso de acabar en la cárcel. Es obvio deducirlo, pero quizá no está de más aclararlo: me pedía dinero. Aunque insisto: ella fue inteligente, meticulosa, y lo peor de todo, paciente. No me lo pidió hasta pasadas unas semanas. Toda esta historia, cabe añadir, enmarcada en la distancia, pues ella vivía lejos, en una remota población francesa. No me apetece revivirlo al detalle, y sigue sin ser necesario, pero solo un apunte: conseguí que me mandara su ubicación. No procedía de Francia, sino de Costa de Marfil.

    Ya deducen, queridos lectores, la continuación, y lo que me salvó, pero, por si acaso lo diré: acabó esfumándose, y ser yo pobre contribuyó a su desaparición.   

    La frustración y el cabreo, en ambos casos, en especial en el segundo, fueron mayúsculos. Zorra hija de puta, pensé; hay que ser psicópata para pergeñar algo así.

    Desgraciadamente no fue un caso aislado, y aún hoy siguen dándose. Casi todos suceden en esa aplicación de fondo rojo, y si sirve de algo, lo denuncio en este párrafo.

           Una vez recibí un SMS. En esta ocasión era de Correos. <<Su paquete está a la espera de ser recogido>>…

           Una vez recibí un SMS. Era de Netflix. Mi cuota no había sido abonada. <<Por favor, acceda al enlace y efectúe el pago>>…

           Una vez recibí un SMS. Era de MRW…

           Una vez, hace poquísimo, recibí un email. Era de <<nadie>>. En el asunto: <Hemos intentado contactar con usted – ¡Por favor, responda!>.

    En el cuerpo del mensaje:

    Tenemos un mensaje importante para ti!

    Lo transcribo tal cual, pues lo tengo delante.

           Una vez, no hace tanto, me hice una cuenta nueva en Wallapop, pues debía desprenderme de mobiliario y trastos variados. A los pocos minutos de tener la cuenta activa, me llegaron algunos mensajes. Supuestos compradores estaban interesados en mis productos ofertados…

           Una vez recibí un mensaje por WhatsApp. Era alguien que decía conocerme. Como si fuera un juego, me proponía que lo adivinara. Le bloqueé.

           Una vez, lo que considero LA VEZ, hace cosa de año y medio, entré, como cada mañana, a mi cuenta de Instagram (para cotillear en las vidas ajenas, por qué negarlo), descubriendo que no tenía acceso. Tampoco lo tenía a Facebook, ni a Twitter. En paralelo, un email de Meta me alertaba de que alguien desde Hanoi había entrado a mis redes sociales. A partir de ese momento, intercambio de correos electrónicos con supuesto personal de Meta. Yo no he hecho nada, me han hackeado, maldita sea… Pero de nada sirvió. No sé qué hicieron los ciberdelincuentes, pero el resultado final es que no pude recuperar el control de mis redes sociales; desaparecieron.

    Facebook, Twitter e Instagram, hasta nunca. Pero no quedó hay la cosa: fue un efecto dominó. Al cabo de unos días “cayó” LinkedIn; al cabo de unos días más, mi cuenta de Airbnb… Al cabo de aproximadamente un mes, el plato fuerte: una llamada de la oficina antifraude de mi banco me alertaba sobre una intromisión en mi cuenta bancaria. Alguien había intentado hacer un bizum de veinte euros. A diferencia de Meta, en el banco fueron competentes, y no pasó nada. Bueno; casi nada. Cambio de tarjetas y una nueva ficha virtual de cliente.

    Pasó la tormenta, hice redes sociales nuevas (aviso a navegantes: ahora con contraseñas de cincuenta dígitos compuestas por una combinación de letras, números y signos —en serio—, y protegidas mediante la verificación de seguridad en dos pasos), y ya solo me quedaba olvidarme de ese desagradable episodio.

    No obstante, una pregunta me quedó rondando por la mente durante semanas: ¿por qué? ¿Por qué cojones hacen algo así? Es hacer el mal por el mal. Gratuitamente, pues está claro que a mi poco iban a chantajearme. (¿Recuerdan ustedes lo de las ventajas de ser pobre?).

    ¿Por qué? ¿Por qué —pensaba, entre risas, desesperación, rabia, impotencia y tristeza— existe tal cantidad de hijos de puta en el mundo?

           Una vez, que corresponde a hoy, a ahora, mientras escribo este artículo, y lo juro… acabo de recibir un SMS. Es de la DGT. Dice así:

    DGT: Dispone de 24 horas restantes para pagar la multa del **/**/2024. Consulte en el siguiente enlace: http://…

    “Dispone de 24 horas restantes…” No le vendría mal, a esta panda de malnacidos, un cursillo de sintaxis.

           Una vez, hace mucho…

          Una vez, hace poco…

    Hoy…

    Mañana…

    El año que viene…

           Una vez, recientemente, entré en una red social, no importa cuál, y comenté una publicación, no importa el contenido. Me sonaba sospechosamente fraudulenta la persona que lo publicaba, por lo que, sin poder contener mi rabia —acumulada durante años, valga decir en mi descargo—, me despaché a gusto con mi comentario (no importa qué pusiera; lo importante es el hecho en sí). Vehemente hostilidad, y rebasando por bastante la línea que separa el respeto de la mala educación. Me quedé tan pancho, y durante unos minutos pensé: Que se joda. Que se jodan toda su progenie. Me cago en él/ella, en todos sus ancestros, en todos sus descendientes, y en todo lo que este relacionado con ellos. Y, aunque dicho con un poquito más de refinamiento, ese venía a ser el mensaje central de mi(s) comentario(s).

    No me siento orgulloso, ni ahora ni cuando lo puse, pero quizá algunos o muchos de ustedes puedan entenderme: la ira es una emoción que se alimenta de sí misma, y que no tiene reparo ni dificultad para desbocarse. Cuando uno es rehén de ella, es casi imposible domarla. Al menos en fases iniciales. Yo me encolerizaba más y más a medida que tecleaba. Era como si toda la frustración, impotencia, y, por supuesto ira que tenía acumuladas, confluyeran allí y entonces.

    Tras “descargarme”, pasaron unos minutos. Transcurridos los cuales, recibí una respuesta a alguno de mis comentarios. Lo escribía la misma persona que firmaba la publicación, simiente de mi enajenación. Era una chica. Me recriminó airadamente mi actitud, muy ofendida. Y se le sumó un pequeño rebaño de aliados improvisados, ciberdefensores, quienes me avasallaron con reproches. Hicieron lo propio: pusieron sobre la mesa mi pésima actitud y mi inaceptable falta de respeto, y, metafóricamente, me dieron escobazos para que me largara. Una mierda me iba a largar; la ira seguía centelleando en mi interior; me trepaba por la garganta hasta explosionar en mi cerebro, y en ese estado de enajenación, era incapaz de siquiera valorar la posibilidad de que se me estuviera yendo la olla, atacando salvajemente a un usuario inocente.

    En cuestión de minutos se organizó una suerte de guerra virtual. Los bandos eran, por un lado yo, y por el otro, un ejército de desconocidos. Todos ellos disparaban su munición contra mí. Yo la iba esquivando o absorbiendo, y luego contratacando. Y durante la siguiente hora, intenté arremeter contra todos, enzarzado en varios frentes. Incapaz de canalizar el odio, ciego por él, iba saltando de uno a otro, contestando a cada uno de sus despectivos comentarios hacia mí.  

    Poco a poco fue recobrando la cordura, entendí que me había equivocado, que la persona que había detrás de esa publicación que tanto me enervó, no era ningún timador, y que bueno; había metido la pata. Me fui calmando, y terminé por cesar. Del todo. Tanto que borré mis malsonantes comentarios y me rendí. No obstante, antes de retirarme de esa red social, y de esa guerra absurda que yo había propiciado, antes de cerrar el portátil, vi un último comentario injuriándome gravemente: ¡blablablá!, y ¡blablablá! Punto. ¡Blablablá! <<¡No se puede tener ese odio!>>, era la frase que cerraba el mensaje.

    Yo también cerré, el portátil y la luz. Me tumbé en la cama (Virgen Santa; pasaban treinta minutos de la una de la madrugada), exhalé un profundo suspiro y cerré también los ojos.

    No se puede tener ese odio. La frase pululaba por mi mente sin cesar, como una mosca molesta e insistente que zumba alrededor de nuestra cabeza sin cesar. No se puede, no se puede… Me revolvía en la cama, incapaz de conciliar el sueño. Estaba en un estado adrenalínico. No se puede tener ese odio fíjate donde te lleva ese odio a atacar a personas inocentes. Ya no sabía en que postura ponerme. Auguraba una noche en vela. Me sentía mal, entre avergonzado y culpable.

    Tenían razón: no se podía tener ese odio. Tenía que relajarme y recapacitar…

    Lo haría… hasta la siguiente cabronada.

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    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
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    – José Saramago

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    ¿Cómo puedo ayudarles?, cuéntenme (dinero no tengo).

  • (IV) La tecnología, el progreso y la madre que los parió

    (IV) La tecnología, el progreso y la madre que los parió

    Luz y tinieblas

    Pertenezco a esa generación a la que, con acierto y por lógica, bautizaron como <<generación del milenio>> o <<milenial>>. De la primera hornada, vale, pero de ese grupo poblacional. De hecho diría que los primeros en llegar degustamos mejor el proceso de transformación que se avecinaba. Cuando llegas primero a un lugar, a un campo de futbol, a la cola del cine, a un concierto, a las rebajas, a una conferencia que te interesa, gozas de unos instantes previos para situarte, para pensar acerca de lo que sucederá, de algún modo para prepararte mentalmente, y para colocarte en el mejor sitio. No es buena, o del todo acertada esta comparación, pues nosotros no sabíamos qué se acercaba. De hecho, no lo sabía nadie. Pero por lo menos estuvimos en una primera fila, o en una buena ubicación para presenciarlo como espectadores de lujo.

    Solo existía una aproximación, bajo un supuesto titular ambiguo: se está cociendo una revolución social sin parangón, especialmente notoria a nivel tecnológico.

    Solo quedaba sentarse a esperar y ver.

    Y llegó.
    Y fue abrumador.
    Arrollador.

    En una palabra: fascinante.

    A cualquiera de esa generación que se le consulte, coincidirá: los cambios eran constantes, alucinantes y exponenciales.

    Viniendo de la nada, de jugar en la calle, a la pelota o a lo que fuera, empezabas con un ordenador que era un armatoste, que venía en dos piezas, monitor por un lado, teclado por el otro, y que debías unir, conectar entre sí para poder usarlo. El fondo de pantalla era en verde pera, y las letras que se superponían en blanco. Todo el conjunto pesaba un quintal. El software se ejecutaba mediante unos prodigiosos ocho bits, y los programas y juegos se ejecutaban tras insertar cintas de casete en la correspondiente ranura del teclado, y darle al play.  Y voilà; se obraba la magia. Mediante el propio teclado, o conectándole a él un futurista joystick, podías controlar lo que sucedía en pantalla. Que no era mucho: juegos y programas de una simplicidad apabullante, pero que eran una fantasía para los que entonces éramos niños, y veníamos de jugar a la pelota, o el escondite, como entretenimientos más sofisticados. Para nuestros padres, los pertenecientes a la generación precedente, debía ser incluso más alucinante. Pura hechicería.

    Es que uno se quedaba boquiabierto comprobando cómo, al insertar una cinta de casete (clec al cerrar la tapa; audibles ruidos que acentuaban la tosquedad del aparato) y darle al play, se reproducía algo en pantalla. ¡Cintas de casete!, cuyo uso estaba reservado en exclusiva para reproductores de música, ahora tenían otras utilidades.

    La aparición de estos primeros ordenadores, que les llamaban de uso personal, y que se conseguían por el desorbitado precio de, más o menos, mil ochocientos euros (trescientas mil pesetas, años ochenta; una locura para la época), significó un cambio de paradigma.

    Su implantación fue lenta. Poco a poco fueron fabricándose más, y por las leyes que regulan el mercado, los precios fueron rebajándose. De lujo pasó a objeto cotidiano.

    La revolución estaba servida.

    Con el pasar de los años, como sucede con casi todo, quedaron relegados al olvido, enrollados en papel de burbujas y guardados en desvanes, pero habían cumplido su misión principal: introducirnos en la revolución tecnológica. Ya nada volvería a ser como antes…

    Olvidados en detrimento del siguiente invento revolucionario, que se tomó su tiempo en llegar, pues el progreso era un ser que aún gateaba.

    La industria del entretenimiento infantil (y no tan infantil, la verdad) sorprendió al mundo con el lanzamiento del más alucinante de los productos tecnológicos fabricados hasta la fecha por el ser humano (quizá estoy exagerando, pero si lo estoy haciendo, no por mucho): la Nintendo Entertainment System, o mejor conocida por sus siglas, NES. Aquel aparato electrónico, con forma de caja de zapatos, de aspecto igual de tosco, y más bien pesado, incorporaba, dentro de sus circuitos y chips ¡más de cincuenta juegos! ¡Y gratis! Bastaba con hacerte con una unidad de esas cajas de zapatos electrónicos, enchufarla a la corriente, mediante otro cable a la parte trasera del televisor, al frontal del cacharro conectarle un mando, y ya podías hincharte a jugar hasta que te supuraran las pupilas.

    ¿Quién, que niño de entonces, ajeno a esos prodigios, no hubiera matado por poseer una?

    ¿Y quién, en su sano juicio, añoraba al mamotreto ordenador de la pantalla verde?

    A la portentosa NES la gobernaban, de nuevo, ocho bits. No sabíamos un carajo de bits, ni los niños ni los adultos, pero, fueran lo que fueran, nos parecían un montón. No uno ni dos, ni seis ni siete: ¡ocho!

    Y los juegos que su memoria incorporaba, a pesar de ser, objetivamente, de estética cutre y jugabilidad limitada, eran una maravilla, y significaban una diversión infinita.

    El proceso de consolidación en el mercado de la legendaria NES fue relativamente rápido, y se tradujo en años de auténtico deleite. La humanidad rebañaba la década de los ochenta, y viejas costumbres infantiles como las de salir a jugar a la plaza a la pelota, o a corretear por ella, seguían presentes, pero pudieran estar en próximo peligro de extinción. La actualidad se regía por otros códigos: sentarse delante de un televisor y exprimir los minijuegos que incorporaba la fabulosa NES, era lo que empezaba a estilarse.

    La tecnología, al menos en lo concerniente a los videojuegos, había tocado techo.

    O quizá no.

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    El progreso se volvió bípedo. Y enseguida empezó a desarrollarse, a crecer: un proceso evolutivo que generaba tanta expectación como cautela.  

    La entrada en la última década del siglo XX trajo consigo una sorpresita, grata en extremo: la aparición de una versión mejorada de la mítica NES: la Super Nintendo, o SNES por sus siglas. El departamento creativo de la empresa tendría que haber dimitido en bloque, pero por lo demás, ojos dilatados en medio de una expresión de perplejidad cuando llegaron a las tiendas, y emoción desbocada cuando llegaban a nuestros hogares. La estética del aparato era similar, pero ahora ya no eran ocho de aquello que llamaban bits, ¡sino diez y seis!

    ¡Guau! ¿Quién podía resistirse? (¿Y qué coño eran bits?).

    Y se notaba ese incremento numérico: juegos mucho más sofisticados, más coloridos, con tramas más elaboradas, en definitiva, mayor jugabilidad.

    Por cierto, cabe matizar: fueron dos las sorpresitas que, a nivel de videoconsolas, trajo consigo la llegada de la nueva década. La segunda fue una versión portátil, del tamaño de una mano, llamada Game Boy, la cual tampoco dejó indiferente a nadie. Con independencia de los bits que tuviera ese cacharro en su interior, que seguíamos sin saber qué diantres eran, la novedad era que ahora ¡era portátil! No podía ser posible. Si existía un hándicap con la NES, que no solucionó la SNES, era el de que no podías moverte del cuarto. Pues ¡ahora sí! ¡Ahora podías salir a la plaza, y sentarse en un banco a jugar!

    Jugar a la pelota, o a cualquier cosa que implicara contacto e interacción humana, seguía vigente… pero ya no era tan, tan… habitual. Empezaba a ser tendencia invitar a tus amiguitos a casa, a viciar (término acuñado entonces —al menos donde yo me críe—, que hacía alusión a lo evidente, y que, según me consta, aún hoy, en 2025, se usa) a la videoconsola, en detrimento de otras actividades. (No lo he mencionado, y no sé si es necesario —tal vez sí para los más jóvenes que lean esto, para los más ancianos, y/o para los desinteresados en torno a los videojuegos—, pero cualquier unidad de NES o SNES incorporaba dos ranuras frontales para los mandos, con lo cual podías jugar conjuntamente con algún amiguito del barrio; competir con él).

    Estoy poniendo el foco en la industria de los videojuegos, porque es lo que más y mejor recuerdo, pero por supuesto los tiempos estaban cambiando, a pasos agigantados, en todos los ámbitos tecnológicos (y no solo tecnológicos). Todo cambiaba, avanzaba, mejoraba, pero por lo menos las respectivas industrias nos daban margen para que nos aclimatáramos a los cambios; a las innovaciones. 

    Pasó el tiempo, y las unidades de NES, que fueron vendidas por millones alrededor del mundo, fueron quedando obsoletas, también guardadas en desvanes —a expensas de convertirse en reliquias—, pues ahora teníamos un nuevo amor.

    Las NES habían costado, igual que sus coetáneos ordenadores, pequeñas fortunas, pero habían sido amortizadas. Yo, por ejemplo, le exprimí todo el jugo, y si accedo a mi memoria puedo rescatar, sin problema, una imagen bastante nítida de mis mandos, los botones desgastados por el excesivo uso. Aunque en mi defensa debo aclarar que no fui, ni de lejos, el único que vició hasta la saciedad.

    La Super Nintendo —¡qué maravilla!— había llegado para quedarse, para siempre.

    El progreso era un ser cada vez más adulto. 

    La marca japonesa Nintendo había hecho historia, y casi monopolizaba el sector de los videojuegos. Su producto estrella era el mítico Mario Bros, quien vio crecer a toda una generación. Fue como un hermano mayor. 

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    Y para los díscolos, o inadaptados, existía la competencia, SEGA, capitaneada por el erizo que corría como el demonio, llamado, todos lo recordamos, Sonic.

    Hace nada mencionaba que ponía el foco en el sector de los videojuegos, lo cual, en parte, era por egoísta nostalgia, pero ya he dicho todo lo que quería decir en torno a ello, y había vida más allá de la NES, la SNES, Mario y Sonic. Mucha más.

    Reitero que el mundo era un torbellino de cambios, los cuales afectaban a todos los sectores. El signo de este artículo quiere hacer referencia a los tecnológicos, por lo que seguiré omitiendo los avances médico-científicos, sociales, políticos, etcétera.

    Para continuar quisiera rebobinar un poco la cinta, y, amparándome en esta metáfora, muy oportuna, quiero mencionar las cintas de VHS. Las míticas cintas de VHS, que nos acompañaban desde los ochenta (y que nuestros padres generación Xtanto gozaron), iban camino de la desaparición (haría una breve reseña de la precedente cinta Beta, pero como no me compete por edad, lo omitiré). Ambas generaciones habíamos convivido con el VHS, y ambas lamentamos su progresiva desaparición. Yo aún puedo recordar como, con amargura, iba guardando en cajones y armarios las montañas de cintas que fui acumulando durante años (algunos de sus ejemplares aún conservo, y mientras escribo estas líneas me basta con girar la cabeza para localizarlas. Ahí están, pudriéndose ignoradas, pero qué recuerdos). Su contenido era variado; programas grabados de la televisión; películas; series de dibujos; filmaciones caseras… No obstante, supongo que fue más triste para los miembros de la generación de nuestros padres, en especial todos aquellos que le tuvieran cariño al icónico sistema de video VHS, pues a su extinción había que sumarle que ya venían del funeral del vinilo, al que substituyó, al menos parcialmente, y por supuesto provisionalmente, la cinta de casete. Y pronto tendrían que pasar por otro mal trago, pues la inminente aparición de una cosa llamada discman, erradicaría, a su vez, a los casetes.

    ¡Maníaca vorágine de cambios! ¿Dónde, y cuándo, terminaban esos cambios? ¿Terminarían?    

    (Chao, arcaicas cintas de casete. Chao, legendarias cintas de VHS. Un recuerdo en forma de homenaje para los vinilos).

    Hola, cintas en forma de disco, llamadas DVD.

    Si los ochenta fueron transformadores, análogamente, pasar de una foto sepia con baja resolución a una a todo color con miles de píxeles, los noventa fueron una locura; un tsunami de innovación.

    (No estoy siendo preciso en cuanto a fechas durante este recorrido nostálgico, pero valga la aproximación). 

    Para nosotros, los niños y niñas ochenteros, quienes, siguiendo la estela de este viaje, ya empezábamos a tener vello en el pubis, las sucesivas desapariciones fueron poco traumáticas (cuestión generacional, claro; éramos más dados a los cambios). Pero sobre todo estábamos más abiertos al progreso por una sencilla razón: porque el substituto de turno mejoraba lo anterior. E incluso por otro motivo: porque no nos dejaban desamparados. Es decir, no existía ni un solo hueco temporal; ningún tiempo muerto entre un invento y el siguiente durante el cual tuviéramos que esperar, resignados, de brazos cruzados.

    A la SNES, por ejemplo, retomando la senda de las videoconsolas, la lloramos todos cuando llegó la hora de su muerte, pero nos olvidamos pronto de ella (otorgándole un lugar privilegiado en los desvanes), pues llegó una mejor: la Nintendo 64. Todo bien, pues nuestro héroe de confianza, el señor Bros, seguía entre nosotros (y para los inconformistas, Sonic también seguía presente), y porque… porque… ¡¿Cómo?! ¡¿Era en serio?! Nintendo 64: ¡Qué clase de mundo de ciencia ficción habitábamos?!

    El número, correcto, correspondía de nuevo a los bits, y, ahora sí, a finales de los noventa, ya empezábamos a saber qué eran, al menos superficialmente. Eran unas unidades de procesamiento que permitían, a mayor número, mayor velocidad, mejores gráficos, mejor jugabilidad y, en definitiva, mayor disfrute.  Nos familiarizamos con esos conceptos técnicos gracias a otro producto tecnológico, que, en paralelo, también progresaba a pasos agigantados: los ordenadores de sobremesa.

    Intel se llevó la palma en ese sector, fabricando y mejorando el hardware a un ritmo trepidante, y el mérito en cuanto a software, al menos al principio, al menos en líneas generales, al menos en España, es de indudable autoría: Microsoft.

    A las puertas del nuevo siglo, y del nuevo milenio, la implantación y consolidación de los ordenadores de sobremesa, sí supuso un cambio radical de escenario.

    La diferencia importante no procedía, al menos directamente, de esos aparatos a los que se les conectaba un monitor, un teclado y un ratón, sino del invento que venía asociado a ellos, y que, eso sí, ahora sí, sin ningún género de dudas, revolucionó al mundo: Internet.

    Hasta ahora, y nadie lo hubiera pronosticado, todo era menor; un aperitivo. Pero la llegada de Internet, eran palabras mayores, en mayúscula y negrita. 

    El propio nombre nos sonaba a chino, y su utilidad, al menos en fases iniciales, superaba nuestra comprensión. Lejos andábamos (todos, incluidos los propios diseñadores, según reconocieron públicamente algunos en su momento) de conocer el verdadero alcance. Puede que fuera la primera vez que el ser humano fabricaba algo que realmente escapaba a su conocimiento y control. Jugar a ser Dios. Ese descubrimiento sí que fue la bomba.

    Porque, si no lo he entendido mal, me estaban diciendo que ahora, además de poder jugar a mis juegos favoritos en la videoconsola, ¿podía desplazar mi trasero hasta otro asiento, el de la mesa de escritorio de mi habitación, y jugar a otras cosas, en otro dispositivo y modalidad? ¿Sí? ¡Genial! A este paso no iban a verme el pelo en la calle.

    Espera, espera un momento. ¿Me estaban diciendo que ahora, además, podía jugar con otras personas —llamados usuarios—, desconocidos que se ubicaban en cualquier parte del planeta? ¿Podía, por tanto, sobrepasar las restricciones que la precaria inteligencia artificial usaba para controlar los videojuegos de plataformas de unas limitadas videoconsolas? ¿Podía, en definitiva, interactuar, lidiar, bregar con o contra una inteligencia superior, esto es, otro ser humano? Un momento un momento un momento… Y además de jugar con otros, o contra otros, mediante esa nueva versión de los ordenadores de sobremesa o uso personal, mediante esas máquinas rectangulares llenas de lucecitas, ¿podía establecer contacto con otros de mi especie, de ambos géneros, en otros entornos, como, por ejemplo, salas de chat?

    ¡¿Cómo?!  

    ¡¿Era en serio?! ¿Eso era lo qué nos deparaba el siglo XXI?

    Sí, así era. Y bastaba con conectar tu ordenador a eso que llamaban internet mediante un cable telefónico. Ni idea de cómo funcionaba esa milagrosa tecnología, pero ¡funcionaba! Y más valía que te adaptaras pronto, porque eso sí había llegado para quedarse.

    Aún recuerdo, también con buena calidad de imagen, el proceso de conexión. Había que teclear nuestro número de teléfono fijo, y esperar unos segundos. Seguía el sonido de una marcación, y de inmediato una sucesión de pitidos estridentes, encapsulados debajo de una especie de crepitar de estática, y listo: ya tenías acceso libre y total a la red. Obraba tal magia un aparatejo llamado modem de 56k. Por cierto, ¿a qué demonios correspondía esa <<ka>>?

    Pronto lo averiguamos, e integramos a nuestra cotidianidad. <<K>> se derivaba del prefijo kilo, que representa el millar. La palabra completa era kilobit. Vaya por Dios: ya no estábamos hablando de decenas de bits, ¡sino de millares!

    El progreso había crecido una barbaridad. Estaba irreconocible. Era adulto, con todas sus funciones completamente desarrolladas, y te quedabas atónito al ver hasta dónde había llegado; las metas que había logrado. 

    Quisiera detenerme muy brevemente en este punto, pues, para mí, la incursión en las mencionadas salas de chat significó un punto y aparte. En mi opinión, ponían la primera piedra de la nueva sociedad que se estaba construyendo. El preludio de lo que, en un futuro no tan lejano, serían las relaciones sociales. Hoy es la consumación de ese inicio, o un punto muy avanzado, pues gran parte de nuestra comunicación, aunque en general, de nuestra actividad, acontece en Internet. Hoy, la mayoría estamos abonados, entregados a las redes sociales, y cada vez tienen más adeptos. Las nuevas generaciones ya no conciben la vida sin el mundo virtual. Antaño era una suerte de prueba piloto.

    Te sentabas frente al teclado y el monitor, entrabas en alguna de esas misteriosas salas de chat, y te ponías a teclear. Entablando contacto con personas anónimas, de cualquier género, nacionalidad, edad y credo, te sentías poderoso, y además resultaba de lo más cómodo. Era tan misterioso y emocionante como tal vez peligroso, y pasaré de puntillas sobre mis propias experiencias, pues las hubo de todo tipo, tanto buenas como malas.

    A mí y a los de mi quinta nos pilló saliendo ya de la adolescencia, motivo por el cual pudimos explorar este nuevo mundo con mayor conciencia (aunque la conciencia en los veinte es bastante tosca): digamos que veníamos entrenados.

    Una nueva forma de interacción se abría paso ante nuestros estupefactos ojos. Por extensión, se ampliaban nuestros círculos de amistades. Por extensión, cambiábamos nuestros hábitos de comportamiento. Por extensión… nos transformábamos como sociedad. Y nosotros, los que por aquel entonces ya nos afeitábamos, fumábamos e íbamos en moto, en cierto modo, fuimos los conejillos de Indias.

    Entablar comunicación con personas conocidas de localidades próximas, y/o con perfectos desconocidos residentes en distintos lugares, con independencia de la distancia geográfica, empezaba a ser la norma. Y todo con la seguridad y tranquilidad que te proporcionaba el anonimato.

    Qué mundos maravillosos nos brindaba la modernidad.

    Y con qué más nos podía sorprender el progreso, un ser adulto que ya era autónomo, e intelectualmente muy dotado.

    Y ahora voy a seguir escribiendo, chateando con esa persona que me gusta, que se halla al otro lado del monitor, y a la vez lejos, de quien no conozco ni su aspecto físico, y quien me ha dado unos datos biográficos que no puedo saber si son ciertos.

    ¿Pero qué alternativa tenía? ¿Salir a la calle a hablar con personas de carne y hueso? ¿Salir a la calle ha jugar a la pelota? Eso era prehistórico. Ahora podía descargarme un juego de futbol en el ordenador, y hablar con decenas de personas virtuales, a cuál más fascinante.  

    Veías y vivías los avances, e intentabas estar actualizado. Lo que antes era una modesta tiendecita de barrio donde conseguir productos básicos de primera necesidad, en el siglo XXI devino en un macrocentro comercial con infinidad de tiendas y de productos. En los medios de comunicación se daban noticias, con relativa frecuencia, acerca de nuevas innovaciones tecnológicas venideras. Noticias sólidas, contrastadas, pues aún nos quedaba un poco lejana la era de las fake news. Y la gente se hacía eco de ello; en la calle, en el trabajo, en casa. Y el siglo veintiuno no defraudó.

    Pero que no cunda el pánico. Los mileniales de la primera camada estamos preparados para afrontarlo. Que vengan cuantos cambios o avances quieran.  

    Que vengan cuantas videoconsolas quieran, y con un millón de bits, si les place. Y que mejoren el hardware de los ordenadores tanto como quieran. Nos adaptaremos, en el nombre del progreso.  

    ———————————————————

    El ordenador de sobremesa que habías comprado ya no se podía ampliar, pues algunas piezas habían quedado obsoletas. Está bien; lo hemos amortizado. Ahorraremos, y comparemos otro. El progreso es fabuloso.

    ———————————————————

    ¿Al portátil le pasaba lo mismo? Vaya por Dios. Pero bueno, es comprensible, pues ya tiene, cuántos, ¿cuatro años? ¿Cinco? Está anticuado. Hay que cambiarlo; qué remedio.

    ———————————————————

    — No se puede.

    — Pero, señor vendedor, disculpe: es que me compré la videoconsola hace apenas tres años.

    — Ya, pero el juego que usted quiere tiene un formato de disco que no es compatible.

    — ¿Entonces?

    — Entonces tiene que cambiarse la videoconsola: no queda otra.

    ———————————————————

    — Pero, ¿cómo voy a cambiarme el móvil? Si tiene un año.

    — Pero se ha quedado obsoleto. A parte de que tiene muy poca capacidad, bueno, es que ya no se reparan.

    ———————————————————

    — ¿Cómo que no puedo conectar estos auriculares en este móvil? Si es nuevo.

    — Ya, pero recientemente han eliminado las conexiones analógicas. Este ya no tiene Jack. Ahora va por bluetooth.

    ———————————————————

    Está bien, calma. Son los cambios inherentes al progreso. Respiremos hondo. Pero a este paso van a arruinarme.

    ———————————————————

    — Sí, si quieres lo reparamos. Pero claro, por unos doscientos euros más, tienes el modelo nuevo.

    — ¿Y qué cambia?

    — ¡Hombre! Dos años más de tecnología. Supone un cambio radical.

    ———————————————————

    En serio; respiremos hondo, y encomendémonos a Buda.

    ———————————————————

    — ¿Formato MP3? ¿De qué siglo procedes?

    ———————————————————

    — ¿MP4? ¿Qué tal si te actualizas un poco?

    ———————————————————

    — Normal que vaya lento. ¿Es que no te has enterado de que ahora los ordenadores usan discos SSD? ¿Y dónde vas con ocho tristes gigabytes de memoria RAM? Más te vale comprar uno nuevo.

    ———————————————————

    — No, no, no. Es el ocaso del 3G.

    ———————————————————

    — ¿Pero tu móvil no tiene tecnología 4G?

    ———————————————————

    — ¿Aún vas con 4G, hombre de Dios?

    ———————————————————

    — Está bien. Mire, señor vendedor. Tengo el último modelo de iPhone. Lo pagare a plazos y me pasaré el resto del año alimentándome a base de sopas de sobre, pero por lo menos estoy al día.

    — Ha hecho usted bien.  

    — Ya. El caso es que carga muy lento.

    — Permítame… Ajá. Lo que ocurre es que su viejo cable de corriente ya no es efectivo. Ahora usan el tipo C. Y el cabezal también debe cambiarlo, porque el conector es distinto. Espere.

    ————————————————————-

    En serio, calma. Calma. No perdamos los nervios. En el nombre del progreso, calma.

    Picture of Dylan D. Doe

    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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  • (I) Gracias

    (I) Gracias

    Luz y tinieblas

    Al pasado es adonde quisiera dirigirme para empezar. No es fácil, pues varios pasajes del mismo aparecen bastante borrosos: el pasado es como una carretera secundaria abandonada, maltrecha donde ahora crecen matojos entre las grietas en el asfalto, producidas estas por el corrosivo paso del tiempo, y donde solo algunos tramos permanecen en aceptable estado de conservación. 

    (Aunque quizá mejor así. Quizá mejor no recordar los detalles).

    Quisiera asimismo iniciar este blog con esta primera publicación, dedicada a los agradecimientos.

    Empecemos pues.

    Gracias, calurosas, a todas aquellas empresas situándonos cronológicamente entre el final del siglo XX y el principio del XXIque me contrataron… y luego me echaron. Empresas de distintas envergaduras desde pequeños negocios familiares, pasando por pymes y llegando incluso hasta a alguna filial de multinacionaly ramos.

    Empresas, muchas de ellas, que pagaban un dignísimo raquítico jornal, y se pasaban los derechos laborales (en especial los relacionados con la seguridad) por el Arco del Triunfo.

    Gracias.

    Gracias, un poco más tarde, a empresas y autónomos del sector de la informática. En este punto, y transitando por esa carretera maltrecha (y oscura, para añadirle más elementos dramáticos), gracias destacadas por las promesas de contratación que no se materializaron. Por las modificaciones imprevistas de contrato, o de condiciones, cuando sí me contrataban. Por las nulas aspiraciones de promoción (enmascarada su nulidad en alentadoras y sofisticadas promesas bajo el enunciado: Ya veremos). Por el arrinconamiento profesional, y por el relativamente frecuente trato discriminatorio en base a la edad, y del cual subyace el motivo principal o único para mantener tales fantásticas condiciones laborales: la inexperiencia.

    Gracias de corazón.

    También para las empresas de trabajo temporal (ETT), maravilloso invento, y por la impecable labor, trato excelso, grandilocuente retórica e increíbles oportunidades laborales ofrecidas por los sucesivos departamentos de RRHH. Siempre tuve la sensación, y con ella me quedé, de que debía estar entera y eternamente agradecido por las inmejorables condiciones de precariedad con las que salía de alguna de sus oficinas. Pues, aunque sea con años de retraso, décadas, ahí va: ¡muchas gracias!

    Y en un futuro de ese pasado, cuando más sinuosa, deteriorada y oscura era esa carretera, y de pendiente ascendente, reaparecieron. Y, en coalición con agencias de publicidad y marketing, perpetuaron los noes frente a una posible contratación.

    Gracias. Gracias.

    Una mención aparte y destacada para aquellas seudoagencias de publicidad, de ámbito local, pero con delirios de grandeza, de estética cutre, trato, a lo sumo cordial —en ocasiones en la frontera de la hostilidad inicial—, que sin embargo se posicionaban como adalides del sector, y te posicionaban a ti, de facto, como un auténtico privilegiado por el mero hecho de traspasar el umbral de sus… locales. Y no quisiera olvidarme de aquellos entramados empresariales, quienes, para resumir, superada su formal exposición (y larga y densa), te pedían dinero (o en su argot, <<una inversión>>) para trabajar.

    Gracias, y un aplauso para ellas.

    Mi especial agradecimiento para tales sectores, y mi admiración por sus depuradas técnicas de hipnosis, con las cuales lograban convencerte, o casi, de que vender alarmas puerta a puerta, o hacer llamadas indiscriminadas para ofrecer productos no solicitados eran la cúspide del sector del marketing. 

    Gracias y gracias.

    Gracias también para las escuelas de formación que te pedían pequeñas fortunas a cambio de títulos que quedaban preciosos enmarcados y colgados en la pared. Titulaciones majestuosas que iban a abrirte las puertas del edén.

    Avanzando por esa carretera cada vez menos practicable (le añadiremos <<solitaria>> y <<perdida en mitad de ninguna parte>> para mayor dramatismo narrativo) no quisiera olvidarme rozando la línea temporal de ese pasado, un presente algo lejanode empresas de distintos ámbitos, pero con el nexo de unión de estar relacionadas con el mundo de la escritura y/o la comunicación, quienes rechazaban mi candidatura mediante floridos textos muy educados, altamente probable, fabricados mediante una plantilla estándar. 

    Gracias también a ellos. 

    Gracias, también, a quienes se me hayan podido olvidar. Cualquiera que considere ser merecedor de mi modesto, aunque afectuoso agradecimiento, lo recibe en este párrafo.

    Gracias, millones de gracias, en definitiva, al conjunto del tejido empresarial. Personas, físicas y jurídicas, quienes, durante un periplo de unos veinte años, se abonaron al rechazo mediante una premisa que se convirtió en lema: <<No tienes experiencia>>. O, en su versión más conciliadora: <<Vaya por Dios. Está todo muy bien, pero quizá te falta algo de experiencia>>. Había más versiones, y otros argumentos, pero ese destacaba por encima del resto; ese se comía a los otros. 

    Gracias. Gracias por ponerlo tan fácil, ser tan empáticos y considerados. Sumamente agradecido por todo… Pero no estén tristes por mí, pues es culpa mía.

    Por mi inoperancia, supongo que inocencia, y por no escuchar.

    Y eso que me lo decían, a menudo. En ocasiones camuflado bajo buenas palabras, con una entonación apropiada, condescendientes. Otras sin tapujos; con la severidad propia de un progenitor duro pero cariñoso. ¿Y quiénes eran esos buenos samaritanos?

    Les llamaré <<Los Seres Guía>>. Proliferaban. Estaban en casi cada curva de ese, a veces sinuoso camino, y te instaban, u obligaban a parar. Y parabas. Y bajabas la ventanilla. Y entonces se apresuraban en darte pequeñas grandes lecciones. Perlas de sabiduría proverbiales.

    Las había para todos los gustos. Las acusadoras: <<Lo estás haciendo mal>>. Las aleccionadoras: <<Lo qué tienes que hacer es…>>. Las insinuantes: <<No es fácil para nadie, pero vamos; tampoco es taaaaan difícil>>, o, <<bueno, si no quieres…>>.  Las de advertencia: <<Como sigas por este camino, veras el día de mañana>>, o <<cuidado por ese camino; no vas a conseguir nada>>.

    Algunas de las mejores eran aquellas que incorporaban varias dosis de agresividad: <<¡Hay que moverse! ¡Si no te mueves no conseguirás nada!>>. Las apremiantes: <<¡Date prisa! ¿A qué esperas?>>. Y mis dos preferidas, las que incorporaban un poco de todo lo mencionado: <<¡Ponte las pilas!>>. Y la mejor: <<¡Trabaja!>>.

    Premio a la concisión, a la clarividencia y, sobre todo, a la lucidez.

    Pero yo, obtuso de mí, imbécil de mí, subía la ventanilla y retomaba mi camino, sin atender a tales palabras, recomendaciones o lecciones.

    Que idiota fui al haber despreciado tantas aportaciones no solicitadas, recargadas de superioridad moral, inspiradas en la experiencia personal del sujeto de turno, que en tantas ocasiones se ponía de ejemplo de éxito en detrimento de mi fracaso. Es de una incompetencia supina por mi parte no haber hecho caso a lo que me decían, con tan buena voluntad, y subordinado al extenso conocimiento que ellos tenían de las realidades ajenas.

    ¡¿Cómo demonios no se me ocurrió moverme y hacer algo?! ¡¿Cómo es posible?!

    En definitiva, en resumen y en conclusión, lo dicho: fue culpa mía que me embarrancara en ese camino, por el que transitamos todos. Si en su momento no conseguí lo que otros, insisto: es exclusivamente culpa mía.

    No obstante, gracias.

    Gracias por intentar guiarme, potenciando mi autoestima, ensalzando mis esfuerzos y reforzando mi esperanza y motivación, e, implícita o explícitamente, señalándome como culpable, o responsable de mi propio colapso.

    Gracias, muchas gracias, pues ello me ha llevado aquí. A hoy. A ahora. Donde la carretera sigue…

    Y ahora, en la actualidad, siguiendo camino por esa carretera cuyo tramo actual es llano, recto, de asfalto nuevo, bien delimitado por las correspondientes líneas divisoras de la vía, perfectamente iluminado mediante potentes farolas, sin peligros a la vista, lo cual convierte la conducción en un gozo, quisiera seguir con los agradecimientos (al fin y al cabo es el leitmotiv de este primer artículo).

    Agradecimientos para todas aquellas personas que en el presente me dan ánimos en este arduo, sacrificado, largo, incierto y solitario, y fantasioso propósito de ser novelista.

    Me fascina comprobar cómo hay cosas en el mundo, ciertos comportamientos sociales, que no cambian nunca. O muy poco. Me maravillo al comprobar cómo la gente sigue tan interesada en señalizar la dirección correcta para los demás, dando pautas, exponiendo las verdades objetivas y absolutas, alertando, corrigiendo si se tercia y, en definitiva, guiando.

    Y yo, que ahora soy solo un poquito menos estúpido, sé valorarlo. Seguro que no en su justa medida, pero un poco al menos. Me congratulo al comprender que soy un privilegiado por recibir tales… indicaciones. Que agradable es, que balsámico resulta el sacrificio, la perseverancia, la gestión imperecedera de la frustración, el mantener el equilibrio en el fino alambre para no caer en la desesperación, el cuello erguido para fingir entereza… siendo asistido por coordenadas de actuación (otrora llamadas <<perlas de sabiduría>>).

    Las hay, de nuevo, para todos los gustos, y son cortesía, de nuevo, de unos inestimables individuos a los que, de nuevo llamaré <<Los Seres Guía>>. El grupo principal, el Gran Grupo lo componen los <<Adultos Expertos>>, aquellos que saben muy bien de qué va esto, y no dicen nada. Solo te sonríen cuando les cuentas tu objetivo. El subtexto se me antoja evidente: <<Ya, ya; pobre iluso. Ya se te pasará>>. Proliferan como hongos tras unas lluvias torrenciales de otoño.

    Unos pocos tiene la virtud de ir un poco más allá, pero desgraciadamente abundan menos. Por ejemplo los <<Sorprendidos>>, que a su vez buscan que recapacites, pues el diagnóstico más plausible es que te has dado un terrible golpe en la cabeza que te ha dejado medio chalado: <<¡Guau! ¿Estás seguro? No deberías…>>. Los <<Sorprendidos de Grado Dos>>, que buscan la concordia, pero sin olvidar que te has dado una hostia en la cabeza de proporciones bíblicas: <<Está muy bien, pero eso es muy difícil, ¿no? ¿Y qué tal si…?>>.

    En esta línea se me ocurre un grupo que es de mis predilectos: los <<Correctores de Ideas Suicidas>>. Sueltan lindezas del estilo: <<No pero eso… Eso…, como hobby está muy bien, pero eso no te va a llevar a ningún lado>>. Los <<Correctores de Ideas Suicidas>>, que pasan directamente a la acción, dándote instrucciones. No tienen tiempo que perder, pues están muy ocupados trabajando. Trabajando de verdad: <<Olvídalo. Esas cosas no se dan. Hay que trabajar>>.

    Y, en esta línea, otro de mis grupos preferidos: los <<Sabios>>. Dicen: <<Eso es un sueño. Pero no es realista>>. O: <<Esas son el tipo de cosas que la pasan a los demás (no a ti, mindundi)>>. Debatir con los miembros de este grupo me resulta especialmente inspirador. El total de los que tiene algún vínculo con el sector asciende a cero. No obstante, conocen las interioridades. (¿Dónde hay que ir para tener un conocimiento tan amplio de la vida? ¿Dan cursillos? Me interesa).

    En esta categoría debería incluir a una subdivisión que también me gusta mucho, y que constituyen un clásico: los <<Aleccionadores>>. Su enunciado fundamental suele ser: <<Lo estás haciendo mal (otro clásico genérico)>>, y a partir de ahí, su repertorio es variado: <<Deberías hacer esto, aquello o lo de más allá>>. También son individuos estrechamente vinculados con el sector… por la parte de los cojones.
    Un grupo menor, pero no por ello menos importante, es el que comprende a los <<Correctores>>. Tú propones: <<Estoy haciendo esto, y aquello>>, y ellos disponen: <<No. Tienes que hacer aquello, y aquello otro>>. 

    Los <<Impacientes>> (porque les duele ver como otro de su especie malgasta su vida en idioteces): <<Ya. Pero, ¿y qué estás haciendo? ¿Te estás moviendo?>>. Suelen ser primos hermanos de los <<Aleccionadores>>. <<Claro. Claro que no sale. Porque tienes que hacer esto, y aquello, y lo de más allá…>>.

    Los <<Condescendientes>> (ángeles celestiales que buscan guiarte pero sin herirte): <<¡Oh! ¡Escritor! ¡Qué guay! Pero eso es muy difícil, ¿no?>>. O: <<Tu vocación y tu pasión. Ya, ya. Y no tienes porque dejarlo nunca>>.

    Hay una subespecie exótica que también me gusta mucho: <<!Qué guay! Pero, ¿no eres demasiado mayor para eso?>>.

    Pero todo esto es solo un aperitivo comparado con los que de verdad te ayudan. Los <<Advertidores>>. Suelen ser agresivos (como es natural, pues buscan tu bienestar —y que te trates el tremendo porrazo que te has dado en la cabeza—, y para ello tienen que ser duros, realistas), y su denominador común es la aspiración a que trabajes. Pero que trabajes de verdad. Su argumentario incluye un variado menú con la misma premisa: <<¿Escritor? Que guay. ¿Y de qué trabajas?>>. O: <<¿Y esperas ganarte la vida con eso? Déjate de memeces>>.

    Cuando tú muestras el menor síntoma de flaqueza, no dejan que te desmorones. Ni siquiera que bajes la guardia: <<Pues si no te gusta lo que tienes, ¡trabaja!>>. Cuando tú les replicas que ya lo haces, y más de lo que nadie puede imaginar, por pura bondad, y total conocimiento, te lo rebaten, con sólidos argumentos de peso: <<No. Yo trabajo. Tú no>>.

    Cuando, un profundo suspiro después, les expones lo que implica una profesión como esta, relacionada con el arte, rápidamente te corrigen, y te reeducan: <<Yo sí que estoy puteado/a. Pero claro, yo trabajo, ¿sabes?>>.

    Cuando les expones que esta es mi vocación, y mi pasión, dado su elevado conocimiento de la vida, y de las realidades ajenas, y de todos los sectores profesionales, especialmente el del arte, procurando que no te estrelles contra un muro (o, siguiendo la metáfora, que te pierdas irremediablemente por esa carretera maldita y solitaria), como buenos samaritanos, levantando el pie del acelerador, o no, insistiendo en la reeducación, con gran elocuencia, sentencian: <<Está muy bien luchar por tus sueños, pero… ¡aterriza! ¡se realista!>>.

    <<Trabaja>>. <<Trabaja>>. <<¡Búscate un trabajo>>. <<¡Trabaja!>>.

    El subtexto me otorga una motivación desbordante: <<¿Ganas dinero? Entonces, ¿de qué coño me estás hablando?>>.

    Con todo, es fabuloso hallarse solo frente a este reto, sin soporte, ni consideración ni valoración —¡incluso con cierto desprecio! (sonrisas irónicas dibujadas en los rostros de muchos de ellos, de los que de verdad se están sacrificando, ¡coño!)— pues permite que no te relajes, que no te pierdas por el sumidero de lo que te gusta, en detrimento de lo que debes hacer. Que no desperdicies tu vida con utopías, y que, por el amor de Dios, seas productivo, y útil, y ¡trabajes! (Y que visites un buen doctor para que por lo menos te mire el golpe en la cabeza).

    Por tanto, gracias a todos por el aliento. Y a cualquiera que me haya podido olvidar, que me haya infundido sus ánimos de otra manera, reciben mi profundo agradecimiento aquí, en este párrafo Espero no dejarme a nadie.

    Gracias a todos los que estuvieron, a los que están y a los que vendrán. Gracias por las sucesivas derrotas laborales del pasado; las sucesivas derrotas laborales posteriores; las sucesivas muestras de empatía y apoyo. Gracias a la retahíla de instrucciones, consejos u opiniones. Gracias por no dar un duro por lo que hago. Gracias por ayudarme a comprender la vida, y por señalarme el camino. Estoy seguro de que la mayoría estaréis ahí cuando aparezca el siguiente tramo penumbroso, dándome bofetones de realidad. Si yo no fuera, insisto, tan estúpido, y obtuso, y hubiera aprendido algo en todos estos años, intentaría ayudaros también, diciéndoos lo qué tenéis que hacer, y como, y cuando… Y aplaudiendo vuestra elección de vida, que es la correcta.

    Bueno. Al final es una cuestión de perseverancia. De ir absorbiendo todas vuestras lecciones, para conformar la verdad. Dado que soy un poco duro de mollera, quizá tarde un poco en integrarlo.

    Pero en cualquier caso, GRACIAS. Muchas gracias, pues, con la suma de todo, se ha confeccionado mi yo presente.

    Gracias a todo y a todos, pues de otro modo, dudo que hubiera llegado a escribir novelas.

    (Sí, lo sé: vivo muy bien, y lo que debo hacer es trabajar).

    Por lo pronto lo dejo aquí.

    Reitero los agradecimientos por los ánimos recibidos, la calidez humana, la consideración, la ayuda desinteresada…

    Me voy, que tengo mucho trabajo… es decir, cosas que hacer.

    Gracias, gracias y gracias.

    E iros todos al carajo.

    Bienvenidos a mi blog.

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    Dylan D. Doe

    Guionista. Articulista. Novelista. Superviviente.

    «La derrota tiene algo positivo: nunca es definitiva.
    En cambio, la victoria tiene algo negativo: jamás es definitva.»
    – José Saramago

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